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Adventista Colombiano En Desacuerdo II

por Carlos Caso-Rosendi

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El Sr. Silvio Patiño, adventista del séptimo día, responde al anterior mensaje. Aunque afirma ser “evangélico”, en un mensaje posterior cita las obras de E. G. White, algo que un evangélico jamás haría por la obvia razón de que E.G. White eventualmente desautoriza al movimiento evangélico poniéndolo en un mismo plano con la—tan odiada por ellos—Iglesia Católica. Elegí responderle al Sr. Patiño pues, dentro de su error, al menos se entiende lo que escribe, algo que muchos de los mensajes que recibimos en nuestra redacción tienen poco éxito en lograr. Esto es lo que nos responde el Sr. Patiño:

“Reciba un cristiano saludo. En este último mensaje, y para cerrar las “discusiones”, quiero manifestarle, para empezar, que yo sí leí y entendí muy bien su respuesta a mi mensaje inicial, pero una cosa es entender y otra, muy diferente, aceptar. Por otra parte, en mi segundo mensaje, entre otras cosas, quise indicar (y parece que no me hice entender) que no creo que el Sanedrín reunido en Jamnia en el año 100 D. C. hubiera eliminado del canon aquellos libros por hacer unas leves y veladas alusiones a cuestiones de cristianismo, porque, si ese hubiera sido el motivo, habrían sido extirpadas - en lugar de esos inocentes libros - muchas otras enseñanzas, de más fondo y de mayor importancia, que se encuentran en la Ley y los Profetas y que se refieren directamente a Jesucristo: su mesianidad, su obra, su injusto juicio, su muerte, su resurrección y, por ende, nuestra salvación por medio de Él. Pero no fueron retiradas de los libros que las contienen. No podemos, pues, atribuirles a esos judíos la insensatez de extraerse una espina y dejarse un clavo. Y eso fue todo en cuanto a ese tema. Paso ahora a referirme a otros puntos de su segunda respuesta. Las cuestiones históricas y de otra índole que en ella consigna, referentes al Protestantismo, son realmente inocuas en el empeño de desacreditar al Cristianismo que profesamos los Evangélicos, que es el enseñado por Jesucristo y sus discípulos. La palabra de Dios no fue escrita por Lutero ni por otros reformadores, pero los Cristianos les agradecemos a estos hombres el haber llamado la atención, a tiempo, sobre la urgente necesidad que había de retornar al Cristianismo puro y verdadero, pues se percataron de que la “única iglesia que existía hasta entonces” se había extraviado del camino. Gracias a ese llamado, los Cristianos seguimos a Jesucristo y sus enseñanzas y no a hombres y las suyas. Usted me aconseja “seguir aprendiendo lo que realmente enseña la Iglesia Católica”. Pues sepa Usted que eso lo conozco muy bien, al haber pertenecido a ella por más de treinta años; y me alejé cuando, por la misericordia de Dios, conocí a su hijo Jesucristo. Recién en ese entonces tuve la oportunidad de cotejar las enseñanzas de la Iglesia con las de las Sagradas Escrituras, y pude percatarme de la diferencia que hay entre ellas. Finalmente, y en cuanto a resolver su inquietud, le cuento que yo soy Cristiano Evangélico, simplemente Cristiano Evangélico, pues el Cristianismo es uno solo. El término “Evangélico” se aplica al ser humano que sigue a Jesucristo, a quien ha conocido a través de su Evangelio. Es cierto que hay diferentes grupos de Evangélicos, con sus respectivas denominaciones, pero todos están asidos de la misma cabeza: Jesucristo. Los únicos que tiene diferencias de fondo con los demás son los “Testigos de Jehová”, pues no creen en la divinidad de Jesucristo ni en la existencia de la Trinidad. De otro lado, la aparente uniformidad en la Iglesia Católica no se debe a que sea perfecta, ni a que haya enseñado verdades incontrovertibles, sino a que sus miembros (la gran mayoría al menos) carecen de bases para disentir, y aceptan sin chistar todo lo que el clero les dice. Al despedirme, agradezco a Usted su noble deseo de que Dios me bendiga. También yo le digo: ¡Que Dios lo bendiga!; y tenga la absoluta seguridad de que oraré por Usted.”

