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Hombres sin sentido

por Rafael Enrique Piña Valdez

Una mirada a los primeros evangelizadores de las Américas.

Misión de Tancoyol - Janpal de la Sierra, México

Dar una hojeada a las historias de los primeros hombres que trajeron el cristianismo al continente americano hace quinientos años resulta fascinante a la vez que incomprensible. Fascinante porque, entre muchas otras razones, no nos podemos dejar de asombrar ante la magnitud de la empresa que estaban iniciando, una magnitud tal que empezar a dimensionarla nos tomaría más que un par de páginas, una magnitud que quizá ni siquiera los mismos protagonistas de dicha historia pudieran imaginar. Fascinante porque presentaba al mundo cristiano de nuevo el reto de llevar a cabo una “primera evangelización”: nuevas tierras, nuevos habitantes, nuevos misioneros; mismo mensaje transmitido con el mismo Espíritu, acompañado también de su debida dosis de peripecias, sacrificios y señales prodigiosas.

Mil quinientos años después, el Señor y Rey de la historia seguía urgiendo a sus discípulos a continuar con el mandato perenne, y habiéndoles dado todo el poder, ellos se lanzaron a tierras desconocidas y hostiles para enseñar a todos aquellos que encontraban todo lo que el Señor les había mandado guardar, siendo dóciles al mandato, con la seguridad y confianza de que Jesucristo mismo estaría con ellos todos los días hasta el fin del mundo (cf. Mateo 28,18-20). Cuatro veces hizo énfasis el Señor en la palabra “todo” al enviarlos: todo el poder, a todas las gentes, guardar todo lo mandado, todo el tiempo. Una misión católica (en griego católico significa literalmente “universal”) en el más amplio sentido y espectro de la palabra. Y el Espíritu Santo se encargó, se sigue encargando, de que esa misión permaneciera precisamente así, católica. Totalmente íntegra en cuanto al poder conferido a los discípulos elegidos; totalmente universal en cuanto al alcance entre los pueblos, sin discriminación alguna; manteniendo la totalidad de las enseñanzas recibidas del Maestro, sin “adaptarlas” o mutilarlas de acuerdo a la propia conveniencia; con el Espíritu Santo universalmente (en tiempo y espacio) presente para guiarla. Sea quizá por esta guía y protección garantizadas, que el primer barco que trajo el cristianismo a América se llamó la “Santa María” y no la “Sola Scriptura”. Sea quizá esa misma guía la que nos explique la aparentemente incomprensible actitud de los primeros misioneros que trajeron aquellas embarcaciones.

La Cruz de Cristo es locura, literalmente

Monumento a los Evangelizadores en Berrocal, España

Cualquier persona que se llame a sí misma razonable encontrará, de primera impresión, que lo que aquellos misioneros hicieron al lanzarse a la “conquista espiritual [1] ” de las tierras “descubiertas” por los europeos en el siglo XVI navegando al Este de sus patrias, fue un hecho llanamente incomprensible. ¿Quién en su sano juicio dejaría la propia tierra para ir a otra sin más promesa de recompensa que recibir largas y agotadoras jornadas de trabajo, climas inclementes, alimentos extraños al gusto y al vientre, enfermedades nuevas, encontrarse con personas de lengua desconocida y costumbres no en pocas ocasiones sanguinarias, todo esto sin la posibilidad de acumular para sí grandes cantidades de oro y bienes? En pocas palabras, ¿quién dejaría su casa, mujer, hermanos, padres o hijos (cf. Lucas 18,28-30), tan sólo por llevar a Cristo a unas gentes que no lo tienen?

Una reacción de los caciques indios ante los primeros intentos de evangelización da testimonio de esta “falta de razón”:

"Cuando predicaban (a señas) estas cosas decían los Señores Caciques: ¿qué han estos pobres miserables? mirad si tienen hambre, y si han menester algo, dadles de comer; otros decían...Estos pobres deben estar enfermos o estar locos, dejadlos vocear a los miserables, tomándoles ha su mal de locura; dejadlos estar, que pasen su enfermedad como pudieren: no les hagáis mal, que al cabo estos y los demás han de morir de esta enfermedad de locura... sin duda ninguna es mal grande el que deben tener, porque son hombres sin sentido, pues no buscan placer ni contento, sino tristeza y soledad." [2]

