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Comentarios de Giovanni Sartori sobre la ciudadanía democrática en Occidente

Publicado originalmente en La Razón de Madrid.

por Manuel Calderón

El influyente politólogo, que abomina de la idea de multiculturalidad, dice que se debe aplicar la "ciudadanía revocable" en caso de inmigrantes que no acepten integrarse en la cultura democrática. Grupos musulmanes pidieron que retiraran a Sartori el Premio Príncipe de Asturias.

Giovanni Sartori

Giovanni Sartori (Florencia, 1924) tiene 83 años pero se deja caer con agilidad sobre el sillón, en escorzo, lo que le favorece para mantener esa estética "Good nitgh, good luck" aprendida de sus muchos años viviendo en Estados Unidos. Su mirada es de un sobrio blanco y negro, extremadamente clara e incómoda para los defensores de una democracia débil, multicultural pero sin una esencia común. Éstos son sus dominios intelectuales. Ha sido muchos años profesor en la Universidad de Columbia de Nueva York, de la que es profesor emérito, y por él han pasado los grandes debates políticos contemporáneos, como la implantación de la democracia en los países musulmanes, la capacidad de decisión del "ciudadano televidente" o el déficit ecológico en las democracias más avanzadas.

—Hace veinte años publicó "¿Qué es la democracia?". En cada edición lo renueva porque los acontecimientos así se lo exigen: primero con la caída del muro de Berlín y, ahora, con la irrupción del mundo musulmán en conflicto con occidente. Parece que es un libro donde él mismo aplica el ideal democrático de hacerse sobre la marcha.

—Bueno, yo no lo cambio, lo principal sigue siendo lo mismo, por dos razones. Primero, porque soy perezoso y, segundo, porque me lo dicta la experiencia. Recuerdo un profesor que tuvo mucha influencia entre los años 30 y 50, Carl Friedrich, autor de un libro importante, "Gobierno constitucional y democracia", aparecido en 1937, y siempre que lo reescribía, lo empeoraba, de forma que siempre me digo que, si uno tiene un buen libro, lo mejor es dejarlo como está. Si hay cosas que añadir porque los acontecimientos lo requieren, entonces las añado. Este libro es distinto a otros porque sencillamente lo que hago es reconstruir todo lo que se conoce sobre la democracia.

—¿Usted, como casi todos, tampoco había previsto la crisis del mundo islámico? —Sí, yo lo mencioné en el primer prefacio del libro y en algún momento digo que Fukuyama no se había dado cuenta todavía...

—Fukuyama ya ha rectificado...

—Si, ha rectificado, pero entonces no se dio cuenta. La caída del muro de Berlín significó el derrumbe del comunismo y de ese ambiente ideológico irrespirable. El islam no era un tema importante en aquel momento, eso es cierto. En aquel entonces, hablamos de 1989, dije que preveía que se podría convertir en un problema aunque no había explotado. Ahora ya estamos en plena onda expansiva.

—Uno de los grandes temas que plantea es si hay una sola forma de democracia y si la democracia en el sentido constitucional y liberal es exportable a cualquier país. —Sostengo que solamente hay una forma de democracia, algo que puedo argumentar porque las democracias comunistas nunca han existido. Pero el segundo argumento es que, si uno echa un vistazo a los datos contrastables, ve que Japón, India, o en el mundo asiático Taiwán, porque en el caso del gigante chino hay que ver cómo evoluciona, han adoptado la democracia constitucional, siendo países con identidades culturales muy marcadas y diferentes a las occidentales, lo que significa, por tanto, que no es imposible exportar la democracia occidental a una cultura no occidental. Hay pruebas que lo demuestran, pero es imposible en el caso de los países musulmanes. La democracia es una creación de la civilización occidental y sólo se puede exportar a culturas que acepten el laicismo político. Fíjese, por ejemplo, que en el caso de India ese obstáculo lo puso el islamismo, en un país que es además hinduista y budista, que obligó a la partición de Pakistán y Bangladesh.

—¿Imposible quiere decir que es un problema sin solución, que siempre serán gobernados por regímenes teocráticos o pseudodemocráticos?

—Si ellos se mantienen como hasta ahora, pues sí, será imposible. Por muchos aspectos, pero principalmente porque el islam es una religión monoteísta que ahora se ha recalentado, lo que significa que sólo hay una verdad y un dios y que el principio de la legitimidad de la autoridad es divino, desciende y emana de dios. Pues bien, la democracia es justo lo inverso: el principio de la legitimidad emana del pueblo y no de dios. Una democracia no puede aceptar la teocracia, pero además no lo puede aceptar por la razón de que la democracia se impulsa y funciona por la disidencia y nunca por el dogmatismo, y por tanto, si se adoctrina a la gente para que crea en el dogma, eso no encaja ni con la democracia moderna ni con la Europa del siglo XIII, mientras que el islam se ha mantenido inmóvil, en contra del cristianismo.

—¿Qué quiere decir que la "civilización" occidental no es superior a la musulmana pero sí como "civilitas"?

—Establezco esta diferencia por limitar el término antiguo de "civilitas", la buena ciudad de los ciudadanos, mientras que la "civilización" es un término más amplio, por lo que no tiene sentido hablar de superioridad, aunque occidente tenga un mayor desarrollo en el campo científico-técnico y el ético-político. Las sociedades occidentales se convirtieron en democracias liberales coincidiendo con la pérdida de control de la iglesia, primero porque se convirtieron en sociedades laicas, porque la identidad europea de entonces era cristiana, pero hoy en día nadie diría que se caracterizan sólo por ser católicos. Hoy en día, el mundo musulmán se identifica con una identidad religiosa y eso en occidente ha desaparecido.

