por Carlos Caso-Rosendi
Sentimos al tiempo como una corriente de un solo
sentido que fluye a un paso apenas perceptible [...] Los hombres
sienten y piensan dentro del flujo del tiempo. Tambien
actúan en él aprovechando oportunidades o
perdiéndolas."
Arnold Toynbee (“ The Cycle of Time”)
Sor Lucena se había resfriado otra vez. Desde que el General Deodato Salvo estaba usando el pequeño hospital como cuartel de campaña, los soldados iban y venían dejando las puertas abiertas, llevando y trayendo los inevitables contagios del invierno. Sor Lucena bajó a la cocina del convento a eso de las dos de la mañana en busca de un poco de jugo de limón para aliviar su resfrío. Al encender la luz sorprendió a un gatito negro en pleno acto de cazar un ratón. Sor Lucena no terminaba de sorprenderse cuando el gatito pareció transfigurarse de golpe. Un halo de luz dorada lo rodeó y antes que la monja pudiera hacer nada, el gatito desapareció en un punto de luz.
La religiosa atribuyó a la fiebre la descabellada visión. Decidió pedir un día de descanso a la Superiora. Generales, soldados, gatos que desaparecen...¡era demasiado para una pobre monja! ¡Quién sabe que otros afanes traería ese día! Después de exprimir un limón para beber el jugo, Sor Lucena volvió a su cama muy cansada.
Novecientos sesenta años después...
Dunn se miró al espejo mientras ajustaba la chaqueta de gala. Vió a su esposa en el espejo acercándose por detrás para abrazarlo. Sintió el perfume suave invadirle los sentidos mientras la cabeza de ella reposaba por un momento en su espalda.
“Te voy a extrañar.” Dijo ella sin levantar el rostro. Las palabras de su esposa le retumbaron un poquito en el pecho, produciendo un leve, agradable zumbido. Se dió vuelta para besarla ¿Qué había hecho él para merecer una mujer así?
“Es sólo por un día mi amor... yo también te voy a extrañar.”
“Voy a estar lista en un momento. Todos los miembros de la Gobernación van a estar presentes y quiero estar perfecta para la ocasión.”
“¿Te gusta como me queda el uniforme de Coronel?”
“Me gusta mucho. Pero me gustaría más que fueras de nuevo teniente y que volviéramos a Surmenor a vivir en la casa que teníamos cuando recién nos casamos... ”
“Mmm...” La besó con cuidado pero con intensidad mientras le tomaba la cintura.
“Vamos que se nos hace tarde.” Dijo ella.
“Te ves demasiado hermosa con ese vestido. Vas a sembrar la envidia en todo el Estado Mayor.”
Ella, haciendo un gesto de vampiresa, se dió vuelta y salió de la habitación.
El hidromóvil los pasó a buscar a la hora convenida. Dunn pensó que era una verdadera exageración usar un móvil tan lujoso. Bajaron por las escaleras del frente y caminaron hasta el muelle tomados de la mano. El aparato se alejó de los edificios poniendo rumbo hacia Tandilisla donde el palacio del gobernador ocupaba la única tierra firme en millas y millas a la redonda.
Al llegar, el gobernador Lord Dos Santos Silva los esperaba en el muelle oficial. La plana mayor del Sector y una pequeña orquesta de vientos aguardaban en un palco construido a unos metros del agua. Lord Dos Santos Silva besó la mano de la señora Dunn y abrazó efusivamente al recién ascendido Coronel.
“Bienvenido, Valiente Entre Valientes.”
Dunn se ruborizó. Esa fórmula, raras veces usada, le parecía un poco exagerada para él. Contestó militarmente: “Tu honra es mi valor, mi vida es para ti y para mis hermanos.”
Abandonando toda ceremonia Lord Dos Santos Silva agregó: “Eres un gran austral. Estamos muy orgullosos de ti. Acompañadme, por favor.”