Peeter van der Moere, pariente cercano del entonces más poderoso emperador europeo, Carlos V, decidió tomar el hábito franciscano y renunciar a una vida burguesa en las cortes europeas para emprender camino hacia el Nuevo Mundo junto con dos compañeros más. Los tres franciscanos dejaron su convento en Gante, Bélgica hacia el año 1522, cuando el celo evangelizador de su abuela, Isabel la Católica, empujaba a Carlos V a enviar misioneros a las nuevas tierras para cumplir la voluntad de su difunta y célebre antepasada. Los nombres de los otros dos frailes menores eran Juan Dekkers, conocido como Tecto, y Juan van Auwera, Aora. Y ciertamente no buscaban placer ni contento. Tecto y Aora acompañaron a Cortés en sus expediciones después de permanecer una corta temporada en Texcoco (cerca de la Ciudad de México), y en ellas murieron “de trabajos y mal pasar” [3]. Por su parte, Peeter -que antaño había estado al servicio de su pariente Carlos V, inclusive acompañándolo en su viaje a Inglaterra cuando se negociaba una alianza con Enrique VIII- ahora se dedicaba, a sus 39 años, a la evangelización de los nativos de la Nueva España. Llegó junto con sus compañeros en 1523. Antes de acabar el año ya había abierto una escuela, la primera de tipo europeo en el continente americano [4].

No pretendo dar una biografía exhaustiva de Fray Pedro de Gante, título con el que pasó a la historia, ni de ninguno otro de los pioneros cristianos en América, sino apenas resaltar algunos rasgos de su labor que ilustren su carácter y motivación, quizá alguien tenga más claro después por qué tantas escuelas, colegios, calles e iglesias llevan actualmente su nombre en el territorio mexicano. Historias similares encontraremos a lo largo de toda América. Desde René Goupil, misionero francés y primer mártir en tierras canadienses; pasando por “Tata Vasco” de Quiroga, Fray Bartolomé de las Casas y el padre Kino que llevaron a Cristo a los pueblos mexicanos; Vicente Valverde y Juan de Sosa en el Perú; Fray Hernando de Granada en Ecuador y Colombia; Rodrigo González Marmolejo en Chile; Fray Luis de Herrezuelo y el padre Juan de Salazar en Argentina; los jesuitas Manuel da Nóbrega y José de Anchieta en el Brasil; Luis de Bolaños en Paraguay, y una lista que es para llenar volúmenes enteros.

Escribía Fray Pedro de Gante acerca de su actividad en esos tiempos: “Mis compañeros se fueron con el gobernador a otra tierra, donde murieron agobiados de trabajos por amor a Dios. Quedé yo solo y permanecí en estas regiones con algunos frailes venidos de España. Estamos repartidos en nueve conventos, viviendo en las casas que nos hicieron los naturales, separados unos de otros siete leguas o diez, y aun cincuenta…Mi oficio es predicar y enseñar día y noche. En el día enseño a leer, escribir y cantar; en la noche leo doctrina cristiana y predico. Por ser la tierra grandísima, poblada de infinita gente, y los frailes que predican pocos para enseñar a tanta multitud, recogimos en nuestras casas a los hijos de los señores principales para instruirlos en la Fe Católica, y que después enseñen a sus padres. Aprendieron estos muchachos a leer y a escribir, cantar, predicar y celebrar el oficio divino a uso de la Iglesia. De ellos tengo a mi cargo en esta ciudad de México al pie de quinientos o más, porque es cabeza de la tierra. He escogido unos cincuenta de los más avisados, y cada semana les enseño aparte lo que toca hacer o predicar el domingo siguiente, lo cual no me es corto trabajo, atento día y noche a este negocio, para componerles y concordarles sus sermones. Los domingos salen estos muchachos a predicar por la ciudad y toda su comarca, a cuatro, a ocho o diez, a veinte y treinta leguas, anunciando la Fe Católica, y preparando con su doctrina a la gente para recibir el bautismo. Nosotros con ellos vamos a la redonda destruyendo ídolos y templos por una parte, mientras ellos hacen lo mismo en otra y levantamos iglesias al verdadero Dios. Así y en tal ocupación empleamos nuestro tiempo, pasando toda manera de trabajos de día y de noche, para que este pueblo infiel venga al conocimiento de la Fe de Jesucristo. Yo, por la misericordia de Dios y para honra y gloria suya, en esta Provincia de México donde moro, que es otra Roma, con mi industria y con el favor divino, he levantado más de cien casas consagradas al Señor, entre iglesias y capillas, algunas de las cuales son templos tan magníficos como propios para el culto divino…” [5] De estas mismas actividades nos habla el historiador estadounidense Pius Barth en su ensayo de 1945 Franciscan Education and Social Order in Spanish North America [6] (Educación Franciscana y Orden Social en la Norteamérica española):