Lo más triste de este mensaje es, a mi ver, la frase: “entendí muy bien su respuesta a mi mensaje inicial, pero una cosa es entender y otra, muy diferente, aceptar”. Como el Sr. Patiño no responde con ningún argumento—bíblico o extrabíblico—me veo forzado a pensar que carece de respuesta a nuestros argumentos. Ahora bien, yo puedo pensar que la luna está hecha de queso aunque me presenten mil argumentos razonables para demostrarme que estoy equivocado—respondo ¡es de queso y basta!—pero eso no prueba nada más que mi mentecatez y mi incapacidad para aceptar lo que obviamente es verdad: la luna no está hecha de queso y no hay argumento alguno que yo pueda usar para convencer al mundo de mi teoría lacto-lunar. En fin, eso es el protestantismo, una protesta contra la verdad cristiana simple y llana que el Magisterio de la Iglesia ha enseñado—sin cambios—por veinte siglos y algo más. La respuesta continúa diciendo:

“[...] no creo que el Sanedrín reunido en Jamnia en el año 100 D. C. hubiera eliminado del canon aquellos libros por hacer unas leves y veladas alusiones a cuestiones de cristianismo, porque, si ese hubiera sido el motivo, habrían sido extirpadas—en lugar de esos inocentes libros—muchas otras enseñanzas, de más fondo y de mayor importancia, que se encuentran en la Ley y los Profetas”.

Las motivaciones anticristianas del Sanedrín de Jamnia están bien establecidas en la historia judía, como veremos luego. Las “veladas alusiones” de las que habla el Sr. Patiño no son tales. Los libros eliminados por el Sanedrín contienen argumentos irrefutables para la mesianidad de Cristo que los cristianos usaban con éxito entre los judíos de habla griega. Citaremos algunos de ellos ordenadamente para probar que el Sr. Patiño está equivocado. Por otro lado, es cierto lo que dice el Sr. Patiño sobre los otros libros del Antiguo Testamento: si hubiera que eliminar todo lo que se refiere a Jesucristo directa o indirectamente, habría que eliminar toda la herencia escritural hebrea, sus tradiciones orales, fiestas típicas, etc. pues toda la vida judía representa de una manera u otra al Mesías por venir, que es Cristo.

En “Historia del Pueblo Judío” encontramos una breve síntesis del contexto histórico de esos tiempos que van del 70 d.C. al 133 d.C.: “No mucho tiempo después de la caída de Jerusalén y de las consecuentes desgracias, reconocieron progresivamente la autoridad de un nuevo Sanedrín que, sin importar cómo surgió, estaba realmente constituido en Jamnia (Yabné), bajo la presidencia del rabí Jochanan ben Sakkai. Junto con el Sanedrín, [que ahora era la corte suprema (Bêth Din) de las comunidades occidentales], había en Jamnia una escuela en la cual Jochanan inculcaba la Ley oral (concretamente, la Halaká), transmitida de padres a hijos, y realizaba lecturas expositoras (Hagadá) de otros textos hebreos distintos de la ley escrita (Pentateuco). El sucesor de Jochanan al frente del Sanedrín (año 80 d. C.) fue el rabí Gamaliel II, quien tomó el título de Nasi ("príncipe"; entre los romanos, "patriarca"). También Gamaliel vivió en Jamnia y presidió su escuela, que sirvió de modelo para otras escuelas que se fueron creando en los alrededores. Finalmente, trasmitió a sus sucesores "Los patriarcas de Occidente" (año 118 d. C.), una autoridad religiosa a la que, en lo sucesivo, se rindió obediencia y reverencia, incluso después de que la sede de su autoridad fuera trasladada, primero a Séforis y, finalmente, a Tiberíades.” Quiero hacer incapié en el hecho evidente que esta organización religiosa del judaísmo es una medida de contingencia ante la desolación que repetidas veces visitó a judea desde la destrucción del Templo por Tito Vespasiano en 70 d.C. Aquí no hay reyes, profetas o enviados de Dios como en los antiguos tiempos de Israel. De hecho, Israel ya no existe, el Templo ya no existe ni existirá más, Dios permanece silencioso a los oídos de los sabios de Israel. La organización que sigue es puramente humana sin intervención divina visible o evidente de otra manera. Digo esto para contrastarlo con la acusación protestante de que seguir a la Iglesia Católica es “seguir tradiciones de hombres,” acusación sin fundamento pero que queda bien expuesta como falsa cuando uno ve los magros intentos de organizar religiosamente al pueblo judío después de la debacle del 70 d.C. Mientras tanto, la Iglesia Cristiana ha llegado a todo el orbe conocido, ha pasado las fronteras del Imperio Romano y cuenta con la conversión de numerosísimos gentiles y de unos seis millones de judíos. En cierta forma, Dios está mostrando a los judíos un modelo de lo que seguirá en la historia de los siglos por venir, el aplastante triunfo del cristianismo sobre la paganidad y el judaísmo. Las decisiones de Jamnia se tomaron en ese contexto y se parecen mucho a las medidas que todas las herejías cristianas tomarían en el futuro: negar la historia y modificar las Escrituras para disimular los errores y contradicciones de la propia doctrina.

