por John Henry Newman
¿Hay algún momento en que los hombres estén más cerca de Dios que cuando Le capturan, cuando le golpean, escupen, empujan, desnudan, le estiran sobre la Cruz, clavádole a ella y habiéndole levantado se burlan de El, le dan vinagre y vigilan expectantes para ver si ya muere y para asegurarse le traspasan con la lanza?
Nos aterra pensar que que cuando el hombre ha estado más cerca de Dios en esta tierra ¡ha sido en la blasfemia! ¿Quién de todos ha estado más cerca de El? Santo Tomás que reverentemente tocó sus heridas; San Juan que se recostó en Su pecho o los brutales soldados que Le profanaron miembro por miembro, que Le torturaron nervio por nervio? Así sucede con los pecadores que caminan cerca del trono de Dios y estúpidamente Le contemplan y tocan, juegan con las cosas más sagradas, se inmiscuyen y curiosean sin mala intención sino más bien con interés bestial, hasta que el rayo vengador los fulmina—por no tener sentidos que les guíen—
Supongamos que ese pecador pudiera permanecer en el cielo sin ser borrado por el poder de Dios. Creo que ni se daría cuenta de donde está parado. No vería nada extraordinario o maravilloso en su situación.
Nuestros sentidos terrestres nos avisan que nos aproximamos al bien o al mal. Por el oído, el olfato, por varios sentidos sabemos lo que sucede a nuestro alrededor. Sabemos cuando estamos expuestos a los elementos o cuando nos estamos esforzando demasiado. Tenemos esas alarmas naturales y sabemos que no es bueno ignorarlas. Los pecadores carecen de ese sentido espiritual, nada les presagia su suerte y nada les anuncia lo que el próximo momento les traerá.
Y así van, confiados y sin temor caminando entre precipicios hasta que caen al vacío o de repente son aplastados. ¡Seres miserables! Eso es lo que el pecado le hace al alma inmortal; que se comporten como ganado al ser sacrificado en el matadero en donde tocan y huelen ¡las mismísimas armas que les dan muerte!
Ps., iv, 226—48
Referencias
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