Tomando a ambos del brazo procedió a acompañarlos caminando lentamente por el muelle. Era la señal que la orquesta estaba esperando. Una melodía suave invadió la tarde. La luna se alzaba enorme sobre el Mare Australis y la pequeña Tandilisla parecía una piedra preciosa que alguien hubiera dispuesto sobre un enorme manto de terciopelo azul.
Al llegar a las cercanías del palco, el Gobernador los hizo sentar en dos sillas preparadass para el matrimonio Dunn. La música cesó y la imagen de Lady Amaranta Kavanagh apareció en la enorme pantalla. Sin dejar de mirar a la cámara la Primer Ministro de la Comunidad de Naciones Australes habló con natural solemnidad.
“Hay momentos en la vida de las naciones que dejan marcas que el tiempo no puede borrar. Y hay hombres y mujeres que en esos momentos lo entregan todo por el bien común. No todas las generaciones tienen la dicha de conocer gente así. ¡Qué dichosa soy yo de haber sido hoy la que ascendió al Mayor Gustavo Dunn el más flamante Coronel de las Fuerzas Armadas australes! Delante del Gran Consejo de los Mayores quiero desearle al Coronel Dunn la mejor de las suertes. Hoy eres Valiente Entre Valientes pero mañana serás el primer hombre que haya viajado en el tiempo y quizás el único que jamás lo haga. Para siempre te agradecemos que hayas puesto tu vida al servicio de la nación.”
Lord Dos Santos Silva subió al estrado apenas terminado el discurso de la Primer Ministro. Era la primera vez que Canberra, la gran capital de las Repúblicas Australes fijaba su atención sobre la pequeña Tandilisla y el gobernador se sentía muy halagado.
Comenzó su discurso recapitulando con gravedad la historia de su territorio. Recordó los tiempos hace más de un milenio cuando Tandilisla era parte de la gran extensión de las pampas sudamericanas. Rememoró la época en que Antártika no era tan siquiera una nación sino un yermo desolado y frío donde nadie de la humanidad vivía. En esos tiempos las grandes ciudades de Antártika, Wedelland, Scottia, Sigurda y Aiscasell no existían todavía. La venerable Canberra era entonces una ciudad de menos de doscientos años de edad. Metrobaires, Sampal y Riyaner eran inmensas metrópolis enfermas de contaminación y crimen.
Fue entonces, cuando las sangrientas guerras del siglo XXI, en que un solo hombre, un hombre sobre quien los pueblos habían delegado demasiada autoridad, causó uno de los desastres ecológicos más grandes de la historia. En tiempos de la Federación Austral, el general Deodato Salvo, un aventurero en la mejor tradición de los grandes dictadores sudamericanos, decidió inundar a sus enemigos australes. Su plan era recuperar los ricos territorios al sur de Bolivia, que por entonces estaban bajo control de la Federación.
Usando poderosas armas térmicas se las ingenió para fundir un treinta por ciento de los hielos antárticos en apenas unas horas. El sur del mundo tardó casi cien años en recuperarse del desastre. La mayor parte de las Patagonias quedó sumergida y las Pampas fueron convertidas en un vasto mar. Como resultado de esa sola orden, el continente sudamericano había vuelto al estado en que estaba durante la era mesozoica. La larga cadena de montañas que cruzaba el continente de sur a norte se volvió el archipiélago de Andesislas. Millones de personas perecieron en el desastre incluídas las fuerzas de Deodato Salvo.
Aunque la Federación Austral sobrevivió y el malhadado General Deodato Salvo sucumbió como consecuencia de su propio plan, la gente del sur cargó por muchos años una cicatriz psicológica similar a la que muchos pueblos de la antigua Europa que sobrevivieron al desmoronamiento del Imperio Romano. ¡Si sólo Deodato Salvo hubiera sabido qué clase de locura estaba por cometer! ¡Si tan sólo se le hubiera podido avisar de las consecuencias de su irracionalidad!