Las motivaciones del Sanedrín del año 100 d.C. se ven claramente en la prohibición de leer el capítulo 53 de Isaías en las Sinagogas. Al leerlo nos damos cuenta del por qué de la prohibición (que continúa hasta hoy) y también entendemos el espíritu anticristiano de aquel cuerpo jurídico hebreo:

“¿Quién dio crédito a nuestra noticia? Y el brazo de Yahveh ¿a quién se le reveló? Creció como un retoño delante de él, como raíz de tierra árida. No tenía apariencia ni presencia; (le vimos) y no tenía aspecto que pudiésemos estimar. Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro, despreciable, y no le tuvimos en cuenta. ¡Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba! Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado. El ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. El soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados. Todos nosotros como ovejas erramos, cada uno marchó por su camino, y Yahveh descargó sobre él la culpa de todos nosotros. Fue oprimido, y él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca. Tras arresto y juicio fue arrebatado, y de sus contemporáneos, ¿quién se preocupa? Fue arrancado de la tierra de los vivos; por las rebeldías de su pueblo ha sido herido; y se puso su sepultura entre los malvados y con los ricos su tumba, por más que no hizo atropello ni hubo engaño en su boca. Mas plugo a Yahveh quebrantarle con dolencias. Si se da a sí mismo en expiación, verá descendencia, alargará sus días, y lo que plazca a Yahveh se cumplirá por su mano. Por las fatigas de su alma, verá luz, se saciará. Por su conocimiento justificará mi Siervo a muchos y las culpas de ellos él soportará. Por eso le daré su parte entre los grandes y con poderosos repartirá despojos, ya que indefenso se entregó a la muerte y con los rebeldes fue contado, cuando él llevó el pecado de muchos, e intercedió por los rebeldes.”

La razón—o más bien la excusa—del Sanedrín de Jamnia para eliminar los libros inspirados escritos en griego fue justamente la lengua, aunque muchos de esos libros fueran originalmente escritos en hebreo, cuyos testos originales se extinguieron gradualmente, sobreviviendo solamente las traducciones griegas que eran usadas más asiduamente. Una situación similar se da con el Evangelio de Mateo que—en opinión de los expertos—fue redactado en hebreo y de cuya forma original no quedan otras copias tempranas que las traducciones al griego y al siríaco.

