Cuando hace 65 años inicié mi vida de Jesuita, una de las primeras cosas que me enseñaron fue cómo hacer examen general de conciencia. Era justo que aprendiese esa técnica, ya que a partir de ese momento dos veces al día, al mediodía antes del almuerzo y por la noche antes de acostarme, a golpe de campana o de timbre, sería llamado a hacer, durante quince minutos, examen de conciencia.
Deduje de esa práctica lo importante que era no pactar con los defectos y fallas propias, y mantener firme y tensa, por otro lado, la fidelidad a Dios y la entrega generosa a los demás.
Poco después conocí una frase, que San Ignacio de Loyola solía repetir mucho, y entendí perfectamente por qué el Santo había establecido esa práctica, que alguno pudiera juzgarla excesiva. La frase ignaciana es la siguiente:”Muy pocos hay, y por ventura no hay ninguno en esta vida, que perfectamente entienda lo que de su parte estorba lo que Dios, si no lo estorbase, obraría en él”.
Se trata, pues, no simplemente de conocer los propios defectos y fallas para intentar eliminarlos en su personalidad, sino principalmente de que Dios actúe sin traba alguna en y a través de uno.
Me viene a la mente un agudo párrafo de San Agustín en el tratado 12 sobre San Juan: “Muchos amaron sus pecados y muchos los confesaron. El que confiesa sus pecados y los acusa ya se encuentra del lado de Dios. Dios, que es la luz, acusa tus pecados y si tú también los acusas, te unes a Dios. Hay como dos cosas: el hombre y el pecador. Dios hizo al hombre y el hombre hizo de sí mismo un pecador. Destruye lo que tú hiciste para que Dios salve lo que El hizo” (8).
En el texto agustiniano hay un planteamiento antropológico perspicaz que ilumina profusamente la trascendencia y funcionalidad del examen general de conciencia. Ese planteamiento es que Dios hizo al ser humano bueno, capaz de las virtudes más excelsas y de las acciones más admirables, pero que luego ese ser humano, por ausencia de una educación suficiente o correcta, por falta de control sobre sus instintos ciegos y fuertemente reclamadores, por malos hábitos adquiridos, por influjo malsano de los que le rodean, por sesgadas percepciones de la realidad o por erróneas valoraciones subjetivas es capaz de asumir una personalidad perversa o de actuar incorrectamente.
Esto supuesto, de acuerdo al pensamiento de San Agustín, la labor debe ser destruir nuestra obra para que Dios salve lo que él hizo. Es el objetivo que debe perseguir el examen de conciencia.
No somos los seres humanos proclives a enfrentarnos a nosotros mismos. Preferimos cebarnos en los defectos ajenos, traicionados subterráneamente por un inconsciente sutil de disculparnos de los propios con los defectos mayores ajenos. Jesucristo mismo desenmascaró ya esta estratagema humana, cuando habló de la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio y nos pidió sacar primero la viga en el ojo propio para poder arrancar después la paja en el ajeno. Es muy común el hecho: no soportar la miopía ajena y olvidarse de las propias cataratas.
Nos encanta hoy hacer análisis de la realidad. Lo curioso de ese análisis es que siempre son otros los responsables de los males existentes y así resulta que nadie tiene la culpa de lo que sucede. El Totí en Cuba es un pajarito de plumaje muy negro y pico encorvado que se alimenta de gramíneas e insectos. Los cubanos aludiendo a ese hecho de que los males están ahí y nadie se siente responsable de ellos crearon un aforismo “la culpa de todo la tiene el totí”.
Líbreme Dios de condenar el Análisis de la realidad pero será siempre inútil y aún dañino sin el exámen personal de conciencia para detectar los pecados propios y destruirlos. El sólo análisis de la realidad nos llevará indefectiblemente al dicho cubano “la culpa de todo la tiene el totí”.
El ser humano es causa, víctima y solución de sus desórdenes. Aquí está la clave de una sociedad mejor o peor. Al fin de cuentas la sociedad no es más que el reflejo de la suma e interrelación de los individuos que la componen. Una sociedad de santos sería un cielo anticipado; una sociedad de perversos, el pórtico del infierno y una sociedad de santos y perversos, como en la que vivimos, un verdadero purgatorio con gozos y penas que es lo que a diario experimentamos.
