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El Amor Según la Encíclica "Deus Caritas Est"

Comentario en respuesta un artículo publicado en Panamá América

por Carlos Caso-Rosendi

El título de este artículo —"El Amor Según la Encíclica Deus Caritas Est" [*] — debiera mas bien haber sido: "El Amor según lo que el Dr. Juan Carlos Ansin pudo entender de la lectura de la Encíclica Deus Caritas Est".

Joseph Ratzinger, S.S. Benedicto XVI

En un tiempo era de rigor que los médicos dominaran el latín, al menos, escrito. En esos tiempos más felices cualquier persona educada en la lengua de Virgilio no hubiera fallado en iniciar la palabra Deus (Dios) con mayúscula y obviar el acento en "caritas". El latín escrito carece de acentos.

No pretendo interpretar la encíclica de S.S. Benedicto XVI por ser esta la tarea de cabezas mejor ilustradas y mas nobles. Solo quiero aproximar un comentario basado en un entendimiento muy limitado del escrito papal que sin embargo me revela que el Dr. Ansín no "captó la onda" porque simplemente no juega en la misma liga que el Doctor Joseph Ratzinger, intelectualmente hablando.

El amor, la vida y la muerte son los tres temas principales de las artes de todos los tiempos y la encíclica encara el tema del amor con la esperanza de que sus lectores esten medianamente versados en el tratamiento que el amor ha recibido en la literatura clásica y especialmente en la Biblia. Como nota al margen quisiera dejar bien claro que todos los escritores, dramaturgos y hasta los plásticos occidentales han considerado siempre la Biblia y los clásicos como recursos de uso válido en el discurso de las artes. Cuando Milton dice "Oh mar bravío!" nos trae a la memoria el diálogo de Dios con Job. Desde Dante y Ariosto hasta Borges y Joyce, la cultura occidental se vuelve constantemente sobre sus raíces griegas y hebreas en lo que podríamos llamar un "discurso total" del pensamiento y de las artes. Convención que lamentablemente ha caído en no poco desuso desde la segunda mitad del siglo XX. Por eso al leer la encíclica de Benedicto XVI me vinieron a la memoria varias cosas, entre ellas: el Cantar de los Cantares, The Four Loves de C.S. Lewis y el Ars Amatoria de Ovidio.

Tambien me recordó las palabras que Illica pone en boca de Cavaradossi en la Tosca: "L'arte nel suo mistero, le diverse bellezze insiem confonde". El arte en su misterio combina la diversidad de la belleza. Recordemos esta frase tan feliz para mejor entender lo que expongo en las próximas líneas.

Para los antiguos (los griegos pre-bíblicos) el amor se expresaba en cuatro formas philios, storgé, eros y agape. Ellos son respectivamente el amor de la amistad, el amor familiar, el amor erótico y la caridad. La forma agape ya había caído en desuso en el koiné el griego común del primer siglo. Son los cristianos los que rescatan el uso de esta palabra griega que pasa al latín como caritas, el tierno cuidado del prójimo como expresión de fe.

En nuestro tiempo estos conceptos han sufrido cambios en el uso que de ellos se hace. Por ejemplo, la palabra castellana "erotismo" no evoca ya la fuerza misteriosa que mueve a los sexos a unirse en la eterna danza natural de la seducción, unión y reproducción. En el lenguaje moderno usamos la palabra para referirnos mas bien al aspecto hedonístico de la relación entre dos personas, aun si estas personas son del mismo sexo y su relación no trasciende en una nueva vida. Eso hubiera sido impensable para los antiguos, pues la misión del eros es, en forma última, la preservación de la raza inspirada por la naturaleza que despierta a sus miembros a ejercer sus funciones.