Creo que con esto queda clara la inoperancia del razonamiento del Sr. Patiño a este respecto: “No podemos, pues, atribuirles a esos judíos la insensatez de extraerse una espina y dejarse un clavo.” Al eliminar la lectura de Isaías 53 y los libros griegos fácilmente accesibles a los judíos de Occidente, el Sanedrín hizo lo que pudo para frenar el avance del Evangelio cristiano en las comunidades. Simplemente no se puede entender esto de otra manera. Ahora bien ¿eran “inocuas” las enseñanzas contenidas en esos libros? Para muestra basta un botón, dice el refrán y la mejor muestra que puedo recordar es Sabiduría cap. 2 vv. 12-22:

"Armemos, pues, lazos al justo, visto que no es de provecho para nosotros, y que es contrario a nuestras obras, y nos echa en cara los pecados contra la Ley; y nos desacredita divulgando nuestra depravada conducta. "Profesa tener la ciencia de Dios, y se llama a sí mismo Hijo de Dios. Se ha hecho el censor de nuestros pensamientos . No podernos sufrir ni aún su vista: porque no se asemeja su vida a la de los otros, y sigue una conducta muy diferente. Nos mira como a gente frívola y ridícula, se abstiene de nuestros usos como de inmundicias, prefiere lo que esperan los justos en la muerte; y se gloria de tener a Dios por padre: Veamos ahora si sus palabras son verdaderas: experimentemos lo que le acontecerá, y veremos cuál será su paradero. Que si es verdaderamente Hijo de Dios, Dios le tomará a su cargo, y le librará de las manos de sus adversarios. Examinémosle a fuerza de afrentas y de tormentos, para conocer su resignación y probar su paciencia. Condenémosle a la más infame muerte: pues que según sus palabras será él atendido. Tales cosas idearon los impíos, y tanto desatinaron, cegados de su propia malicia. Y no entendieron los misterios de Dios, ni creyeron que hubiese galardón para el justo, ni hicieron caso de la gloria reservada a las almas santas."

A esta altura, nuestro caso está bien probado. Las aseveraciones del Sr. Patiño carecen de apoyo histórico o bíblico.

Nuestro crítico continúa diciendo: “Las cuestiones históricas y de otra índole que en ella consigna, referentes al Protestantismo, son realmente inocuas en el empeño de desacreditar al Cristianismo que profesamos los Evangélicos, que es el enseñado por Jesucristo y sus discípulos. La palabra de Dios no fue escrita por Lutero ni por otros reformadores, pero los Cristianos les agradecemos a estos hombres el haber llamado la atención, a tiempo, sobre la urgente necesidad que había de retornar al Cristianismo puro y verdadero, pues se percataron de que la ‘única iglesia que existía hasta entonces’ se había extraviado del camino.”

Me imagino que la asombrosa vanidad de esta afirmación es evidente por sí misma. Si la Iglesia Católica había “perdido el rumbo” hasta que llegaron los reformadores, cabe preguntarse cuál de las miles de direcciones que tomó el protestantismo es la que corresponde al supuesto “rumbo original.” No hay que ser un genio para darse cuenta que Cristo no puede estar presente en miles de grupos que profesan ideas contradictorias y que deben, por fuerza, modificar la historia y cercenar las Escrituras a priori para poder justificar sus doctrinas, todas novedosas, después de diecisiete siglos de cristianismo. El Sr. Patiño continúa con: “Finalmente, y en cuanto a resolver su inquietud, le cuento que yo soy Cristiano Evangélico, simplemente Cristiano Evangélico, pues el Cristianismo es uno solo. El término “Evangélico” se aplica al ser humano que sigue a Jesucristo, a quien ha conocido a través de su Evangelio. Es cierto que hay diferentes grupos de Evangélicos, con sus respectivas denominaciones, pero todos están asidos de la misma cabeza: Jesucristo.”