El mundo de hoy estaba en paz. Sin duda la experiencia acumulada de muchos siglos de sufrimiento había enseñado una lección a las naciones. Recientemente, nuevos hallazgos en el campo de la física habían hecho posible la exploración segura del espacio y ahora se anunciaba la posibilidad de poder enviar viajeros a tiempos pasados. Utilizando lo aprendido pocos años atrás, un grupo de científicos había logrado enviar pequeños animales a una extraña muerte pretérita. En una ocasión una placa de metal indestructible fue enviada a cierto lugar de Antártika que se sabía desierto desde miles de años atrás. La técnica era tan precisa que la misma placa fue desenterrada del lugar de destino en la era presente, sin que sufriera más alteraciones a su estructura molecular que el antinatural envejecimiento a la que la habían sometido.
No pasó mucho tiempo y se enviaron al mismo lugar pequeños animales. El objetivo era obvio: ¿Sería posible enviar un comando al tiempo de Deodato Salvo y evitar o al menos aliviar el daño que su locura había causado? Seguramente habría forma de convencerlo de que no usara todo el armamento disponible. Hubo argumentos en pro y contra de este experimento. Finalmente una de las más grandes mentes científicas de la época, Egler Sandino, pudo comprobar fehacientemente que era posible manipular materia y energía para alterar el continuum del espacio-tiempo sin arriesgar la integridad física del planeta o de su población. Otra historia tendría lugar y nadie se daría cuenta, dictaminó el sabio. Y agregó que era posible que cosas así ya estuvieran pasando pero que los australes serían, quizás, pioneros en la manipulación artificial de la historia.
El elegido para la importante misión fue el mayor Gustavo Dunn. Se decidió enviarlo al día preciso en que Deodato Salvo había dado la malvada orden. Se hicieron todo tipo de envíos previos al tiempo determinado para asegurar la integridad del proyecto. Finalmente se envió un animal, un gatito negro llamado Prieto. Los instrumentos lograron recuperar al animal sin que sufriera un solo rasguño. El gatito pasó un día entero en el pasado (si cabe la expresión) y regresó con un pequeño ratón entre las fauces sin haber sufrido la más mínima alteración. Los científicos juzgaron que el experimento había sido todo un éxito. Prieto pasó a la historia tal cual ocurriera con su predecesora la perra Laika, el primer ser vivo que orbitó la tierra, allá a mediados del siglo XX.
Finalmente Lord Dos Santos Silva agradeció emotivamente el valor del ahora coronel Dunn y la abnegación de su bella esposa Kiara. Antes de dejar el palco invitó a Dunn a improvisar algunas palabras.
Dunn, un poco sorprendido, subió al podio.
“Hermanos australes. Agradezco mucho los honores que han llovido sobre mí. Nada hay que agradecer pues sé muy bien que cualquiera de vosotros haría lo mismo sin dudar un instante. Si acaso no regresara de mi misión quiero que sepáis que he tenido el gran honor de ser vuestro hermano y el esposo de una mujer excepcional. Mi agradecimiento al Gran Concejo y a Lady Amaranta Kavanagh y a Lord Dos Santos Silva por haberme elegido para esta misión. Y para todos vosotros mi corazón y este ¡Kwarrah!”
Los hombres levantaron la mano derecha y contestaron “¡Kwarrah!” usando la expresión de victoria propia de los guerreros australes.
Dunn y Kiara regresaron a casa después de la fiesta. Temprano al día siguiente un vehículo pasó a buscar al coronel. Era un hidromóvil militar mucho menos lujoso que el que los llevara a la fiesta la noche anterior. Venía con un par de vehículos de escolta. Tardaron unas dos horas en llegar a la Estación Cronológica Dos (la Estación Cronológica Uno estaba en Canberra). Dunn pasó la mañana preparándose para el viaje. Lo vistieron con un uniforme apropiado a la época. En un compartimiento de la nave llevaba una pequeña cápsula con una carta de Lady Amaranta Kavanagh para el general Deodato Salvo, un reproductor holográfico cargado con la historia de los últimos mil años y una cantidad extremadamente grande de créditos de la época para sobornar a quien fuera preciso, incluído el general Salvo.