Si algo no ha cambiado desde tiempos antiguos es eso: para que el amor erótico trascienda en vida nueva, hacen falta un hombre y una mujer conectados con el plan natural. Poco tiene que ver en este asunto la eventual inclinación humana a la homosexualidad. Esto no pasa de ser philios que pretende ser eros pero que no trasciende, no resulta, en la generación de vida. En esto los antiguos tenían bien claro el concepto: eros puede contener a philios pero philios no puede contener a eros. El misterio del eros, para los antiguos, es la observación de las fuerzas que la naturaleza pone en movimiento para preservar sus especies. En ese misterio, el hombre y la mujer, participan llevados por el impulso natural a un plano superior al habitual.

Entonces, para los antiguos el amor erótico es la comunión en la lujuria de la primavera y en la misteriosa fuerza creativa que hace del hombre un generador de vida y de la mujer el abrigo de esa misma vida. Ambos roles representan una de las perfecciones de la Divinidad y juntas apuntan a perpetuar la raza en una forma de eternidad que evoca la inmortalidad e inmanencia de Dios.

Cada uno de estos amores tiene una cualidad trascendente. En el caso del eros, la trascendencia se realiza en la preservación de la raza.

"Un siglo y medio después del nacimiento de Freud" me atrevo a reivindicar el pensamiento clásico contra el reduccionismo freudiano. Eros no es el motor de la psique humana sino un elemento de ella. Freud veía en todas las acciones humanas una motivación sexual. Esta reducción de la razón a lo puramente sexual ha sido abandonada hace ya bastante tiempo. Freud quiere limitar el espíritu humano al sexo de la misma manera que Marx quiso limitarlo a sus necesidades económicas. Eso puede haberle parecido bien a los victorianos que, asombrados ante la novedad de las máquinas, imaginan al hombre y al Universo como máquinas complejas.

Los desastres producidos por la "nueva moral", emergente del psicoanálisis y por el comunismo, emergente de las ideas de Marx; debieran habernos vacunado contra seguir sosteniendo semejantes ideas. Es una pena que no podamos entrevistar a Freud o a Marx para preguntarles qué les parecen los frutos de sus teorías: la magnificación del sexo hasta el hartazgo, que no produjo estabilidad emocional para nadie y el experimento soviético, que no produjo ganadores de ninguna clase.

Si bien es cierto que la modestia cristiana puede haber incurrido en excesos, los resultados de dichos excesos no tienen comparación con los desastres producidos por la liberación sin frenos de la libido, a la cual el Dr. Ansín parece confundir con el eros clásico. No se si podemos estar de acuerdo con la cita de Nieztche: "El cristianismo ha dado de beber al eros un veneno, el cual, no lo llevó a la muerte, pero lo hizo degenerar en vicio".

El problema se puede apreciar mejor si observamos que ya no vivimos en una cultura clásica. El advenimiento del cristianismo y la maduración de la doctrina cristiana han resuelto la indefinición de la cultura pagana. El hombre pagano contemplaba el mundo natural y participaba en él sin imaginar su propósito. Por el contrario el cristiano ha recibido la luz divina y contempla el proceso de la vida natural —no como un misterio— sino como una revelación de su propio destino. Para el cristiano Dios se revela en todas las cosas, aun en un mundo desviado de su propósito original por la desobediencia humana.

En ese conundrum nos hallamos: el cristiano debe funcionar y hallar su destino en un mundo gobernado por fuerzas que no siempre lo llevan a realizar su destino trascendente. Ese es el gran significado de Jesús calmando el viento y las aguas del mar en los Evangelios. Sin Jesús estamos a merced de los elementos. Con El los elementos pueden servir a nuestra realización final. Con Cristo trascendemos ya no ciegamente en una "locura divina" sino en la unión mística que nos permite entrever desde este mundo nuestra supervivencia personal en el mundo de Dios: el cielo. Para mejor lograr eso, las fuerzas naturales deben ser sometidas nuevamente a la voluntad divina. Comenzando por aquellas fuerzas más próximas al hombre como el eros.