“Cuando advirtió que todo su culto consistía en cantar y danzar delante de sus ídolos procuró apartarlos de ello por medio de ingeniosas canciones, que componía, acerca de la ley de Dios y de la fe, con las que pretendía enseñarles de qué manera Dios se hizo hombre, y se ofreció como víctima en sacrificio, para salvar a los hombres y cómo nació de la Inmaculada Virgen María.

Con este método no trataba de destruir la costumbre de cantar y bailar de los indios, sino más bien encauzarla para que sirviese al culto cristiano y no al de los falsos dioses. Varios meses antes de la Navidad hacía que los indios pintasen en telas varias figuras simbólicas, a colores, libres de las representaciones horribles y supersticiosas de su antigua religión, y por medio de estas actividades instructivas, llegó a enseñarles mucha parte de la doctrina cristiana… Atendiendo a las aptitudes y talentos y al progreso y rapidez, primero se los ejercitaba en los oficios y menesteres comunes, como de sastres, zapateros, carpinteros y otros semejantes, y luego en los que requieren mayor ingenio.”

En la escuela-taller que fundó, y de la cual estuvo al frente cuarenta años, Fray Pedro de Gante llegó a tener hasta 1,000 alumnos al mismo tiempo. Y de su legado como educador nos dice un prontuario cívico-histórico mexicano [7]: “a pesar de su timidez y tartamudeo, llegó a dominar de tal manera el idioma náhuatl en sus grafías y en su fonética, y se adentró tanto en la cultura auténtica y peculiar del mundo azteca-náhuatl, que se puede afirmar de él que es un gran conocedor del México que fenecía…pero su segunda nota de gloria brilla en su obra educativa. En la fundación de escuelas precisamente para la niñez y juventud nativa que él tanto quiso y en quienes tanto creyó en contra de las aberrantes y etnocéntricas posturas que despreciaban lo autóctono y las lenguas vernáculas hasta grados de extrema radicalidad y estulticia. Convencido de las potencialidades del ingenio indígena y su pleno derecho a la educación, fundó los primeros colegios de gran calidad y categoría. Los discípulos eran de todas las edades. La metodología, única, ingeniosa y encarnada al medio ambiente social. Desde artesanías hasta canto y la danza, además de los conocimientos básicos de lengua y matemáticas. Su misma Doctrina cristiana en lengua mexicana, impresa en Amberes (1528) y hasta 1553 en México, es un verdadero método de enseñanza de la lecto-escritura, según afirmación de la maestra D. Gómez Medina en concienzuda investigación sobre didáctica…Se habla de que fue él quien cimentó el primer avance artístico e intelectual de la Nueva España.”

Cada uno los sentía hablar en su propia lengua (Hechos 2,6)

