por Fiorella Bottazzi
Tengo una buena amiga, Angela, que vive en el lado opuesto del país. Por una de esas cosas del intenet nos conocimos en un chat católico y desarrollamos con el tiempo una buena amistad. El año pasado cuando ambas asistimos a la marcha pro-vida en Washington tuvimos la oportunidad de conocernos personalmente e intercambiar historias y anécdotas de nuestras familias. Una de esas anécdotas fue un tanto triste. Se las cuento porque viene al caso.
Angela es una católica formada, viuda desde hace unos cinco años y con varios hijos e hijas ya mayores. Uno de sus hijos, en sus veinte años de edad, despertó a la vocación religiosa y luego de terminar sus años en el colegio decidió explorar un poco las diversas familias religiosas católicas cerca de su área de residencia para tomar una decisión ese mismo año. Esto lo llevó a un retiro de un mes en cierto monasterio del cual salió sorprendido por rampante homosexualidad de los miembros. Sin dejarse amilanar por esta experiencia buscó otro lugar donde realizar su vocación. Lamentablemente la experiencia se repitió y nuestro amigo abandonó su idea de dedicarse a la vida religiosa.
Los años pasaron y nuestro amigo conoció a una muchacha de origen islámico, se enamoró y cambió de religión. Al conocer la comunidad de su novia fue agradablemente sorprendido por la cohesión familiar, la ausencia de vicios, la unidad de la comunidad enfrentada a la vida en un pais extranjero y de diferente fe.
Espero siempre que el caso de nuestro amigo no sea típico. Sin embargo espero contra la evidencia dolorosa de las revelaciones de los últimos años que han mostrado al mundo la madera podrida que compone al menos una parte de la Barca de Pedro en los Estados Unidos. Sospecho que al resto del mundo no les son extrañas estas cosas.
Todo esto me ha llevado a reflexionar como católica y como madre que alguna vez abrigó la idea feliz de tener un hijo sacerdote o una hija religiosa. Idea que no he abandonado aún. El resultado es esta corta nota que espero sea útil a otros como yo que tienen dificultades en comprender por qué nos ha pasado lo que nos ha pasado.
Nuestra redención por Cristo no ocurrió hasta que El murió en la Cruz. El Cuerpo Místico de Jesús, que es la Iglesia, o sea nosotros, no puede operar de manera diferente. La redención de este cuerpo que es la Iglesia no puede completarse en vida. Nuestra redención personal es similar. Seremos hechos perfectos del otro lado de la muerte y no de éste. Ya no quedan muchos que intenten la perfección. Los Donatistas del Norte de Africa se fueron de la historia tratando de lograr la iglesia perfecta. No lo lograron. Lo que lograron en cambio fue la obliteración perfecta del cristianismo en esa parte del mundo. Llegó el Islam en el siglo VI y se acabó la iglesia perfecta. Fue en cambio la imperfecta hermandad del otro lado del Mediterráneo la que sobrevivió y hasta pudo poner coto al Islam en una puja muy desigual y desventajada. Dios tiene claras maneras de hacernos ver cómo quiere hacer las cosas. San Agustín advirtió a los Donatistas la necedad de buscar absolutos al este del paraíso. No escucharon al santo pero debieron escuchar a Dios hablando a través de ese doloroso megáfono que es la historia humana.
El pecado fue la causa y la necesidad de la Encarnación. Todo va en un solo paquete, por el pecado resultó la muerte del Salvador y por la muerte del Salvador nos salvamos del pecado. Si Su muerte fue necesaria la nuestra tambien lo será. Tenemos las máximas bíblicas “el salario del pecado es la muerte” y tambien “el discípulo no es mayor que su Maestro”. Si El tuvo que morir, nosotros tambien tendremos que ser “bautizados en su muerte” para usar otra frase bíblica.
Hay dos pasiones que debemos considerar: la Pasión de Cristo y la pasión de la novia, la Iglesia. La Pasión de Cristo es pura y carece de pecado. El pecado está en los ejecutores que realizan el deicidio en nombre de toda la Humanidad.
La pasión de la novia es diferente. La ley del pecado reina con fuerza en el mundo de los hombres y por lo tanto en esta pasión en la que la Humanidad debe ser redimida, el pecado reside en ellos mismos. La novia, la casta meretrix, es impura hasta su muerte. Sale de este mundo impura para ser purificada en su paso por la muerte y regresar desde el cielo radiante como la Novia del Cordero, la Nueva Jerusalem.
Ese deseo interior que tenemos por una Iglesia mejor, por un mundo mejor, por mejores hombres y mujeres no es nada mas que hambre. Hambre del cielo, pasión por ser amados por el Novio puro de la Cruz. Esta es la humanidad que compone la Iglesia, no hay otra. Si soy humano, nada de lo humano me es ajeno. La Iglesia es humana en su grandeza y en su bajeza tambien.
El problema es que estamos lidiando con algo que es causa de escándalo, El escándalo, nos asegura el Señor, es inevitable. Tan inevitable como la piedra de molino que a guisa de corbata nos corresponde por causarlo. Y es que manchar el cuerpo de la novia es algo serio. Todos lo hacemos en diferente grado pero cuando llegamos al punto del escándalo recordemos que la misma pasión que nos une al cuerpo de Cristo es la que une a Cristo con las ovejas perdidas por el escándalo que hemos causado. En la crucial ecuación, en ese uno menos uno, perdemos su favor y revelamos la incapacidad natural para mantenernos a flote. Tratar de vivir sin Cristo y con pecado es como tratar de nadar con la piedra de molino atada al cuello.
El pecado tiene su lugar necesario como causa de la Redención y como razón para los Sacramentos. No se puede separar el uno del otro. Es en el pecado que Dios realiza nuestra redención. Si lográramos la Iglesia perfecta de este lado de la muerte, de hecho demostraríamos que no necesitamos a Dios en la Cruz ni en los Sacramentos. Eso es imposible. El bautismo no seca las fuentes del pecado (Concilio de Trento D808-6 y D-833) El bautismo es solo el comienzo de la batalla contra el pecado y sirve como sello en el escudo de los antiguos guerreros para identificarnos con el Salvador e iniciar nuestra renovación en El. Pero no podemos evitar pecar y correremos hasta el final con la horrible expectativa de un juicio adverso si nos abandonamos al pecado.
La Iglesia está hecha de pecadores. “Perdona nuestras ofensas” dice el Padre Nuestro y “ora por nosotros pecadores” decimos en cada Avemaría. El pecado está en la Iglesia, la mala hierba del enemigo es contagiosa y la humanidad no la puede erradicar. Debemos esperar el dia de la cosecha. Ahi es cuando Cristo separará el trigo y la mala hierba. Tratar de hacerlo antes, habiendo sido advertidos, es un esfuerzo fútil.
Un proverbio inglés dice que los tontos se atreven donde los ángeles temen avanzar. Reclamar la santidad es una dura afrenta. Trabajar por ella es mejor. Los católicos de a pie como yo solo podemos mirar con pena y disgusto a aquellos que alegremente siembran el escándalo y pisotean la viña de Cristo. Lo hacemos no porque seamos mejores que los escandalosos sino porque los amamos y por obligación no podemos permitir que se echen al mar con una piedra de molino como salvavidas.
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