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Latinoamérica tiene un cáncer mortal: la izquierda populista

por Luis Fernando Pérez Bustamante

Publicado originalmente en Cor ad Cor Loquitur.

Luis Fernando Pérez Bustamante

El pasado domingo la izquierda mexicana provocó un nuevo acto de agresión contra la Iglesia Católica en la catedral de México DF. Como ocurre todos los domingos, y supongo que el resto de los días, a las 12 del mediodía sonaron las campanas de la catedral. Ocurre que en el exterior había una manifestación de los izquierdistas del PRD y algunos interpretaron el sonido de las campanas como un intento de que no se oyera a la vociferante oradora que se estaba dirigiendo a los manifestantes. Y ni cortos ni perezosos, se lanzaron a la catedral y la tomaron violentamente, reventando el culto que se estaba celebrando en esos momentos, lo cual ha provocado que el cardenal primado de México haya decidido cerrar la catedral hasta que el gobierno le garantice que no volverá a ocurrir algo así. Desde luego hay que ser un estúpido ignorante para pensar que el tañer de las campanas a la hora del Ángelus es una provocación. Yo no me creo que realmente pensaran eso los que entraron en la catedral. Es claro que esa chusma, animada por sus dirigentes, buscaban cualquier excusa para llamar la atención no sólo en su país sino en el resto del mundo. Y a fe que lo han conseguido. Ahora ya sabemos en qué tipo de país se habría convertido México de haber ganado las elecciones el tal Obrador. Ahora ya sabemos que la izquierda mexicana es tan perjudicial para la salud democrática y social de su nación como lo son casi todas las izquierdas de los países latinoamericanos.

Obrador

El populismo de corte izquierdista en Latinoamérica es, sin la menor duda, un cáncer que impide el desarrollo de esos pueblos. La izquierda es experta en la manipulación de las masas. La demagogia populista es la mecha que prende una pólvora ansiosa por explotar. Tanto en su alma mater dictarorial cubana como en sus sucedáneos supuestamente democráticos, el rojerío al sur del Río Grande sigue anclado en un discurso y una actuación propios ya de una época pasada. Es verdad que no toda la izquierda de ese continente es así. Bachelet en Chile e incluso, aunque menos, Lula en Brasil se parecen más a la socialdemocracia europea que a la izquierda de los puños en alto, la hoz y el martillo. Incluso el Alán García que ganó recientemente en Perú parece estar dispuesto a no repetir errores pasados. Pero la presencia del cantamañanas golpista venezolano, que dispone de recursos económicos abundantes debido a los altísimos precios del petróleo, es una amenaza auténtica contra la paz y la prosperidad de todo el continente. Chávez es capaz él solito de sostener la continuidad de la dictadura cubana después de la muerte de Castro, es capaz de financiar cualquier movimiento izquierdista-revolucionario del continente y es capaz de poner los dólares necesarios para que los líderes indigenistas conduzcan a sus pueblos hacia el desastre. El continente americano, excepción hecha de los dos países más al norte, puede arder de nuevo bajo las llamaradas del petróleo venezolano.

Chavez

No sería justo echar la culpa sólo a la izquierda más extrema. Hay otro cáncer igual de dañino, que hace de incubadora del virus extremista. Me refiero a la corrupción de la clase política “moderada”. Chávez no deja de ser el resultado lógico de una sucesión de gobiernos corruptos venezolanos, que fueron absolutamente incapaces de hacer que la riqueza económica proveniente del oro negro revirtiera en una mejora de la situación económico y social de un gran sector de la población. Cuando los políticos de corbata, secretaria y maletín se convierten en representantes visibles de la corrupción, el pueblo está más predispuesto a dejarse engañar por la sirena del discurso populista. Mientras Latinoamérica no consiga librarse de los corruptos, no se podrá librar de los Castro, Chávez y Evo Morales. Hacen falta unos cuantos Uribes que lideren a sus respectivos países por la senda del sentido común. El modelo colombiano es ya, de lejos, el mejor ejemplo de cómo se pueden hacer bien las cosas. Si no fuera por las guerrillas, ese país podría ser el motor de una nueva Latinoamérica, un modelo que el resto podría imitar.

El papel de la Iglesia Católica debería seguir siendo muy destacado. Sigue habiendo un sector importante de la misma predispuesto a colaborar con el izquierdismo de corte populista. No deja de ser peculiar que algunos de los críticos más acerbos del brasileño Lula hayan sido precisamente algunos teólogos de la TL, que le acusan de no ser lo suficientemente izquierdista. Pero también hay otro sector eclesial que ha vivido demasiado bien sin levantar su voz contra la corrupción política. Por ejemplo, a mí me gustaría que los obispos venezolanos que hoy se enfrentan, con razón, al gorila rojo, ayer hubieran sido los primeros en denunciar a la clase política corrupta de su nación. Por otra parte, es obvio que mientras haya millones de pobres y pueblos enteros sumidos en la miseria, la Iglesia no puede permanecer callada. No es su papel el proponer políticas económicas concretas, pero sí lo es el denunciar a los que, de una u otra manera, usan el poder político para intereses bastardos, ya sean de tipo econónimo ya sean de promoción personal que va camino del totalitarismo pseudo-fascista disfrazado de izquierdismo.

Hay algo más que la Iglesia puede y debe hacer. Educar a sus fieles en la fe. Una fe que ha de manifestarse en una forma de vida digna del nombre de cristiana. La inmoralidad en todas sus formas ha de ser combatida desde la raíz. No basta con que la gente siga acudiendo a misa de forma masiva. No basta con que el pueblo latinoamericano católico siga manteniendo esa religiosidad popular tan característica del mismo. No, hay que ir a la raíz de algunos pecados que en algunos pueblos son endémicos. Hablo del alcoholismo, de la violencia en el seno de las familias, del adulterio, la fornicación, etc, etc. La Iglesia tiene la capacidad de elevar la moral de sus fieles mediante la predicación del evangelio y mediante una pastoral que no se conforme con administrar el sacramento de la penitencia como una especie de licencia para seguir pecando, sino que busque el verdadero arrepentimiento que lleva al cambio de vida. Nadie dude que si se eleva la moralidad de los católicos, el futuro del continente de la esperanza será mejor. Si no, será el continente de la pesadilla.

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