Carlos Caso-Rosendi
“Quiero recordaros a vosotros, que ya habéis aprendido todo esto de una vez para siempre, que el Señor, habiendo librado al pueblo de la tierra de Egipto, destruyó después a los que no creyeron; y además que a los ángeles, que no mantuvieron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada, los tiene guardados con ligaduras eternas bajo tinieblas para el juicio del gran Día. Y lo mismo Sodoma y Gomorra y las ciudades vecinas, que como ellos fornicaron y se fueron tras una carne diferente, padeciendo la pena de un fuego eterno, sirven de ejemplo. Igualmente éstos, a pesar de todo, alucinados en sus delirios, manchan la carne, desprecian al Señorío e injurian a las Glorias.”(de la Carta de San Judas Tadeo)
La tentación de vivir sin Dios es la madre de todas las tentaciones. Su origen puede ser la simple y mala rebeldía, la inseguridad personal o el exceso de confianza en uno mismo. Cualquiera sea su origen, la tentación reduce el paisaje mental a un solo punto en el que se enfoca concentrando todo su interés hasta perder noción de las cosas más evidentes a su alrededor.
La tentación siempre es un intento de tapar el sol con un dedo. Tener suficiente dinero, control, placer o todos al mismo tiempo son las preocupaciones que eventualmente desembocan en la tentación. Lo que yace debajo de esta actitud es siempre la ausencia de fe, la falta de confianza en Dios.
Esa falta de confianza es natural en los que no creen en la existencia de Dios o en quienes son animistas y se sienten a merced de fuerzas espirituales hostiles a las que deben complacer para evitar los males de la vida. Entre los cristianos suele ocurrir también, mayormente porque nos enfrentamos a un mundo indiferente y casi impermeable a la fe. Algunos cristianos han permitido que su fe se reduzca a un simple “método moral” que debe dar “resultados” para justificar su existencia.
Esto sucede porque nos hemos contagiado del mundo en que vivimos. El mundo actual no tiene un lugar para Dios. Dios no solo está ausente de la mente del mundo, tampoco es bienvenido ni se espera su regreso. Eso incluye a muchos cristianos que ni sospechan que se han contagiado de esa manera de pensar.
Para el cristiano entero, el que tiene su fe intacta, el cristianismo ofrece una visión única de la historia del hombre: creación, caída, redención y juicio final. Esa no es la visión de la historia que se “respira” en el mundo postmoderno en el que vivimos hoy. La ausencia de Dios como motor y factor de la historia humana tiene como consecuencia la reducción de la esperanza humana a la mera acción personal o de grupos de interés específicos como los comités de acción política o las agrupaciones que promocionan acciones de uno u otro tipo. Una vez que dejamos a Dios fuera de la historia lo único que queda es el poder del hombre y su decisión actuando en solitario de acuerdo a sus esperanzas más sublimes o sus apetitos más bajos. Con frecuencia las acciones puramente humanas contienen ambas actitudes.
Esto no es ya el amor de Dios en acción que mueve al mundo sino el intento de poseer el mundo en todo o en parte por medio de nuestro propio esfuerzo o influencia. Creemos falsamente que somos los únicos que pueden crear un mundo mejor o evitar un mundo peor y que solamente podemos redimirnos por nuestras acciones. Sutilmente engañados hemos tomado el lugar de Dios.
En este contexto postmodernista la Iglesia sufre la presencia de las dos alas en las que se ha dividido la sociedad humana: los ultra conservadores y los ultraliberales. La presencia de estas ideas es tan innegable como la necesidad de neutralizarlas. Con Cristo no puede haber ni derecha ni izquierda, la perfección de Cristo no admite tendencias y nosotros estamos llamados a imitarlo en todo y no solamente en el lado que nos interesa.
La singular ausencia de confianza en la Divina Providencia es lo que—a mi juicio—caracteriza a ambas tendencias. Unos quieren que nada cambie y otros quieren cambiarlo todo sin razón alguna por el simple deseo de experimentar.
Recientemente he tomado conciencia de que entre nosotros hay quienes no creen que la enseñanza del Concilio Vaticano II sea válida. Para ellos es un concilio falso, fallido en el que los ultraliberales tomaron el timón de la Iglesia por asalto con la idea de depravarla. Esta es una reacción a las acciones del extremo opuesto que creen erróneamente que el Concilio Vaticano II les abrió las puertas para modernizarlo todo a gusto y placer. Esgrimen el cambio como una especie de virtud inviolable que todo lo mejora aunque lo que quieran cambiar sea bueno y querido por todos. Ambos extremos pecan de lo mismo. Ambos han permitido que el espíritu del postmodernismo los influya sutilmente haciéndoles creer que Dios está de vacaciones.
Los católicos obedientes, los seriamente humildes, que no creen ser los guardianes de la Iglesia sino sus súbditos, creen que el Concilio Vaticano II le dió a la Iglesia las herramientas necesarias para dar el testimonio evangélico al mundo de hoy. Los excesos de los ultramodernistas les parecen tan errados como los excesos de los ultraconservadores. Unos conocen sólo el pedal acelerador, los otros sólo conocen el pedal de freno. Es obvio que ninguno de ellos está calificado para conducir.