En mensajes posteriores el Sr. Patiño cita a E. G. White, “profeta” del adventismo que ninguna iglesia evangélica acepta. Es obvio que el Sr. Patiño esconde su verdadera identidad denominacional bajo el capote de “evangélico.” El Apóstol San Pablo es claro cuando dice: “Os conjuro, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, a que tengáis todos un mismo hablar, y no haya entre vosotros divisiones; antes bien, estéis unidos en una misma mentalidad y un mismo juicio. Porque, hermanos míos, estoy informado de vosotros, por los de Cloe, que existen discordias entre vosotros. Me refiero a que cada uno de vosotros dice: ‘Yo soy de Pablo’, ‘Yo de Apolo’, ‘Yo de Cefas’, ‘Yo de Cristo’. ¿Esta dividido Cristo? ¿Acaso fue Pablo crucificado por vosotros? ¿O habéis sido bautizados en el nombre de Pablo?” Yo pregunto ¿Qué diferencia hay entre estos corintios del primer siglo y los que hoy dicen “soy de Lutero”, “soy de Calvino”, “soy Bautista del Sur” o cualquier otra cosa? No es necesario ser un teólogo para darse cuenta de algo tan elemental: las divisiones NO son de Cristo y es inútil argumentar que Cristo es la misma cabeza para todos. Una misma cabeza no puede asistir a más de una mente. Como la posibilidad de que Cristo esté esquizofrénico es remota, prefiero pensar que los grupos protestantes siguen, como es evidente, las ideas que salen de las cabezas de sus dirigentes y fundadores tal como ellos mismos lo declaran al denominarse por sus nombres: Lutero, Calvino, Wesley, Swedenborg y un largo etcétera.

Finalmente el Sr. Patiño agrega: “De otro lado, la aparente uniformidad en la Iglesia Católica no se debe a que sea perfecta, ni a que haya enseñado verdades incontrovertibles, sino a que sus miembros (la gran mayoría al menos) carecen de bases para disentir, y aceptan sin chistar todo lo que el clero les dice.”

Uno no puede dejar de sonreír ante la pretensión de juzgar la inamovible realidad histórica de la Iglesia Católica desde el tembladeral de las arenas movedizas del protestantismo o de las sectas. La Iglesia Católica no es perfecta (al menos en este mundo) en el sentido de la impecabilidad pues Cristo mismo anunció que en ella habría todo tipo de gente, trigo y mala hierba. Gracias a Dios que no nos pide perfección pues sería muy difícil entrar en una Iglesia perfecta. Yo mismo, para empezar, no podría hacerlo. La Iglesia es perfecta para la función que Dios le ha asignado, llevar el Evangelio al mundo entero a través de la historia, ser la luz del mundo y llevar a Cristo a los hombres en los Sacramentos y en la Palabra. Eso es algo que ninguna otra iglesia ha logrado. Para empezar no declaran toda la doctrina apostólica sino versiones recortadas de la misma. Tampoco llevan su doctrina al mundo entero, de hecho la gran mayoría no pasa de declarar sus ideas hasta donde pueden alcanzar y eso en muchos casos no pasa de ser una esquina de un barrio cualquiera. En sí misma, al unidad católica da testimonio de Cristo. Tal como Moisés se acerca curioso ante el fenómeno de la zarza que arde y no se consume, el mundo entero contempla esta Iglesia Católica sobreviviente de veinte siglos de oposición y persecuciones, corrupción y malos tiempos... que sigue erguida ahí tan campante, sobreviviente donde otros, aparentemente más poderosos, han mordido el polvo para no levantarse nunca más: el Imperio Romano, Bonaparte, la Alemania Nazi, el comunismo soviético... Si esta Iglesia no es de Dios ¿cómo se explica su permanencia? Ciertamente no la justifican ni el talento ni la santidad de sus miembros, que en su mayoría son pecadores faltos de muchas virtudes... ¿cómo se explican los santos que ha producido? No creo que estos enigmas muevan al Sr. Patiño a reconsiderar el catolicismo que dice haber conocido por treinta años.

El Sr. Patiño nos acusa de ser obedientes “al clero” y yo digo, ¡a mucha honra! Trate cualquier evangélico de disentir públicamente con su pastor y veremos qué le ocurre. La humildad mínima que se requiere de cada católico es la de obedecer al Magisterio que lleva ya veinte siglos conociendo y enseñando la doctrina. Qué otra cosa se puede hacer para cumplir con el mandato de Jesús que nos dijo: “Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os digo.” Y luego, dirigiéndose a sus apóstoles dijo: “Quien a vosotros escucha, a Mí escucha.” Con esos antecedentes, escucho a Cristo, a su Iglesia y escucho al Sr. Patiño. Pero a la hora de obedecer, prefiero obedecer a Cristo y no al “iluminado” de turno.

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