por Mark Shea
Publicado originalmente en el National Catholic Register
La mente occidental no puede vivir sin esa deuda permanente que tiene con el Dios de Israel. Por eso es que cuando en el occidente se blasfema siempre es contra el Dios de Israel y no contra Zeus, Quetzalcoatl o Atenea. La blasfemia en occidente depende totalmente de ideas robadas de la revelación. Los blasfemos de occidente protestan que Dios amenaza la dignidad personal individual — un concepto, dicho sea de paso, inventado por teólogos cristianos. El blasfemo occidental siente la necesidad de aseverar su individualidad contra los dictados opresores del inexistente dios celeste. Excepto que uno de los "dictados" del Dios Celeste es que eso que llamamos "Ser Individual" es algo bueno. Es el budismo el que dice que hay que aniquilar el Ser, no el cristianismo. El blasfemo occidental quiere establecer las glorias del sexo contra el Dios que dijo "Sed fértiles y multiplíquense" no contra el demiurgo gnóstico que dice que el sexo es malo.
Esto no quiere decir que no hay nada sagrado para el blasfemo común y corriente. Nuestra cultura blasfema todavía mantiene algunas pocas cosas sagradas. Igualdad racial es una de estas. Por eso es que la gente sabe que los insultos raciales son malos. La familia retiene un vestigio de santidad, así como los niños. Por eso es que se condena todavía la pedofilia y el incesto. Y el pobre y el desposeído retienen cierta santidad debido a esa influencia no del todo desaparecida de aquel Defensor de la viuda, el huérfano, y el extranjero. Por eso es que no admiramos a aquellos que se ríen de su desgracia.
Pero nuestra cultura sí admira a aquellos que se ríen de Dios. Y la comedia—y la tragedia—de esto es que los blasfemos actualmente se imaginan que lo suyo es un acto de valentía. Invariablemente, ellos actúan como si los Cristianos los fuesen a ejecutar por sus valientes insultos contra Dios, o que el irritable y vetusto caballero de barba blanca perderá finalmente su paciencia y empezará a lanzar rayos y centellas. Estas creencias se deben a que como no saben nada acerca de Aquel a quien blasfeman, no saben lo que dicen.
Lo que esta gente no entiende es que la blasfemia, como todos los pecados, es su propio castigo. Como todo pecado, la blasfemia oscurece el intelecto, endurece el corazón, y desordena aun más los apetitos. Esto resulta en lo que Cristo dijo: "Y aquel que no tiene nada, aun lo que tiene le será quitado." En nuestro caso lo que esto significa es que una cultura que blasfema a Dios es una cultura que pronto sacrificará las pocas santidades que le quedan.
Por eso es que una cultura de blasfemia carece de defensa alguna que pueda asegurar permanentemente sus valores. Esa cultura continuará "empujando el límite" de la trasgresión cuantas veces le sea necesario para despertar sus nervios muertos; esa cultura se reirá con deleite porque a ese Viejo en la Nube no hay que temerle tanto y por lo tanto continuará ultrajando otros "tabúes." Si una cultura desprecia la santidad de Aquel que es la Belleza, Verdad y Amor Sacrificial, eventualmente despreciará también la sacralidad de la igualdad racial, del débil y de los tabúes contra el incesto y la pedofilia.
¿No me crees? La BBC recientemente difundió un reportaje que describía con simpatía salamera el asunto de un hermano y hermana alemanes y su "amor prohibido." O sea que la cuestión de liberalizar el incesto ya está sobre la mesa. La organización NAMBLA ("North American Man-Boy Love Association" ó "Asociación Norteamericana [en defensa] del Amor entre Hombres y Niños) defiende abiertamente el reconocimiento de la pedofilia como una "orientación sexual" legítima, pues, ¿quién puede prohibir que dos personas se amen mutuamente? Los griegos lo hacían —nos dicen— y lo veían como una manera de criar a los niños varones. Es sólo cuestión de acostumbrarse a la idea—nos siguen diciendo. Del mismo modo la cadena de televisión CBS nos introdujo a la muerte televisada transmitiendo a Jack Kevorkian "tratando" a un paciente y su serie "24" ha hecho de la tortura algo "chic." Ya viene el día en que estaremos mirando ejecuciones y combates de gladiadores en vivo en la TV. Lo promoverán como algo "atrevido." Cada placer otrora prohibido demandará algo más cortante la próxima vez. Las cosas seguirán así hasta que nos arrepintamos y admitamos que Dios no es una caricatura de un peludo tronador, sino Cristo crucificado en la persona de un desposeído que fue decapitado en "MTV: Arena" ante el grito entusiástico de la chusma borracha. Porque al fin y al cabo, la blasfemia se alimenta de pan y circos.
La blasfemia, como todo pecado, cercena a la cultura del amor y distribuye emociones baratas que nos hace morir de hambre. La blasfemia hace del universo un lugar más frío y muerto. La apoteosis de lo frío y lo muerto es el aislamiento y frialdad del infierno, lugar a que Dios no nos envía simplemente porque él está supuesto a ser altivo y sensible a las afrontas a su ego. El infierno es un lugar al cual nosotros mismos nos exiliamos porque, a pesar de todos los intentos que Dios hizo para amarnos —incluyendo aguantar tres clavos y una lanza— continuamos siendo como esa gente patética que prefiere garabatear obscenidades en la pared del baño mientras nos felicitamos por nuestra valentía de trasgredir así.
La adoración a Dios engrandece nuestras almas; la blasfemia las empequeñece en extremo.
Traducido del inglés por Teófilo de Jesús.
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