Antes del viaje debían inducir en el crononauta unas seis horas de sueño. Dunn entró a la cámara hipnoinductora y se quedó profundamente dormido en pocos minutos. Al despertar le permitieron tomar una ducha y prepararon su estómago para que nada anormal pasara mientras viajaba por la cronósfera.
A las siete en punto de la tarde entró en la cápsula. Entregó a uno de los ayudantes una pequeña pulsera y una carta para Kiara y luego entró en la cápsula listo para su primer viaje en el tiempo.
Lo dejaron solo en el inmenso anfiteatro que rodeaba la plataforma de lanzamiento. Los fuertes campos de energía que iban a envolver al aparato hacían recomendable que los ayudantes y operadores se mantuvieran a una respetable distancia.
El resplandor dorado lo cegó temporalmente y el anfiteatro comenzó a esfumarse delante de sus ojos. Pronto lo rodeó el mar. Una ojeada a los instrumentos le confirmó que estaba retrocediendo a unos nueve minutos reales por segundo. Ahora el tiempo era solamente su tiempo; cuando regresara habrían pasado para él unas 36 horas pero para su propio tiempo solamente 24 horas. Con todo, iba a hacer un viaje de 960 años en total. Una caída vertical en el continuum hasta el dia 17 de abril de 2090. El dia anterior al dia más catastrófico de la historia del mundo.
Seguía rodeándolo el mar. El cerebro de la nave navegaba el continuum sin abandonar el planeta Tierra, computando millones de datos por segundo, rastreando la historia hasta su mismísima raíz. Dunn distinguía los astros a través de la ventanilla. Acostado sin poder moverse en esta especie de ataúd encontró un poco de entretenimiento en ver como las estrellas cambiaban gradualmente de posición.
Continuó viajando sin problemas hasta que el ordenador le avisó que se acercaban a destino. Sólo faltaban unos minutos de viaje cuando el entorno se volvió rosado. Estaba ocupado en tratar de entender esta anomalía cuando la cápsula chocó contra algo duro. El casco que llevaba puesto se cerró automáticamente para protegerlo contra una posible falla en el sistema de mantenimiento vital. El golpe lo lanzó a un costado pero los cinturones de seguridad evitaron que se lastimara. Hubo otro golpe peor aún que el anterior y la escotilla de la cápsula se abrió. Dunn flotó fuera del vehículo. El contenido de la cronósfera lo raspaba como si estuviera descendiendo dentro un tubo lleno de arena. El brillo rosado lo envolvía. Había perdido rastro de la cápsula. “Siempre me pueden recuperar” pensó. De golpe todo quedó inmóvil. Con los brazos cruzados sobre el pecho y sin poder moverse en absoluto Dunn pensó en sus funciones vitales. Observó el panel holográfico en la visera de su casco. Todo normal. Tenía todavía aire para sesenta y seis horas, pero no se podía mover. Comenzó a notar un cambio en el ambiente. El brillo rosado iba haciéndose cada vez más tenue. De pronto se vió parado en medio de un campo abierto. No se veían árboles pero podía apreciar que los días pasaban rápidamente. El sol se alzaba en el cielo, luego se hacía de noche. A la tercera “noche” el brillo rosado volvió. El fenómeno se repitió con regularidad hasta que Dunn casi se acostumbró a esperarlo. En la tercera ocasión se le acercó un animal extraño que pudiera describirse como un oso del tamaño de un gran danés con enormes dientes frontales y uñas poderosísimas que parecían hechas de hueso.
