por Pilar Rahola
Un severo análisis de la realidad que viven Argentina y una buena parte de Latinoamérica. Para los que hace años despertamos de esa pesadilla, braveando el exilio, este escrito es un claro recordatorio del porqué de nuestra ausencia. Para los suspicaces: Pilar Rahola NO es "fascista" ni católica. Su biografía y otras notas pueden verse en pilarrahola.com
Vista desde la perspectiva que da la complicidad lejana la mirada extranjera - Argentina preocupa tanto como seduce, sorprendente en sus logros y en sus déficit. Vidas paralelas en muchos aspectos, la dictadura, la represión, la memoria, el terrorismo, Argentina no tomó el camino que el pacto de la transición marcó para la vieja Sefarad, y esa bifurcación cambió los destinos mutuos.
Sé que decirlo remueve y araña mi alma antifranquista, pero viendo el círculo de odios, venganzas, juicios inacabables y toda suerte de denuncias cruzadas que aún atenazan - y condicionan severamente - la política argentina, creo que el camino que tomó la democracia española fue tan valiente, como necesario para garantizar el futuro.
A Argentina le pesa tanto el pasado, que a veces parece que habita en él, como si la realidad no fuera más que su derivada. Un pasado, además, mirado con ojo tuerto, donde los dictadores y sus cómplices reciben el legítimo repudio y lentamente van pisando los suelos de la justicia; pero cuyos terroristas son considerados héroes del pueblo. Héroes. Lacra de toda Latinoamérica y no sólo de Argentina, la actitud de una parte del espectro social, que minimiza, justifica e incluso avala el terrorismo, es un penoso síntoma del relativismo ético que practican muchos líderes de izquierdas, hasta el punto de no conmoverse ni con la muerte masiva.
Ahí está, para vergüenza de Argentina y para vergüenza de la humanidad, el brindis que Hebe de Bonafini - la antigua presidenta de las madres de Mayo - hizo, celebrando el atentado del 11-S. Un total de 4.000 muertos, 4.000 personas con sus vidas, sus esperanzas, sus ilusiones, convertidas en humo en manos del terror, y la risa de Bonafini bendiciendo la matanza. Y su famoso ¡Viva ETA! En la España que la había invitado y aún lloraba la muerte de Ernest Lluch. Hebe representa el paradigma de una izquierda violenta, revanchista hasta la locura, inequívocamente reaccionaria. Sin embargo, ¿es ella lo alarmante? Al fin y al cabo, personajes como Hebe o como otros que pululan por el continente, con el delirante Chávez a la cabeza, no son nuevos en el mercado del populismo demagógico. No. Lo alarmante es que el día después del brindis de muerte, las Hebes continúen teniendo micrófonos, vida social activa, miles de pesos de ayuda pública y hasta el aval institucional.
'Todos somos hijos de Hebe', me aseguran que dijo Néstor Kirchner. Sobran palabras... Eso es el relativismo ético, ésa es la quiebra de valores que, con angustiosa naturalidad, se puede respirar en la Argentina que avala determinado progresismo. En esa Argentina, y en alguna de las Españas... Como dijo el sabio, 'habrá que defenderse de una derecha muy diestra, y de una izquierda muy siniestra'.
Más allá de la minimización del terrorismo, las víctimas de la dictadura están presentes, devoradas en los agujeros negros del horror, y no parece fácil enterrarlas.
Estela Carlotto me lo dijo de forma descarnada y frontal: 'tienen que pagar'. En su caso, por una hija muerta y una nieta desaparecida. Difícil cuestión, décadas después. Si no pagan por los crímenes, la impunidad ganará cruelmente la partida. Si pagan, ¿cómo dejar fuera de la justicia a los que, en nombre de la libertad, también asesinaron?
Chile y Uruguay encontraron su camino, atribulado, doloroso y valiente, hacia la reconciliación. Argentina prefiere chapotear en un eterno barrizal. Personalmente, no estoy segura de que alcance justicia, pero conseguirá niveles notables de venganza. Y eso, que alimenta a las furias del pasado, puede ser dinamita para el futuro.
La reconocida intelectual española Pilar Rahola, dice que en su país Cristina Kirchner "no podría ser presidenta"
"Democracias frágiles". Ese es el concepto que acuñó Pilar Rahola (n. Barcelona, 1958) para explicar dónde cree que residen los mayores peligros para las nuevas sociedades en América latina que frenan su progreso económico y social. Son, dice, peligros fácilmente identificables: "El mesianismo, el caudillismo, el poco respeto por las instituciones, la falta de acuerdos mínimos...", enumera. Con esa idea a cuestas, Rahola llegó a La Plata para brindar una conferencia sobre el tema en la Facultad de Derecho, organizada por el Programa de Seguridad y Defensa de la Universidad y por el Centro de Estudios Políticos y Sociales. Nacida en el seno de una familia con fuertes convicciones republicanas que sufrió las represalias del franquismo, Rahola es desde hace algunos años una voz que se levanta con fuerza sobre algunos temas polémicos y que parece poner incómodo a muchos sectores en todo el espectro político. Aunque su formación académica proviene del mundo de las letras, su vida estuvo dedicada en partes iguales a la cuestión pública y al periodismo y el análisis político. Entre 1994 y 2000 fue vice alcaldesa de Barcelona, quizás el punto más conocido de su extensa trayectoria.