Lo maravilloso de todo eso es que Dios nos invita en Cristo a participar en aquella primera tarea "llenad la tierra y sojuzgadla". El eros es el medio de Dios para poblar el mundo pero esa no es la finalidad última: la tierra debe ser dominada y tambien todo lo que ella contiene. En el éxito de esa tarea el hombre prueba su origen divino.

La disciplina no es un fin en si misma sino el medio de conseguir un fin. El elemento libidinoso en el eros no es el eros mismo. El mismo eros es un generador que en un tiempo futuro cede su dominación a la caridad y se realiza en ésta. De ahi que la caridad sea considerada el amor más completo porque ella puede contener al eros pero el eros no la puede contener.

En suma, la interpretación sesgada que el Dr. Ansín hace de la encíclica papal no es sorprendente. En el mundo en que vivimos, la cultura ha sido tomada por asalto por estos nefastos personajes que creen estar de vuelta de toda la experiencia humana. Aunque viven en una sociedad que es el resultado histórico de las ideas cristianas, ellos niegan al cristianismo y en especial a la Iglesia Católica, su justo título de creadores de esta sociedad. Como el tonto del cuento, serruchan la rama donde están parados. Digo esto porque no existe otra sociedad comparable. Ni el Islam, ni los emperadores chinos, ni el comunismo han podido producir una sociedad tan dinámica e inventiva como lo que hoy llamamos "Occidente". El hecho de que un grupo de intelectualoides hayan decidido cometer suicidio intelectual no merita que les sigamos la corriente. Elijamos la vida, vivamos el amor en todas sus formas y magnifiquemos su fuerza por medio de disciplinarla y subyugarla para beneficio de la sociedad.

El amor que trasciende no es un loco rasgando un instrumento de cuerdas al azar y produciendo sonidos indistintos. El amor que trasciende es aquel que ha estudiado y sacrificado horas desarrollando sus habilidades para extraer del instrumento la música más sublime. Ese amor es el puente entre lo arquetípico y lo habitual; entre la música de las esferas y la canción humana; es la manifestación de Dios en las acciones de los hombres y la realización del espíritu humano en plena trascendencia vital.

La disciplina no es la cadena que nos ata a la tierra sino el trampolín que nos proyecta al cielo. La disciplina magnifica el amor. El eros sin disciplina degenera en vicio. La evidencia del vicio es su incapacidad de hacer trascender al amor. La evidencia del amor divino es que trasciende aun a la misma muerte. Como teodiceista aficionado pero bien informado, eso es lo que afirmo.

