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Progresismos aparentes

Publicado originalmente en La Razón de Madrid

por Card. Ricardo M.ª Carles

El progresismo no tiene nada de nuevo.

Cardenal Ricardo M.ª Carles

La obra de Maquiavelo, muerto en 1527, fue lectura habitual de muchos dictadores posteriores. Fue cristiano y murió como cristiano pero, como teórico de la política, subordina la religión a la política. Aquella puede ser un instrumento útil en manos del Príncipe. El mismo Napoleón leyó dicha obra donde se encuentra la frase: «Triunfad aunque sea por los peores medios y acabarán por daros la razón».

Con Maquiavelo se inició en la Edad Moderna, un pensamiento político laico que, aunque no tuvo en principio éxito, orientó muchas políticas, hasta que en nuestros días se llegue al absoluto positivismo jurídico: no hay más leyes que las que emanan del Estado, ni más derechos que lo que él reconoce. Es atrevido alardear de progresismo si se arranca de ideas que tienen casi 500 años. Con el laicismo que se quiere imponer, al debilitarse los valores religiosos, la vida misma pierde interés e importancia. No hay un Absoluto en nombre del cual defender una autonomía y una justicia como resistencia a la opresión. La tentación, dijo Carlos Valverde, es adaptar la religión a lo que sucede, secularizar todo y reservar para la religión, cuando más, el rincón íntimo de la conciencia. La razón suprime el misterio y no acepta más realidad que la dada en el mundo.

Adaptar la religión a la razón instrumental es vaciarla de contenido. Los mismos Adorno y Horkheimer afirman que «es imposible salvar un sentido absoluto sin Dios». Sin Él se produce el vacío existencial de nuestras sociedades, característico de las sociedades secularizadas. Desaparecen los valores, especialmente los morales.

Desde el positivismo no se fundamenta una moral. Desde un punto de vista meramente científico no se puede demostrar que el odio sea peor que el amor, la crueldad peor que la bondad, ni que el hacer daño a otros sea malo, si me gusta.

Sólo una teología puede fundamentar una moral. Y sus verdades no son antiguas sino perennes. Como se ve, ni la ideología es novedosa, ni tampoco las consecuencias son nuevas.

No parece muy lógico alardear de progresismo sobre inicios y consecuencias ya viejas en la historia de las culturas humanas

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