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Cristianismo y Diálogo

por Gustavo Serrano Diez

¿Puede un cristiano, presentar su propuesta a la sociedad sin renunciar a la integridad de su fe, sin caer en el relativismo? ¿Será esto posible?

Estamos en la época posmoderna, y aunque todavía no sabemos bien qué es eso. Lo que sí tenemos es una vaga idea de lo que quisiéramos o por lo menos, de lo que no deseamos.

El siglo XX fue el siglo de las ideologías, los imperialismos y las hegemonías; con dos guerras mundiales, incontables conflictos bélicos por todo el mundo, miseria y hambrunas espantosas, guerra fría y totalitarismos denigrantes que fueron el saldo de querer imponer a sangre y fuego las visiones utópicas del ser humano, que prometieron el paraíso y nos trajeron el infierno. Cada cual a su manera, los imperios modernos intentaron redimir a ese ser tan contradictorio como misterioso que es el hombre.

Capitalismo, liberalismo, socialismo, comunismo, fascismo, nazismo, dictaduras en América Latina, Asia o África, tecnocracia y neoliberalismo vacío de fermento espiritual asolaron el mundo de los hombres y pusieron en riesgo la subsistencia de vida en el planeta.

Eso es lo que ya no queremos, no queremos una imposición hegemónica que pisotée la libertad de conciencia, el fuero interno; no queremos soluciones a las que debamos someternos porque son el fin de la historia o porque el mercado, el rico, o el que tiene armas así lo dispone.

Somos seres humanos y exigimos un trato digno e igualitario, que respete nuestra autonomía, soberanía estatal y autodeterminación como pueblos y como naciones.

En este estado de deseos, de intención de un nuevo orden más justo, equitativo y pacífico, surge la pregunta acerca de qué lugar ocuparán las religiones tradicionales institucionales, aquellas que tienen un credo que consideran universal, basado en una verdad absoluta. ¿Qué lugar ocupará la Iglesia Católica concretamente en este nuevo espacio de diálogo plural?

En la sociedad actual, donde se busca un auténtico pluralismo sin hegemonías ideológicas o culturales, donde el principio de equidad, autonomía y respeto deben privilegiarse para lograr el diálogo auténtico, fecundo y duradero. ¿Cómo puede un cristiano, un católico, presentar su propuesta sin renunciar a la integridad de su fe, sin caer en el relativismo? ¿Será esto posible?

A primera vista la solución parece simple: la Iglesia, comenzando por el Papa, debe renunciar a la primacía espiritual, debe admitir que su propuesta religiosa es una entre tantas igualmente válidas porque todas son igualmente verdaderas, lo cual equivale a decir que son igualmente falsas; o para decirlo en términos más coloquiales, se trata de una opinión sin validez universal (en contraste con la ciencia que es conocimiento universalmente válido y probado).

El problema es que tal propuesta es inaceptable para el cristiano (y mucho menos para el cristiano católico). Es imposible mantener su identidad, su "Creo en Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador del Mundo" y decir al mismo tiempo "Pues sólo se trata de una suposición de la que no tenemos ninguna certeza"; pues si "Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe, seríamos los más infelices de los hombres" (cf. 1 Cor 15,17.19) El apóstol dice en breve que el cristianismo no tiene sentido si la verdad sobre Jesús no es la verdad sobre el destino de los hombres.

No son pocos aquellos que ante esta característica de las religiones reveladas, en especial del cristianismo y de la Iglesia Católica han proclamado el fin de las religiones tradicionales para abrir paso a nuevas formas de fe que no exijan obediencia a sus adeptos ni en la doctrina ni en la moral. Ante nosotros se abre, como una realidad, todo un abanico de nuevas religiones, nuevas creencias en las que el individuo elige aquello que le conviene y deja aquello que no le convence a un lado. Un digno ejemplo es ese movimiento ambiguo y a veces contradictorio llamado New Age que es una mezcla de religiones orientales con ténicas psicológicas modernas de la que cada cual selecciona según su gusto sus propias creencias y su propia moral.