En esta labor evangelizadora, aparece como hecho curioso el ingenio de los misioneros para lidiar con la diversidad de lenguas presentes en los territorios americanos. Recordemos que no sólo eran leguas extranjeras para los europeos, eran lenguas extrañas para todo el mundo hasta entonces conocido, de manera tal que no servía de mucho (más bien de nada) el hecho de traer políglotas eruditos en las lenguas asiáticas del siglo XVI para tratar de entablar comunicación con los nativos, ya no se diga tratar de predicarles el evangelio. La inutilidad de los traductores europeos la habían constatado los conquistadores militares desde los primeros viajes de Colón. Cuando en un principio ellos deseaban aprender la lengua, no había quien les enseñase, pues los indígenas les tenían tanta reverencia que no osaban hablarles, porque era costumbre no hablarles a los sacerdotes de sus cultos. “Para aprender se les ocurrió hacerse niños con los niños para participar en su lengua, y con ellos obrar la conversión de aquella gente. Y así dejando a ratos la gravedad y austeridad de sus personas se ponían a jugar con los niños con pajuelas o pedrezuelas los ratos que tenían de descanso, Esto hacían para quitarles el empacho de la comunicación, y traían siempre papel y tinta en las manos. En oyendo el vocablo al indio, lo escribían. A la tarde se juntaban los religiosos y se comunicaban los unos a los otros sus escritos, y lo mejor que podían los conformaban y sacaban los vocablos que parecían más convenientes. Los primeros que supieron la lengua fueron Fray Luis de Fuensalida y Fray Francisco Jiménez” [8]. Estos dos frailes pertenecían al grupo de los doce “apóstoles” franciscanos que desembarcaron en San Juan de Ulúa, Veracruz, el 13 de mayo de 1524 enviados por el Papa Adriano VI. En este grupo venía también el muy célebre Fray Toribio de Benavente, conocido por los indígenas como Motolinía (“el pobre”, en lengua nativa) y muy querido por ellos, y al cual se le podrían dedicar también páginas enteras-. Se calcula que entre 1524 y 1572 los misioneros escribieron 66 libros en náhuatl o lenguas afines; 13 en tarasco, 5 en mixteco, 5 en zapoteca, y 6 en otomí, entre otros [9]. La versión americana, y propia de la primera evangelización del Nuevo Mundo, del episodio de la Iglesia primitiva hablando a cada ser humano según la lengua que podía entender (cf. Hechos 2, 5-13).

De Fray Pedro de Gante se nos narra que murió en 1572 y que los indígenas sintieron su muerte y lo manifestaron en público. Si los indios lo amaban, a él y a sus hermanos misioneros, era porque andaban descalzos como ellos, comían lo que ellos y se sentaban entre ellos, conversando con ellos con sencillez y caridad en sus mismas lenguas. Los primeros misioneros lograron algo que muchos de los conquistadores laicos no. Lograron ver en los indígenas americanos seres humanos iguales a cualquier otro en dignidad. Lograron ver el rostro de Cristo en su humildad y en su sufrimiento, lograron ver su necesidad y deseo de conocer al verdadero Dios. Lograron lo que muchos de nosotros en este siglo XXI aún no logramos reconocer: que Dios quiere que “todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2,4), independientemente de su raza, color o condición social; y que hay que llevar el evangelio, su mensaje, “con dulzura y respeto” (1 Pedro 3,16).

Las tierras americanas vieron en las primeras décadas del siglo XVI una primera evangelización como la que vieron Judea, el Asia Menor y Europa en las últimas décadas del siglo I. Una evangelización llena de peripecias, desventuras y sacrificios, pero también llena de hombres dispuestos a dejarlo todo por Cristo Resucitado. Una evangelización acompañada también de señales prodigiosas provenientes del cielo; y acompañada de la “Santa María”, que los indígenas acogieron en su casa porque se sintieron discípulos amados igual que Juan (cf. Juan 19, 26-27).

Referencias

[1] El término “conquista espiritual” se le atribuye a Robert Ricard, en su obra de 1947 “La conquista espiritual de México”, referente obligado en el estudio de estos temas.
[2] Muñoz Camargo, Diego. “Historia de Tlaxcala”. Editorial Innovación. México, 1978. Libro I, cap. 20, pp. 164-165
[3] Gutiérrez Casillas, José. “Historia de la Iglesia en México. Editorial Porrúa, S.A. México, 1974. p. 34
[4] Schlarman, Joseph H.L. “México Tierra de Volcanes. De Hernán Cortés a Luis Echeverría Álvarez”. 11ª edición. Editorial Porrúa, S.A. México, 1978. p. 160
[5] Gutiérrez Casillas, José. p. 34
[6] Citado en Schlarman, Joseph H.L. p. 161
[8] Plascencia González, Gutiérrez T. Formoso, y Paredes Gutiérrez. “Memoria de la Patria. Prontuario Cívico-Histórico”. Publ. Editorial Progreso, S.A. México, 1990. pp. 76-77
[9]Gutiérrez Casillas, José. p. 36
[10] Schlarman, Joseph H.L. p. 159-160

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