San Ignacio de Loyola, genio de la eficacia, jamás se contentó con exponer la necesidad de hacer algo. Siempre se detuvo a enseñarnos cómo hacerlo. En el número 43 de sus Ejercicios Espirituales nos dice “modo de hacer el examen general y contiene en sí cinco puntos”.
Cuando al entrar en la Compañía me ponderaron la importancia del examen de conciencia, a renglón seguido lo que hicieron fue enseñarme el modo de hacerlo de acuerdo a San Ignacio en su libro de Ejercicios.
Presencia y visibilidad son dos conceptos y realidades distintas. El oxígeno en estado gaseoso, que nos envuelve, no es visible pero eso no significa que no esté ahí presente haciendo posible la vida. De que Dios no sea visible, no se deduce que no esté presente. San Pablo en su célebre discurso a los atenienses en el areópago les recordó que en Dios vivimos, nos movemos y existimos (Hch 17,28).
Al momento, pues, de hacer examen general diario, al final de la mañana o por la noche al acostarse, lo primero que se debe hacer es tomar conciencia de la presencia de Dios, convirtiendo así el examen de conciencia en un rato de oración, de comunicación con Dios. Acto seguido, se debe adorar al Señor, presente, y, hecho esto, seguir los cinco puntos de San Ignacio.
Primer punto: dar gracias a Dios nuestro Señor por los beneficios recibidos, naturales y sobrenaturales, generales y especiales. Un día Jesucristo sanó a diez leprosos y solamente uno, al verse sanado, volvió al Maestro para darle gracias. Jesucristo le dijo: y los otros nueve ¿dónde están?
Es justo, saludable y estimulante comenzar el examen de conciencia trayendo a la superficie de la conciencia todo lo bueno y valioso que hay en nosotros y en todo lo que nos rodea, percibiendo todo esto, como lo es, un exquisito regalo de Dios, Dador de todo bien. Entre esos regalos divinos está la existencia, la vida, la salud, la capacidad de entender, el sol que nos alumbra, el embrujante por su variedad y complejidad mundo mineral, vegetal y animal que nos rodea, los seres material, las buenas ideas y sentimientos que hemos tenido, la encarnación de Dios en Cristo, su obra redentora y santificadora, la Iglesia, continuación de Cristo, los sacramentos , etc. y los dones y gracias particulares y especiales que desde el último examen Dios nos ha concedido.
Todo esto supuesto, se debe agradecer a Dios por tanto don y
gracias recibidas de El. Lo decía ya el salmista:
“Es bueno dar gracias a Yahvé
cantar en tu honor,
Altísimo,
publicar tu amor por la mañana
y su fidelidad por las noches
con el arpa de diez cuerdas y la lira
acompañadas del rasgueo de la cítara.
Pues con tus hechos, Yahvé me alegras.
Y ante las obras de tus manos grito:
qué grandes son tus obras, Yahvé,
y qué buenos tus pensamientos”
(Salmo 92).
A continuación como segundo punto- se debe “pedir gracia para conocer los pecados y lanzallos”. Esa “gracia divina” es necesaria para superar ese rechazo instintivo, que sentimos los seres humanos, a la hora de enfrentarnos a nosotros mismos.
El tercer momento se debe dedicar, en palabras de San Ignacio, “a demandar cuenta al ánima desde que se levantó hasta el examen presente, de hora en hora o de tiempo en tiempo; y primero del pensamiento, y después de la palabra, y después de la obra” (EE. 43)
El “cuarto punto es pedir perdón a Dios nuestro Señor de las faltas”. En frase tan sucinta hay un fuerte espesor teológico. Ya la teología clásica hablaba del pecado en términos de “aversio a Deo et conversio ad creaturas”, de “dar la espalda a Dios y volcarse sobre las criaturas”.
Hoy partiendo del análisis del acto humano, se enfatiza que el ser humano, al hacer un acto externo vituperable no sólo realiza una acción concreta sino que en lo profundo de su ser personal, consciente o automáticamente en virtud de opciones conscientes anteriores, opta en contra de Dios, fin último suyo. De cualquier modo lo definitivo es que todo pecado, sea su maldad leve o grave afecta a Dios y contamina o perturba nuestras relaciones con él. De aquí la necesidad de pedir perdón a Dios, restableciendo así nuestra buena relación con El.
Por fin el quinto punto es “proponer enmienda con su gracia y rezar un Padre Nuestro”.
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