El animal pareció mirar a Dunn por una fracción de segundo y luego se alejó. Algunos ciclos más tarde el coronel pudo ver un grupo de hombres en la distancia. Parecían estar cazando pero la visión pasó tan rápido que no pudo realmente darse cuenta de quiénes eran. Lo que para Dunn era una fracción de segundo parecía equivaler a un tiempo muchísimo más largo en el mundo que ahora observaba. Inmóvil en su tumba de tiempo Dunn solo podía cavilar y esperar que lo rescataran. Comenzó a preguntarse qué era ese resplandor rosado que iba y venía como una marea. A medida que los ciclos pasaban se dió cuenta que el color de la cronósfera se volvía menos intenso y que el mundo exterior ganaba en definición con cada pase. Concluyó que estaba siendo expulsado hacia el tiempo objetivo. Consultó la pantalla holográfica una vez más. El tiempo real era aun cero pero el tiempo objetivo había descendido hasta un punto muy bajo y ahora ascendía más o menos a la velocidad original de su vehículo. Eso le pareció razonable, al menos estaba yendo en la dirección correcta. Un vistazo al monitor de funciones vitales lo sorprendió. Indicaba una edad biológica de 32 años, tres años menor que la edad que tenía al salir de Tandilisla. Se preguntó qué significaría eso. No pudo imaginarse como su accidente pudiera haberlo rejuvenecido. Al pasar las horas el resplandor rosado desapareció para ser reemplazado por una atmósfera casi dorada. Eso parecía indicar que se aproximaba al tiempo objetivo con cada pasada. Ahora la visión del mundo real cambiaba. A veces podía ver gente o animales. En una ocasión vió a alguien semidesnudo montado a caballo. Luego diversos grupos de gente pasaron delante de su vista pero los ciclos se estaban acortando tanto que era casi imposible distinguir algo que casi al segundo se disipaba. Ultimamente le parecía estar dentro de una habitación amplia donde no había suficiente luz. Ruidos del exterior comenzaron a oírse pero la distorsión era demasiada y no podía distinguir si eran voces humanas o simplemente el ruido del viento. Comenzó a escuchar un traqueteo como el de un motor que se aleja en la distancia. Le habían anticipado que podía pasar algo así. Consultó nuevamente el estado de sus funciones vitales. Su edad biológica según el ordenador era ahora de sólo 21 años. Mientras lo observaba, el número bajó a 20. El ruido era ahora mucho más fuerte y agudo, el resplandor dorado era casi tan intenso como lo fuera al salir del tiempo subjetivo. Sintió que el traje se agrandaba y pronto perdió noción de lo que estaba pasando. Su mente lo abandonaba rápidamente. Recordó el amante rostro de su esposa y, pronunciando el nombre de ella, comenzó a soñar o a delirar.
Con las horas, la involución biológica de Dunn se intensificó. El medio de la cronósfera lo estaba expulsando hacia un tiempo objetivo cercano al planeado pero no exactamente el mismo. Al ser expulsado a través de las paredes del continuum las fuerzas actuantes rompieron el traje protector casi vacío y Dunn entró en el tiempo otra vez.
Cuando le dijeron al padre Jordi Carlés que lo asignaban a la parroquia de Arbolito se puso muy contento. Conocía la pequeña población y sabía que podía ayudar mucho por esos lados. No muy lejos de Tandil, lo que fuera una vez la provincia de Buenos Aires, era ahora territorio controlado por el nuevo gobierno del tirano Lemos Mancer y reclamado por los federados, los miembros de la Federación Austral. En el invierno de 2040 se temía que los federados hicieran alguna incursión en represalia por las constantes violaciones de fronteras que las tropas de Argentina cometían de tanto en tanto para reclamar territorios perdidos en las guerras previas con la Federación. El padre Carlés no se sentía muy cómodo tan cerca de la frontera pero pensó en su ideal, el jesuita Mascardi que muriera a manos de salvajes luego de cruzar la Patagonia varias veces durante el siglo XVII. Se encomendó a la Divina Providencia y pronto se ocupó de lleno en servir a los fieles de Arbolito con infatigable devoción.
