por David Warren
Me abruman las grandes encuestas estadísticas de cualquier cosa, sin embargo me llama la atención que una encuesta comparativa de las diócesis norteamericanas, mencionada en otro lugar, de hecho confirma aquello que podríamos suponer por mero sentido común. Los obispos sí hacen la diferencia, y tienen un gran poder para guiar a sus rebaños hacia la vida o hacia la muerte.
Escribo desde Canadá, donde ciertamente ellos también hacen la diferencia, a pesar de que no conozco ninguna encuesta local que pueda proporcionar pruebas estadísticas del estado de ánimo moral del presbiterado, el resurgimiento de las vocaciones y la fortaleza de la evangelización diócesis por diócesis. Mientras que el solvente tóxico de la post-modernidad disuelve la unidad de un lado a otro de las fronteras, la situación histórica de la Iglesia en Canadá es muy diferente.
Los Estados Unidos no tuvieron una región como Québec, que fue alguna vez lo que los protestantes considerarían un “estado teocrático católico dentro del estado”. Maryland nunca se le pudo comparar, tampoco Nueva Inglaterra con sus proporciones católicas relativamente altas a razón desde el principio de la mezcla de inmigrantes. Québec era una cultura católica norteamericana sui generis; y el colapso de la autoridad y fidelidad a la Iglesia en Québec, durante la Revolución Silenciosa de los 1960’s, fue como algo nunca visto. Fue como una presa cayendo a pedazos, dejando tras de sí una tierra en la mayor miseria espiritual.
La experiencia católica en la Canadá Inglesa es más fácilmente comparable a los Estados Unidos, aunque con sus propias peculiaridades nacionales. Los católicos son una minoría significativa en la mayoría de las regiones canadienses, formando distintos guetos aquí y allá. Pero se han relacionado con la sociedad en general de una manera distinta; debido a que la mayoría de los protestantes pertenecen a una de las únicas cuatro denominaciones mayores presentes en Canadá, los católicos fácilmente adquirieron estatus como “otra gran iglesia”, mientras que en los Estados Unidos, donde el principio de libre mercado aplica tanto a la religión como a la economía, los católicos sobresalieron más distintivamente como una pequeña y excepcional tribu de no cismáticos.
Eso era antes. Las grandes federaciones anglicanas, presbiterianas, luteranas y metodistas están ahora en vías de extinción, cada una de ellas habiendo abrazado el vacío contemporáneo del sentirse bien y del relativismo moral. El protestantismo canadiense es cada vez más un fenómeno evangélico, conservador, y minoritario. Y con la ayuda de la inmigración del sur de Europa y de los países del tercer mundo, la Iglesia Católica ha emergido más visiblemente como el sine qua non cristiano, aún cuando los católicos de toda la vida hayan estado siguiendo a sus hermanos protestantes de las principales denominaciones a través de las entrañas “post-cristianas”.
La contracción católica ha sido ayudada por más que una pequeña cuota de lo que yo denominaría como obispos sinvergüenzas, aparentemente más interesados en las posturas ante los medios que en el destino de sus rebaños. El colapso litúrgico post Vaticano II también destruyó la continuidad de los católicos de nacimiento, de tal manera que el católico vivo promedio, nativo de Canadá –franco o anglo parlante-, lleva consigo muy pocas resonancias de su pasado cultural, ningún recuerdo inolvidable de la misa, y tiene muy poca idea de lo que su credo pueda significar.
Esto va a cambiar, y pienso que en gran medida debido a los obispos. Nuestro primado canadiense, el Cardenal Marc Ouellet, es un poderoso reavivador de la fe; y el recientemente designado arzobispo de la diócesis clave de Toronto, Thomas Collins, es un buen nombramiento de Ratzinger. Como muestra la encuesta estadounidense, hay muchos obispos buenos, firmes y trabajadores que los medios ignoran, los cuales responden positivamente a la seriedad creciente del llamado de Roma.
Una buena sacudida está en progreso, dado que la Iglesia a lo largo del mundo occidental comienza a limpiar de sus atuendos el lodo de la reciente modernidad; y un nuevo orden se busca, en el cual las autoridades católicas emerjan como los voceros terrenales naturales del Dios Trino y Uno, y donde, notablemente, practiquen lo que predican.
Traducido del inglés por Rafael Enrique Piña Valdés
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