Ambos errores surgen de tener “pensamientos de hombres” (Mateo 16, 23) que resultan en que dejemos de seguir a Cristo. Ambos deben ponerse “detrás de Cristo” tal como Cristo mismo le aconsejó a Pedro cuando éste se negó a aceptar la inminente realidad de la Cruz que Cristo mismo le anunciaba. La realidad que el Concilio Vaticano II admite y enfrenta es clara: Las consecuencias de la Reforma Alemana se han echo evidentes en toda su fealdad. La rebelión engendró filosofías extremas que justificaron todo tipo de prácticas y políticas destructivas, todas presentes en el mundo que emergió de la II Guerra Mundial. Los principios de autonomía total predicados por la Reforma eventualmente dieron lugar a los excesos de la Revolución Francesa y el Bonapartismo, la Revolución Comunista en Rusia y las aventuras fascistas en Alemania e Italia. Es la Reforma la que convierte la autonomía moral en una virtud. Como antes analizáramos, la Reforma sufre de la misma falta de confianza en Dios que ahora caracteriza al postmodernismo. De hecho, los reformadores dieron por sentado que dependía de los hombres el “salvar” a la Iglesia de la corrupción. La veta central que corre desde la Reforma hasta nuestros días es esa declaración de ausencia de Dios en la historia que lleva al hombre de poca fe a intervenir en lo que no le corresponde. Todos los movimientos que le siguen no son más que variantes del mismo becerro de oro. Todos asumen que Dios no está atento o no existe. Que Dios ha sido sorprendido y echado fuera, lo cual es filosóficamente indefendible e imposible de aceptar para un cristiano entero.
Si es cierto que Dios es la fuerza que mueve a la historia del hombre entonces nada ha cambiado, seguimos en la misma Iglesia que Cristo fundó y que nos llama a ser socios de Dios en dispensar el amor que realmente cambia al mundo ¿Dónde vamos a encontrar ése amor si no en la Iglesia y en los Sacramentos que Cristo nos dejó?
Tal es el amor cristiano que tiene la capacidad de transformar al mundo como ya lo ha hecho en el pasado y lo puede volver a hacer. La voluntad de Dios y la del hombre mancomunadas en la historia—la Iglesia—puede aun mover montañas. La voluntad del hombre solo, sin Dios, puede solamente engendrar pesadillas peores que las que ya hemos experimentado en el siglo XX.
La santidad humana y la rectitud moral son cosas inalcanzables sin Dios. Solo en el contexto de la obediencia a la Iglesia se puede conservar el ideal moral cristiano. Ambas son el medio mejor para la realización del hombre común. Ambas provienen de un estado de obediencia que honra a Dios y que admite sin pesares que Dios es el motor y la guía de las mejores acciones humanas. Ambas nos ponen a disposición de El. Ese es el mejor uso de nuestro libre albedrío.
¿Se comprende ahora el error de ambos, los superconservadores y los superliberales? Uno y otro han dejado de creer que Dios nos gobierna y que está presente como Señor de la historia. Como piedras escondidas bajo el agua aun pululan como elementos parasitarios en la Iglesia ya que son incapaces de entender su misterio y participar en su vocación con la fuerza fructificante de la obediencia que conforma la fe.
Un extremo nos quiere convencer que la Iglesia ha caído y que Cristo—¡inconcebiblemente!—ha sido vencido por el Diablo. Uno de ellos escribió hace poco que Cristo yace “con su Cuerpo Místico desgarrado, con su Iglesia rota y a los pies del Enemigo.” ¡Vaya manera de contradecir a Cristo mismo, quien nos ha jurado que las fuerzas del mal no pueden prevalecer contra la Iglesia!
El otro extremo nos quiere convencer que debemos ser los artífices de nuestra propia “liberación” y los diseñadores de nuestro propio destino. Contaminados de ese espíritu de autonomía total—que cada vez más caracteriza al mundo desde la Reforma en adelante—ven en la obediencia una forma de opresión y en el sufrimiento y la pobreza tan solo una forma de injusticia sin valor para nuestra redención.
En ambas ecuaciones Dios equivale a cero. Es por eso que sabemos que no son verdad porque nada, absolutamente nada, puede separarnos del amor de Dios (Romanos 8, 35).
Cuando alguien venga a tí, pretendiendo ser católico y comience a abusar de tu confianza queriendo asustarte con historias de conspiraciones malignas que han logrado controlar a la Iglesia y al mundo, recuerda estos pensamientos. Por más creyente que esa persona crea ser, ha cedido a la tentación de creer que Dios está ausente. No se los puede distinguir fácilmente, están entre nosotros porque son incapaces de crear su propio entorno. Son menos valientes que los protestantes clásicos que al menos se fueron con su música a otra parte. Por el contrario viven como parásitos, pretendiendo ser obedientes para así cazar algún incauto en sus redes y arrastrarlo a la misma desobediencia que ellos practican. “ Estos son fuentes secas y nubes llevadas por el huracán, a quienes está reservada la oscuridad de las tinieblas. Hablando palabras altisonantes, pero vacías, seducen con las pasiones de la carne y el libertinaje a los que acaban de alejarse de los que viven en el error. Les prometen libertad, mientras que ellos son esclavos de la corrupción, pues uno queda esclavo de aquel que le vence. Porque si, después de haberse alejado de la impureza del mundo por el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, se enredan nuevamente en ella y son vencidos, su postrera situación resulta peor que la primera. Pues más les hubiera valido no haber conocido el camino de la justicia que, una vez conocido, volverse atrás del santo precepto que le fue transmitido. Les ha sucedido lo de aquel proverbio tan cierto: «el perro vuelve a su vómito» y «la puerca lavada, a revolcarse en el cieno». (2 Pedro 2, 17-22).
†
Webzine de apologética y temas católicos de interés general. Redactado por laicos fieles a la enseñanza magisterial de la Iglesia Católica y a S.S. Benedicto XVI.
Escríbanos a voxfidei@voxfidei.com
La Verdad no es un concepto, es una persona, Jesucristo la Palabra Divina. El es el Señor de la Historia y la Luz de la humanidad.
© MMVIII First Light Productions - Derechos Reservados - Servidor operado por Verio