Una noche mientras oraba frente al altar le pareció ver una luz. Levantó la vista y vió, en la penumbra la figura de un hombre cruzado de brazos vestido de lo que parecía ser una especie de traje espacial que brillaba como el oro. No se veía su cara detrás de la máscara protectora pero era obvio que se trataba de algo con forma humana. Se persignó invocando la protección de Jesús. La imagen flotaba a poca distancia del piso. Lo rodeaba un halo rosado bellísimo; algo que podría describirse como luz sólida. De repente la visión desapareció sin dejar ninguna huella.
El padre, maravillado se preguntó qué podría significar eso. ¿Un milagro? Al día siguiente llamó al auxiliar del Obispo en Tandil y le refirió lo que había pasado.
“Creo que has visto la aparición de Arbolito, Jordi...” dijo el auxiliar
“¿Se puede saber qué es eso?”
“Bueno... esa iglesia fue fundada por un sacerdote que acompañaba a las tropas que regresaban de la Conquista del Desierto a fines del siglo XIX o principios del siglo XX. La fundaron en ese preciso lugar porque los indios tehuelches tenían allí gualichu. O sea, afirmaban que un espíritu vivía en ese lugar. Desde entonces ha habido reportes de una imagen dorada rodeada de un halo de luz rosada que aparece de tanto en tanto”.
”¡Vaya, pudiérais habérmelo dicho! ¡Menudo susto he pasado!”
“Es que no hemos oído nada en casi cincuenta años. Es una aparición irregular y creemos que debe haber alguna explicación. Quizás alguna resonancia electromagnética o algún chistoso con suficiente dinero como para comprarse un proyector”.
“Bueno, si lo vuelvo a ver te avisaré”.
El tiempo pasó y unos cinco años después de aquella noche el buen padre Carlés estaba visitando a unos vecinos que guardaban cama cuando alguien de la parroquia lo llamó por su comunicador personal. Era el jardinero Joaquín Mañara; parecía alarmado. El cura se despidió de sus amigos y salió al paso para la iglesia. Al llegar vió que varios de los vecinos habían ido a buscar al farmacéutico y que éste salía de la iglesia con un pequeño bebé en brazos... Joaquín lo seguía, cargando un montón de tela dorada y algo que parecía un casco de seguridad, también dorado. El padre reconoció el traje del hombre que apareciera en su visión de cinco años atrás.
“¿De dónde sacásteis al niño?” dijo el clérigo, que aún no se acostumbraba a las peculiares inflexiones de la lengua sudamericana.
“Lo encontramos frente al altar envuelto en estos trapos” dijo Joaquín enseñando los restos de tela dorada.
El boticario era ya un hombre mayor pero se comprometió en nombre propio y de su esposa a cuidar del niño por unos días hasta que se supiera quién lo había abandonado.
Pasaron los días y nadie pudo averiguar nada firme sobre el origen del niño. La señora del boticario, que había perdido a su hijo menor en la guerra del 2036, le pidió al cura que la ayudara a adoptar al pequeño. Era un bebé sano y fuerte con una deliciosa sonrisa y abundante cabello rubio. Un verdadero angelito. El cura asintió a los deseos de la mujer y con el tiempo el gobierno envió los papeles de adopción.
El día del bautismo del pequeñín, el boticario y su familia se presentaron en la Iglesia. Ya en la sacristía, antes de la ceremonia sacramental, el padre Carlés les preguntó a los padres adoptivos cómo pensaban llamar al muchacho. La esposa del boticario tomó la palabra...
“Hemos pensado bastante en eso Padre. Al principio no nos decidíamos. No queríamos llamarlo con el nombre de mi hijo muerto (se llamaba Luciano). Sin embargo decidimos que el bebito tuviera Luciano como su segundo nombre. El primer nombre lo sacamos del Santoral latino. Lo queremos llamar Deodato, ‘Dado por Dios.’”
“¡Un nombre perfecto! Ex cælum oblatus, venido del cielo como este niño, que nadie sabe cómo llegó a nosotros. Así te llamarás entonces, Deodato Luciano Salvo. Que Dios te bendiga, hijo mío.”
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