¿Será ésta la religión del futuro? Muchos incluso entre los cristianos así lo aceptan, y se justifican diciendo que no es posible hablar de Jesús en forma exclusiva cuando hay un Buda o un Mahoma, cada uno con sus seguidores. Se limitan entonces a decir "opino que Jesús es un gran Maestro".

Los autoritarismos y totalitarismos del siglo XX fueron tan atroces, tan sordos a las súplicas de compasión, tan poco sensibles a la libertad, tan inflexibles a la opinión y tan perseguidores de toda forma de oposición o de disenso; que dejaron en nosotros la impresión de que la autoridad, cualquiera que ésta sea, es esencialmente y por sí misma enemiga de toda libertad humana, socavadora de toda creatividad y enemiga de la paz. Algunos han concluído que la única manera de que la humanidad puede sobrevivir es limitando esta autoridad, tolerándola como mal necesario, disminuyendo su poder hasta hacerla casi desaparecer. En cualquier caso se propone que sólo se encarge de algunas funciones mínimas y eliminarla de toda forma de convivencia humana donde sea posible: familia, trabajo, cultura, arte y religión.

Aquí aparece otro obstáculo para los seguidores de la religión cristiana, especialmente de los católicos: Que su religión es esencialmente una imposición a la conciencia, que no pueden apelar en público motivos de fe ni pretender vivir en el mundo conforme a sus principios, mucho menos eso que llaman "evangelizar" porque eso equivale a una imposición monstruosa de sus "criterios estrechos y autoritarios", pues todavía obedecen a un hombre que se hace llamar "representante de Dios en la tierra" ¡como si no tuviéramos ya bastante sangre derramada en nombre de Dios!

Muchos cristianos han dejado de predicar la Palabra de Vida o bien han negado rotundamente la obediencia a ninguna iglesia, pastor, etc; mucho menos a un Magisterio o a un Papa infalible, y se han quedado callados, en silencio, con la cabeza agachada, como escondiendo algo vergonzoso, un pasado que quisiera olvidarse, porque es el recuerdo de una época de tinieblas de las que la humanidad se quiere librar.

Ante esta situación me pregunto ¿Qué lugar ocupa un creyente en el mundo de hoy? Y la respuesta que me viene a la mente es sencillamente: dialogar.

Quiero antes que nada hacer una distinción muy importante: Uno es el problema del diálogo y otro es el problema de la verdad. Una cosa es que el cristiano crea poseer, o mejor dicho, crea ser poseído por la verdad absoluta y otra cosa muy diferente es qué comportamiento va a tener con todos aquellos que piensan de otra manera.

Yo como católico esperaría tener una conversación con un musulmán que de verdad creyera en Alá y en el Corán, sólo así podría enriquecerme con sus valores y su cultura; lo contrario sería una falsedad, un simulacro indeseable y empobrecedor del espíritu.

Lo único que le pediría es que no me obligara por la fuerza a aceptar sus creencias, simplemente que dejara que la fuerza de los argumentos me persuadiera de aquello que me quiere convencer. Porque la Verdad se impone por la fuerza del convencimiento que encierra en sí misma y no necesita coacción alguna.

Tampoco me gustaría que no me dijera nada, que no me compartiera el tesoro de su fe, y si es alguien que me estima, lo más lógico es que me compartiera lo más valioso que tiene, que es su fe. Igualmente desearía que me permitiera exponer "las razones de mi esperanza" (cf. 1 Pe 3, 15) y que me dejara compartirle el tesoro que llevo en mí.

Así que estoy convencido, de que el papel del cristiano y en especial del católico en este mundo posmoderno (que con mucho esfuerzo intenta ser de diálogo multicultural) lejos de renunciar a su convicción de ser portador de un mensaje de salvación para todo el género humano, debe, con más ardor y convencimiento proponerlo al mundo entero; respetando la libertad de cada quién de aceptar o no, sin descalificaciones ni violencias.