Referencias

[*] Texto del artículo original publicado en Panamá América

El amor según la encíclica "Deus Caritas Est" —por Juan Carlos Ansin, Médico

Juan Carlos Ansín

En un mundo donde el desamor avanza como las arenas del desierto, resulta encomiable que la Iglesia Católica por intermedio del Papa se haya dispuesto a opinar sobre el amor en sus distintas formas y presentaciones. Aunque dirigida al público, su texto, nutrido de conceptos filosóficos, éticos, históricos y religiosos parece destinado a lo interno de la Iglesia. Comienza definiendo que Dios es amor y sustenta su afirmación con una cita de Juan a la que hace llegar más allá, cuando dice "... No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro de un acontecimiento, con una Persona" (sic.), refiriéndose obviamente a Jesucristo. Más adelante, cuando se refiere al amor humano se remite exclusivamente al de un hombre con una mujer y enfoca su origen, sorprendentemente, en forma similar al amor divino: "... Los antiguos griegos dieron el nombre de eros al amor entre hombre y mujer, que no nace del pensamiento o la voluntad, sino que en cierto sentido se impone al ser humano". (sic). Es de notar que para la Iglesia ambas manifestaciones tienen el mismo origen, no racional y no ético, pero mientras que el amor divino nace de un encuentro, el humano le es impuesto. Cabe preguntarnos aquí: ¿impuesto por quién? Si el amor humano no es más que una imposición divina, inevitable e inexcusable, toda forma o manifestación suya no admite exclusión alguna. En cambio si no es impuesto por Dios, sino por el deseo o la libido, entonces el eros humano es tan natural como el hambre o la ira. La carta no define al amor, reconoce el problema semántico y considera que es una palabra abusada (sic) a la que se le dan acepciones diferentes y luego ejemplifica sus distintas formas: el amor a la patria, a la profesión, al trabajo, entre amigos, padres e hijos, hermanos, familiares, al prójimo y a Dios. Acepta textualmente que el arquetipo del amor es el que hay entre un hombre y una mujer; pero no hace referencia alguna, ni aborda, el amor entre personas del mismo sexo. Una ausencia demasiado notoria para los tiempos que corren y que le resta al mensaje profundidad y sustancia, porque pone en evidencia un tema tabú en el desconocimiento insólito de la sexualidad en todos sus aspectos y complejidades, además de revelar "in absentia", una devastadora y absurda incomprensión psicológica sobre esta realidad HUMANA ancestral, a la que la Iglesia todavía no se ha atrevido a abordar libremente, un siglo y medio después del nacimiento de Freud (1856). Tampoco hace mención de otros aspectos sexuales del sacerdocio, como el celibato, y la homosexualidad, ni hace referencia de los notorios casos de paidofilia cometidos por sacerdotes, un hecho catastrófico que ameritaba ofrecer al menos una disculpa en nombre de ese agapè cristiano al que hace mención y con el que sublimiza al desmeritado eros humano. Todo ello con el agravante intencional de que el tema de la Encíclica pretende ser "la comprensión y la praxis del amor" (sic). Comprensión y praxis que hubiera merecido desarrollar alguna consideración sobre el deseo (palabra sólo citada por boca de Aristóteles) o de la libido. Pero desgraciadamente el escrito se queda elaborando sobre la interpretación que del eros hacían los griegos, asemejándolo a una "locura divina", todo esto dicho para refutar la cita que el Papa hace de Nieztche: "El cristianismo ha dado de beber al eros un veneno, el cual, no lo llevó a la muerte, pero lo hizo degenerar en vicio". Mas adelante amplía el concepto citando otras religiones dedicadas, a su entender, a la prostitución "sagrada", considerada ésta como una perversión utilizada bajo el disfraz del ritual de la fertilidad. Aunque no la menciona, creo entender que se refiere entre otras, al tantrismo dravídico hindú donde el eros es, contrario a lo expuesto, una vía sublime hacia la Iluminación. El núcleo filosófico de la primera parte de la carta papal, a la que me refiero, radica en esta aseveración: "Por eso, el eros ebrio e indisciplinado, no es elevación, "éxtasis" hacia lo divino, sino caída, degradación del hombre". (sic). Para rematar luego: "Resulta así evidente que el eros necesita disciplina y purificación para dar al hombre, no el placer de un instante, sino un modo de hacerle pregustar en cierta manera, lo más alto de su existencia, esa felicidad a la que tiende todo nuestro ser". (sic). Evidentemente que si el amor humano, según lo dicho, se afirma en el eros y éste necesita de disciplina y purificación, se colige que el placer sexual -tal cual se lo interpreta en la encíclica con criterio infalible- está contaminado por algún veneno espiritual... entonces Nieztche tenía razón y su aseveración sigue tan vigente como vana la posición de la Iglesia sobre algo tan obvio y complejo como la sexualidad humana en todos sus aspectos. Debo aclarar que estas consideraciones personales las hago con todo el respeto que me merecen la Iglesia, sus autoridades y los católicos practicantes, los creyentes no practicantes y mis amigos "contestatarios". Como teodiceista, no puedo más que expresar mis inquietudes para que alguien con verdadero fuste y conocimiento sobre el tema, las corrija o las afirme.

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