por David Warren
Qué se puede hacer para recuperar la alegría perdida por el posmodernismo
De todos los vicios que he apilado últimamente en mis acusaciones a lo que yo he dado en llamar "posmodernismo" el que más soprende a mis lectores es: la ausencia de alegría. Para ser claros, permítanme comenzar por explicar el apelativo de "hombre posmoderno" (o "modernos pos-humanos" como los llamo cuando se me pelan los cables). Quiero decir, la clase de persona que vemos a nuestro alrededor casi en cualquier parte, que creció en el mundo de los 1950's en adelante en ambientes en los cuales ya se han borrado todas las certezas y los límites de decencia de la civilización occidental. Esos ambientes en los que hasta el amor maternal o el gusto por el pastel de manzana son recibidos como conceptos extraños y controvertidos.
Y con esto quiero decir: nosotros. Porque todos somos almas alojadas en cuerpos físicos y nadie escapa a la influencia del ambiente, incluso aquellos que por la gracia de Dios, de alguna manera encuentran algo bueno aun en las peores situaciones. La marea baja termina encallando a todos los botes y lo que me parece mas triste en la creciente decadencia del mundo que me rodea, es la caída de los niveles, desde el fondo hasta las capas superiores. No hace falta mucho talento para mostrar capacidad de conducción en estos días: los modestamente inteligentes nos parecen intelectos geniales; un poco de caridad le puede ganar a alguien la reputación de ser un santo. O, para ponerlo en términos aun más contundentes, ¿qué se puede decir de una sociedad en la que un tipo como yo es considerado un adalid de los valores tradicionales?
Podríamos aburrirnos semanalmente con anécdotas varias del mundo periodístico que ilustran muy bien lo que quiero decir. Los tabloides parecen existir para recordarnos la inextinguible capacidad humana para la depravación, pero también lo hacen las publicaciones más serias. Para probarlo me basta decir una palabra: "Madonna", y eso le asegura al lector que no estoy exagerando la profundidad del hoyo en que nos hemos metido. El simple hecho de caminar por una calle comercial de cualquier ciudad o el observar lo que se ofrece en cualquier negocio de renta de videos nos recuerda a Sodoma y Gomorra. O, para ponerlo más sutilmente, examinemos el pésimo diseño y la aberrante calidad de manufactura de casi cualquier producto de consumo a la venta.
Aun así, esas cosas le resultan invisibles a la mayoría, especialmente a los más jóvenes que nunca han visto ni han sido informados de que hubiera nada mejor. Les han llenado el coco de propaganda en la escuela y sienten que es una obligación el criticar duramente lo que sea "del pasado" aunque nadie les haya enseñado ni una coma de ese tiempo "ya superado".
La libertad ha sido definida para ellos como el ser libres de lo bueno, de la verdad y de la belleza. Su mismo deseo natural de hacer el bien, de ser honestos y valientes, es torcido hacia los más extraños ideales posmodernos—déjenme darles un ejemplo de lo más doloroso—el adolescente posmoderno cree que usar condón es una virtud y al mismo tiempo piensa que ser casto es un desperdicio.
El asunto es, ¿cómo encontramos el camino que nos saque de esta selva oscura que ha crecido en el corazón del hombre? ¿Como se puede frenar a una sociedad, una civilización entera, que se despeña hacia la destrucción segura?
Presento este caso en la forma más amplia posible porque creo que es la única cuestión que debiera culpar a todos los hombres y mujeres de buena voluntad en todo campo de la acción humana, incluído el ámbito político.
La respuesta más obvia—para aquellos que se dan cuenta que nuestra civilización no fue fundada exclusivamente por manos humanas, sino bajo la guía de la Iglesia y de la religión—es concentrarnos otra vez en centrar las cosas en Dios, en regresar a Dios. Lo pasmoso es que para aquellos que se han alejado tanto de Dios, la mera idea de lo divino es escalofriante ¿Qué camino nos queda?
Creo que hay unas cuantas salidas, y todas tienen ese misterioso elemento que llamamos gozo o alegría. Creo que el arte, en general, ofrece muchas alternativas para este tipo de regeneración—moral, ética y estética—que nos pueda sacar de este aprieto. Aprender a dibujar, desde la naturaleza; a cantar en buen tono; a bailar danzas formales; a escribir con buen estilo; a coser o hacer carpintería—son ocupaciones como éstas las que dan al alma perdida la orientación necesaria para salir de la oscuridad.
Lo que pasa es que cada una de estas disciplinas nos restaura a la armonía con el orden natural de las cosas. Cada una es una forma de encontrar el camino desde donde mejor se puede ver la creación de Dios, y nos pone en la prescencia de algo que es infinitamente más grande que nosotros mismos.
Ser capaz de dibujar una flor en detalle con todos sus colores y sus partes, es elevarnos por encima de lo que tenemos de mediocre hacia un estrato superior donde el bien, la verdad y la belleza aún prevalecen. Es recuperar la alegría.
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