Llegó al país en pleno despliegue de la campaña electoral, en un período de turbulencias para el gobierno. ¿Cuál es su mirada sobre el escenario argentino?
"No puedo ni intento hacer una crítica de la situación política argentina porque no corresponde y porque no tengo los niveles de conocimiento suficientes como para hacerlo. Sin embargo, puedo decir que detecto en vuestro país un problema estructural, de fondo, que tiene que ver con una crisis de las instituciones, donde lo que importa es quién manda y no las instituciones en sí mismas. En Argentina veo una sobrecarga de caudillismo que es parte de esta crisis institucional. Y yo creo que las democracias serias tienen la misión de huir del caudillismo".
¿Y cuáles son los otros grandes problemas?
"Le pido disculpas por decírselo a usted, pero veo en Argentina un exceso de servilismo por parte de la prensa hacia el poder. En España no sucede lo mismo que aquí. No se me ocurre pensar en un ministro del gobierno que se niegue a dar una conferencia de prensa, porque habría una reacción inmediata y contundente. Allá se entiende claramente que un político es un futuro ex político y que la información es un bien público. No podría ganar las elecciones un candidato que no brinda conferencias de prensa, a pesar de que no tengo una mala opinión sobre Cristina Kirchner. Además, las democracias sólidas tienen una fuerte alternancia y acá lo que se observa es una oposición débil".
¿Y por qué acá pueden surgir candidatos fuertes que dan la espalda a la prensa?
"Existen dos caminos para convertirse en un candidato fuerte. Por un lado, no tiene que tener temor a la prensa. Pero además, tiene que entender que es sólo un gestor de lo público. En ese sentido, es importante huir del mesianismo y huir del caudillismo. España no puede dar lecciones sobre algunos temas porque hemos cometido muchos errores. Pero, por suerte, este es un tema que hemos resuelto: hay respeto por las instituciones y se cree en ellas. En España, el periodismo es crítico por naturaleza y el político tiene que someterse. Acá, los políticos se molestan cuando los critican y deciden no dar notas. Pero además veo aquí una tendencia preocupante a ocupar la calle y los espacios públicos alegremente, algo que perjudica básicamente a otros trabajadores, como los taxistas. Yo creo que se tiene que regular un poco más las manifestaciones porque acá cualquiera se transforma en el amo de la calle".
Relacionado con esto que está comentando, en el mundo actual han surgido varias opciones políticas que están haciendo un llamamiento a recuperar ciertos valores morales ligados con el respeto a la autoridad, como puede ser el caso de Sarkozi, en Francia... (interrumpe)... "La autoridad democrática, hay que aclararlo. Es que es una cosa sobre la que tiene que haber un acuerdo básico. En Europa, las manifestaciones callejeras ilegales se reprimen incluso por gobiernos socialistas porque se han fijado normas de ciudadanía. Puede haber matices políticos, pero hay un marco de juego que es el mismo, sobre el que todos estamos de acuerdo y que nadie discute".
Usted ha manifestado siempre que uno de los principales problemas de América latina reside en la influencia de un líder como Hugo Chávez...
"Para dejarlo claro: creo que el principal problema de América latina es la desigualdad, la pobreza, el hambre, la situación de la mujer, especialmente en Centroamérica. Y su segundo problema es que su vecino más importante, Estados Unidos, no tiene una política clara o tiene una política mala para la región y es un país que no logra proyectar su grandeza sobre América Latina. Pero el tercer gran problema es el surgimiento de estas nuevas formas de fascismo de izquierda diría, que tienen un discurso populista y enormes recursos destinados a generar sociedades serviles. Estoy hablando de Hugo Chávez, claro. El fenómeno es típico de América Latina pero también tuvo ejemplos en Europa. Yo creo que Mussolini y Chávez se parecen muchísimo".
¿Qué pasa con la izquierda y estas nuevas formas de populismo, como usted las define? ¿Por qué cree que genera tanta fascinación?
"Eso me pregunto yo. ¿Qué le pasa a la izquierda? En América Latina persiste una izquierda que tiene un espíritu profundamente antidemocrático y que se enamoró de los monstruos que creó. Hemos condenado al infierno a los grandes dictadores de derecha, desde Pinochet hasta Videla y no hacemos lo mismo con los dictadores de izquierda, desde Stalin hasta Fidel Castro, incluso. Y yo me pregunto qué diferencias hay entre unos y otros".
¿Es algo parecido a lo que, según entiende usted, sucede con la izquierda y el conflicto de Medio Oriente?
"¿Sabe en qué se parece un militante de Quebracho y alguien que apoya el régimen iraní? ¿Sabe por qué pueden convivir los dos, cómo se produce ese encuentro? Porque los dos odian a Occidente. Y ahí es cuando se ve la importancia de tener instituciones democráticas fuertes. Si me permiten un consejo, y me preguntan qué necesita América Latina, yo digo: más democracia, más democracia y más democracia. Más democracia y menos mesianismo".
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