—¿La vuelta de lo religioso sólo responde a la evidencia de que las sociedades ya son laicas?

—Fue la reacción de una civilización que se enfrentaba a su decadencia, el islam contra su propia decadencia. Su argumento es muy sencillo porque se trata de un proceso interno: el islam ha sido conquistado porque se olvidó de sus principios, eso es lo que piensa los fundamentalistas, por lo tanto hay que volver a los fundamentos.

—Parece que Sarkozy le ha leído porque la propuesta lanzada sobre el control de la emigración a través de la aceptación de los valores republicanos y del conocimiento del idioma francés es similar a la suya de "ciudadanía revocable".

—No sé si Sarkozy me ha leído, pero yo hice esta propuesta porque tiene sentido. Ahora son muchos los países europeos que creen que si se da la ciudadanía a una persona es dar también automáticamente la integración, lo cual es una estupidez. Si uno concede la ciudadanía, lo que está dando es un pedazo de papel, un documento. Cuando concedes la ciudadanía con la ilusión de que eso va a crear un buen ciudadano y fracasa, el remedio sólo puede ser que esa ciudadanía sea revocable. Por supuesto, eso debe ser para casos muy críticos, no estoy diciendo que se aplique de manera general, sino a aquellas personas que, como los imanes de las mezquitas, difunden el fundamentalismo más radical e inducen a la violencia. Esta opinión provocó un fuerte debate y el rechazo de muchas personas, incluso en España algunos musulmanes pidieron que se me retirara el Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales... no sé por qué, porque en Estados Unidos existe esa ciudadanía revocable. Uno no nace ciudadano, ni por razones de sangre ni por razones de tierra, sino por la aplicación de una ley. Podría ser una idea útil para corregir esa visión excesivamente inocente de la ciudadanía.

—La idea de multiculturalidad es la concreción política de esa ingenuidad pero usted se ha mantenido como uno de sus mayores críticos.

—El multiculturalismo tiene un origen diferente. En principio fue ideado por marxistas británicos para reanimar un cuerpo teórico en crisis y en un momento en que la Unión Europea estaba muerta... una nueva forma de crear problemas. Luego llegó a Estados Unidos y atrajo a los marxistas, por supuesto, porque no olvide que en las universidades norteamericanas hay más marxistas que en cualquier otro lugar del mundo porque han sufrido un retraso de cuarenta años... Luego evolucionó hacia el concepto de que lo más importante es la identidad. Entonces, si uno va a un país que está hecho de emigrantes y dice que quiere hacer hincapié en la identidad lo único que puede conseguir, si le escuchan, es romperlo. Y esto también puede suceder en Europa, si sólo quieres desarrollar las identidades religiosas, culturales y nacionales de cada país. Yo afronté este debate desde la tesis de que el multiculturalismo es un relativismo de los valores y éstos no son nada más que emociones, por lo que si todos los valores son iguales nos encontramos ante un debate sin el menor rigor, como la realidad luego nos demuestra.

—¿Todavía cree que la retirada de las tropas de Estados Unidos de Irak convertiría a este país en un estado terrorista?

—Sí, todavía. Si los norteamericanos dejan Irak, lo conduciría a un caos absoluto y a la guerra civil, una guerra donde estarían grupos del tipo de Al Qaeda asociados a organizaciones fundamentalistas que utilizarían el país igual que han utilizado Afganistán y abriría la posibilidad de construir armas químicas, porque además no son caras. Sería un subestado que destruiría a quien le molestase, sencillamente, algo que ni desean los propios musulmanes.

—La democracia nunca se había planteado el tema del islam, y lo ha hecho. Pero tampoco se había planteado los límites del desarrollo económico y parece que es inevitable hacerlo ahora.

—Es cierto, porque el argumento siempre ha sido muy economicista, porque el desarrollo económico lleva a la democracia, aunque puede haber democracias frugales o pobres. La teoría es que la crisis económica trae la crisis de la democracia, era lo que se decía en los años 30 y sucedió con la ascensión del nazismo. El problema es que puede haber una catástrofe ecológica, de manera más rápida de lo previsto, que no pueda ser regulada por el mercado, en contra de los que dicen que el mercado ya proveerá... Porque, en definitiva, el mercado no contabiliza los efectos externos de la economía, de aquellos que contaminan los ríos, talan los árboles o envenenan el aire. El tema está en que el mercado llega con lentitud a los nuevos problemas y que, por ejemplo, todavía no le preocupa que en pocas décadas el petróleo será insuficiente.

De la televisión al "homo insipiens"

Acaba de aparecer la nueva edición de "¿Qué es la democracia?" (Taurus), un clásico de la filosofía política, sobre todo porque el debate ha girado, desde hace unas décadas, sobre los temas que Giovanni Sartori plantea en el libro, del igualitarismo económico al de la libertad y la responsabilidad ética. No le gustan los experimentos, así que tanto Fukuyama -acepta su rectificación de que abogar por la reducción del estado era también ceder sobre la seguridad y desperdiciar al mejor instrumento para garantizar las libertades democráticas- como los "neocon" (conservadores de ímpetu revolucionario) a los que tanto ha escuchado Bush le parecen formas de diletancia política. Sartori, sin embargo, también ha experimentado. Dedicó un ensayo intenso a las derivaciones del ciudadano televisivo en "Homo videns. La sociedad teledirigida". "La televisión premia y promueve la extravagancia, el absurdo y la insensatez y multiplica al homo insipiens", dice de un espacio cada vez más virtual que ayuda a prevalecer a determinadas figuras políticas mientras que al resto las reduce a la marginalidad parlamentaria y que destruye más que construye. Además, es autor de "La sociedad multiétnica" y "La tierra explota". En 2005 recibió el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales.

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