por Santiago Martín
El mensaje de Benedicto XVI para la Jornada Mundial de la Paz que, como cada año, se celebró el pasado 1 de enero, ha estado en esta ocasión centrado en la persona. Es un mensaje preocupado, escrito por un intelectual creyente, profundamente intelectual y profundamente creyente. Un hombre que considera tan peligroso relegar a la razón como relegar a la fe. El Papa vuelve en este mensaje, una y otra vez, a una idea que considera clave: tenemos que encontrar un punto de partida común para todos, creyentes y no creyentes. Ese punto de partida es la ley natural, lo que el Papa llama la «gramática» escrita por Dios en el corazón del hombre. «La paz -afirma el Pontífice- necesita que se establezca un límite claro entre lo que es y no es disponible», pues de lo contrario hasta el propio concepto de persona, como el de «derechos humanos» se relativiza, se debilita. Entre las amenazas a la paz que el Papa enumera figuran el terrorismo, pero también el hambre y las desigualdades crecientes, así como la tortura a que está siendo sometida la naturaleza. No falta una clara alusión al laicismo de Estado, equiparándolo a las dictaduras teístas: «Hay regímenes que imponen a todos una única religión, mientras que otros regímenes indiferentes alimentan no tanto una persecución violenta, sino un escarnio cultural sistemático respecto a las creencias religiosas. Esto promueve una mentalidad y una cultura negativa para la paz». Y ahí está la clave en lo que a nosotros respecta: en nuestro país, el laicismo que el Gobierno practica equivale a un bombardeo diario de los derechos de los creyentes. Su debilidad ante el terrorismo quieren compensarla y camuflarla con una postura cada vez más intransigente con los católicos. Cada vez se parecen más a esos chulos de barrio, tan cobardes que sólo se atreven con los niños. O a los que golpean a sus mujeres. A nosotros, que amamos la paz, nos acosan. Ante los violentos se rinden.
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