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Los judíos

por Ignacio de Argenzola

En un paredón del ghetto de Varsovia, durante un verano brutal del brutal siglo XX, alguien escribió; "Dios: la próxima vez elige a otro pueblo." Recuerdo haber leído el reporte de ese angustiado grito escrito en carbón sobre una pared blanca y haber pensado en Abraham y el regateo aquel del Génesis en el que el padre ancestral de todos los judíos se anima a enseñarle justicia a Dios. El anónimo judío polaco no hizo nada más que anotar en aquella pared la prueba atávica de su descendencia.

A medida que el tiempo pasa, inevitablemente envejezco y aprendo. Hoy a la hora del almuerzo charlaba con un amigo sobre el problema de la educación de los jóvenes. Nos interesaba dilucidar el problema de formar el carácter mientras se siembra la educación en la juventud. Cuando ya finalizaba nuestra hora, volvíamos al trabajo y se me ocurrió de repente que el pueblo judío nunca tuvo este problema. El carácter es a un judío casi como la humedad a un día de lluvia, inevitable. Todas las generalizaciones son malas (incluso esta que acabo de enunciar) y no quiero endilgarle a cada judío del mundo la obligación de ser un Ben Gurión. Nada de eso. Solo digo que con la perspectiva que dan los siglos, estas últimas cuarenta centurias siempre han tenido un judío que dejara su huella en el tiempo. Abraham, después de todo, vivió al filo de la Edad de Hierro y sus descendientes hebreos han contemplado el ascenso de la humanidad, desde esos años hasta hoy, sin perder su identidad esencial. Eso para mí es un misterio fascinante. Cuando alguien bien intencionado supone a Israel en un peligro mortal, rodeado como está de gente que no tiene otro propósito que la destrucción de la nación judía, siempre les digo: no los des por muertos tan pronto y recuerda que han sobrevivido a los romanos y a sus dioses. La Menorah sobrevive donde el laurel y la púrpura de los emperadores llevan ya mas de mil años bajo tierra. Aun en el improbable caso que Israel desapareciera, la idea de Israel es imposible de borrar de la historia. Si, por algún milagro nefasto pudiéramos borrar todo lo que los judíos han aportado a la historia de la humanidad, el gran libro de la historia sería poco menos que un opúsculo sangriento. Ni siquiera el liberalismo progresista que últimamente se empeña en borrar la cultura judeo-cristiana puede darse el lujo de no contar con ellos: imagínen que quedaría de los progres si les sacamos a Marx y a Freud, ambos judíos que, para no perder la costumbre, dejaron su marca en el siglo veinte como tantos otros de la misma raza lo hicieran desde los tiempos de Abraham. Cabe preguntarse cuál es la fuerza que permite que un pueblo tan pequeño haya producido una abundancia tan evidente de hombres y mujeres notables. No me pidan que haga una lista porque sería, por fuerza, injusta. Bastarían Moisés y Jesucristo para justificar mi pregunta, claro que no estan de adorno Isaías, Filón, Maimonides, Halevi, Spinoza, Popper, Levi, Singer, Freud, Marx, Einstein, Sabin, Irving Berlin, Gershwin, Mahler, Dylan, Simon y Garfunkel; para finalizar mi pobre incompleta lista con un chascarrillo musical. La multitud de judíos matemáticos y músicos, escritores y filósofos y representantes renombrados en todas las disciplinas conocidas al hombre es tan larga que sólo Dios la sabe completa. El misterio que se nos presenta es este pequeño pueblo que ha estado siempre rodeado de enemigos y sin embargo ha sabido preservarse. Hititas, romanos, cartagineses, hicsos, nubios, babilonios y asirios son polvo que se lleva el viento de la historia mientras los judíos aun caminan las calles del mundo con sus contradicciones, sus malos, sus buenos, su costumbre de discutirlo todo no importa que sea la misma justicia de Dios. Siempre cito a cierto rabino que con exagerada autocrítica decía que "Dios nos eligió, no por ser los mejores, sino por todo lo contrario." Sigo en desacuerdo con él pero no dejo de maravillarme ante este signo de Dios en el mundo: los indestructibles, inefables judíos para quienes, sospecho, Dios hizo el mundo entero incluyendo a los goyim, porque alguien tenía que maravillarse y como dice el viejo chiste: comprar al por menor.

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