Publicado originalmente en Pródigos.
por Hans Urs von Balthasar
Una reflexión breve y profunda sobre la naturaleza del cristianismo como crisol de las esperanzas materiales y trascendentales del hombre.
Se habla mucho en estos días de la necesidad de nuevos medios de acceso al entendimiento del cristianismo. La apologética que diera tan buenos resultados en los primeros siglos, se nos dice, está superada y debe ser actualizada.
Con frecuencia la apologética más antigua, la más cercana al fenómeno original que es Jesucristo, es también la más nueva y la más efectiva. Nadie puede negar que la mejor manera de mostrar lo oportuno que es el cristianismo hoy, es el hecho elemental que es único en la historia del mundo, habiendo logrado una unión profunda de lo mejor del paganismo con el judaísmo.
Aun en sus primeros días, la gran dificultad de la Iglesia consistió en unir las tradiciones religiosas del judaísmo y sus expectativas del Mesías con las formas paganas de piedad religiosa que buscan de diferentes maneras un contacto presente con la Deidad sin tener ninguna esperanza puesta en el futuro. Es nuestro desafío el lograr esa misma síntesis en nuestros días, en la medida que se ha hecho más urgente de lo que era en aquellos siglos, dada la secularización progresiva del judaísmo. (Me refiero en este escrito a esta clase de judaísmo secular, estando consciente de que aun existe un judaísmo creyente.)
Lo que debe ser amalgamado hoy es la justificada preocupación por el futuro de la humanidad, que es hoy más que nunca confiada a la capacidad y responsabilidad humanas, y la inalienable demanda de que cada individuo piense en su su salvación eterna y en su relación inmediata con Dios.
El hombre debe entregarse completamente en dos direcciones: en la horizontal, "hacia adelante"; y en la vertical, "hacia arriba". Es preciso que ambas direcciones se vean realizadas sin detrimento de una por la otra, sino por el contrario que se complementen. [1] ¿Cómo es posible lograr ésto? ¿Cómo puede una persona como el marxista, que está absorbido completamente en el servicio del futuro bienestar de la humanidad, tener tiempo para la oración y el recogimiento, entregándose Dios? Por otro lado, ¿Cómo puede alguien que practica la meditación oriental y se sumerge completamente en el Absoluto Trascental, dedicarse por completo a una tarea tan terrestre como la mejora de la sociedad?
En la respuesta del cristianismo, la vertical y la horizontal se cruzan solamente en la Cruz de Cristo: solo en El se realiza la dedicación perfecta de la humanidad, en contacto inmediato con la voluntad de Dios Padre. ¿Por qué? Porque la voluntad de Dios, que Cristo escucha constantemente en oración, renueva su entrega al mundo en crisis, no meramente con programas humanos, sino con un plan de salvación que solamente Dios puede pensar y llevar a cabo.
La acción por sí misma no alcanza a realizar su cometido. La oración por sí misma no es suficiente; ya que siempre apunta a la acción pero finalmente tiende a esa tercera opción que por sí misma lleva a la realización; ese gran sufrimiento, que es como una síntesis de la acción y la contemplación: el cargar con la insoportable culpa del mundo que ha cerrado el acceso a Dios hacia adelante y hacia arriba. En Cristo, se abre el camino en ambas direcciones.
¿De qué sirven los planes marxistas para el futuro de la humanidad si las incontables generaciones pasadas permanecen irredentas? Las obras cristianas valen porque están orientadas a cambiar el mundo en la esperanza del retorno de Cristo y se afirman en la esperanza del venidero reino de Dios, que lo transformará todo e integrará en sí mismo todos los esfuerzos hechos por el bien sin que nada se pierda.
¿De qué sirven los éxtasis y las meditaciones practicadas con técnicas orientales si no encuentran el Corazón del Dios Vivo, el amor absoluto que se probó a sí mismo en la Cruz de Cristo, un amor—al que no podremos jamás responder en forma idéntica—que nos deja participar en él por el Espíritu Santo?
El hombre, entonces, permanece tensado entre los cielos y la tierra sin poder nunca reunir, por sus propias fuerzas, las dos dimensiones de su existencia en una armonía final.
¿No demuestra esto que desde su creación, el hombre ha sido diseñado por el Crucificado y Resucitado en Quien finalmente el inquieto corazón humano halla reposo? [2] El mismo punto puede ser expresado aun más simplemente con el Evangelio; los dos mandamientos del hombre, el amor a Dios y el amor al prójimo se unen solamente en Aquel que es al mismo tiempo Dios y hombre. Este hecho incomparable es el centro permanente de la apologética cristiana.[3]
Notas y Referencias
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