por François Hauter
Millones de adolescentes todavía lucen en sus camisetas la efigie del Che Guevara, a quien consideran un mártir. En realidad, el Robespierre de Cuba fue un ejecutor implacable.
Enfrentado con su inminente muerte fue presa del pánico—lo que prueba que era humano o al menos actuaba como tal—"No tiren! Soy el Che Guevara! Valgo más vivo que muerto!". Exclamó aquel 8 de octubre de 1967 al ser capturado por soldados bolivianos en la cañada de Yuro.
Al día siguiente llegó la orden: el capitán de la CIA Félix Rodríguez quedaba encargado de transportar al prisionero que más bien parecía un mendigo andrajoso y mugriento. "Nunca había visto a una persona en tal estado de palidez, estaba blanco como un papel" recuerda uno de los que ayudaron a capturarlo.
A las ocho de la noche un soldado boliviano borracho asesinó al Che con una ráfaga de ametralladora. Los bolivianos lo querían liquidar a toda costa. Los americanos preferían maternerlo vivo para no convertirlo en un mártir, que es lo que terminó ocurriendo.
En la isla de Cuba, en Octubre del 2007, los gigantescos afiches muestran como siempre la cara radiante del Che. Y ese patético anciano, Fidel Castro, continúa usando esas imágenes como pantalla donde proyectar sus últimos delirios.
Las fantasmales imágenes del Che son parte del paisaje de Cuba, donde once millones de habitantes se debaten en la miseria rogando por dólares a los turistas que se asombran ante ese panteón de dioses de pacotilla, ese burdel para operadores de turismo sin escrúpulos.
Solo el Che sobrevive, flotando todavía sobre los restos de este naufragio como un mito indestructible. Ya el Muro de Berlín y la Unión Soviética han desaparecido y China trata de controlar la ola de capitalismo salvaje desatada dentro de sus fronteras. Régis Debray, lo ha resumido muy bien: “Nada puede hacerse contra el mito. El asesinato lo transformó en un arcángel..."
La ejecución tornó al Che en una especie de símbolo ecuménico. Modistos de alta costura y multitudes en los estadios deportivos usan su efigie como estandarte como en un tiempo lo hicieran con Jim Morrison.
Esta es la hora de la verdad para el Che. Ya no es meramente un idealista asesinado. Hoy se sabe que en Cuba, el Che fue el perro guardián de Fidel Castro, el ejecutor de sus peores bajezas. Carga con cientos de muertos en su conciencia. Fue el carnicero de la prisión de la Habana antes de ser entronizado como mártir. El mismo que fumaba cigarros cubanos mientras asistía a la ejecución de sus víctimas en compañía de sus invitados. "No me vengan con métodos legales burgueses. Las pruebas son lo de menos", dijo implacable antes de ordenar cierta ejecución.
Varios trabajos han sido publicados en este aniversario. El más elocuente es el de Jacobo Machover. El autor, versado en "la obra" del Che, observa: "No hay nada más dogmático que estos textos en los que la más inamovible ortodoxia política se contrapone con un impulso irrestringido de matar." (La Face cachée du Che publ. Buchet-Chastel)
Detrás del personaje de pólvora y sangre, quizás esa mística de la muerte, ese gusto mórbido por el retorno al caos primigenio es lo que tanto fascina a los jóvenes en el carácter del Che. El ángel era en realidad un demonio y lo que lo impulsaba era la destrucción.
†
Webzine de apologética y temas católicos de interés general. Redactado por laicos fieles a la enseñanza magisterial de la Iglesia Católica y a S.S. Benedicto XVI.
Escríbanos a voxfidei@voxfidei.com
La Verdad no es un concepto, es una persona, Jesucristo la Palabra Divina. El es el Señor de la Historia y la Luz de la humanidad.
© MMVIII First Light Productions - Derechos Reservados - Servidor operado por Verio