La Iglesia no debería renunciar a proponer con firmeza en el fondo, aunque con suavidad en la forma, la verdad del Evangelio; creo que el mundo se beneficiará de escuchar a la Iglesia, y al Papa como su cabeza, aunque luego decida hacer otra cosa, igualmente, la Iglesia se beneficia de escuchar al mundo, aunque por fidelidad a su Maestro no pueda aceptar acríticamente todo lo que el mundo ofrece como nuevas verdades.

Este diálogo ya ha sido iniciado, probablemente nunca se haya interrumpido en 2000 años, aunque han existido épocas en las que parece haberse oscurecido, ahora creo que brilla con gran luz, por ejemplo en las reuniones de oración de Asís donde se congregan de todos los credos a orar por la paz.

Pero este intercambio de opiniones y también de principios irrenunciables, no se da automáticamente; hay que construirlo todos los días y todas las personas. El diálogo no es negación de la propia identidad o sacrificio de los principios sino afirmación de ambas cosas y paciencia para escuchar, para descubrir, lo que de verdadero, bueno y bello puede ofrecer el otro.

El diálogo únicamente tiene sentido entre dos, para ser más precisos, entre dos iguales, que sólamente puede ser cuando se trata de personas, cuando yo soy un alguien que dialoga con otro alguien valioso por sí mismo, igual a mí en origen, esencia y destino.

Esperaría más apertura de algunos medios e instituciones que se llaman a sí mismos progresistas o bien tienen opiniones políticamente correctas; que no le tuvieran miedo al diálogo con la fe, con alguien que cree verdaderamente llevar un tesoro. Están en completa libertad de aceptarlo o no, pero ¿cómo se van a beneficiar si tienen tapados los oídos a todo lo que declara la fe católica?

Reflexiones finales

Platón decía que hay dos maneras de proponer una cuestión: Una desde la doxa, es decir de la opinión, la cual se basa en el propio juicio o modo de pensar, pero que no tiene relación con la realidad.

Así cuando dos personas discuten desde sus propias opiniones, no hay manera de que se pongan de acuerdo, pues los argumentos por sí mismos no bastan para demostrar nada al contrincante.

La otra postura es el de la episteme, es decir del "conocimiento" que remite directamente a la realidad y que implica que mi pensamiento se subordine a la realidad. Aristóteles posteriormente definiría la verdad como la adecuación de la mente a la realidad.

El problema que planteamos aquí es efectivamente un problema de doxas en las que el mundo moderno vive encerrado, atrapado por el subjetivismo, ya sea religioso, político, sentimental e ideológico en el cual vive alejado de la realidad, pues como diría Hegel "si la realidad no es como yo la pienso, peor para ella". El pensamiento no tiene nada que ver efectivamente con la realidad y por lo tanto vivimos en un mundo de sordos en el que no hay comunicación sino a lo sumo la información de la doxas de los demás.

El conocimiento por el contrario nos remite a la realidad y por lo tanto a la verdad, por lo que si hay sinceridad en su búsqueda, aunque se le pueda ver de distintos lados, puede haber un acuerdo pues todos estamos viendo la misma realidad, como consecuencia todos nos enriquecemos con el diálogo.

El caso de la relación entre la fe y la razón que planteamos, se trata entonces de una episteme, o sea un conocimiento que tiene como objeto a Dios. No es una doxa subjetiva, pues la fe responde a una revelación que ciertamente no entendemos y nos exige fe, más bien se refiere a la realidad divina, que por nuestras capacidades humanas está fuera de nuestro alcance y Dios ha querido revelárnosla. Así que el asunto de la fe no es algo negociable pues es tan verdadera como la buena ciencia. En la ciencia el error resulta de falta de adecuación del pensamiento de la realidad. Por ejemplo, si yo digo que dos mas dos son cinco, digo algo tan falso como si dijera que Cristo no es Dios, pues las dos cosas no corresponden a la realidad, la diferencia es que una cosa la sé por deducción racional y la otra por fe. Debemos concluir entonces que el camino del conocimiento es distinto.

En relación al diálogo, éste es posible porque todos los hombres tenemos inteligencia capaz de conocer la verdad objetivamente y mientras la conozcamos podemos comunicarnos compartiendo esa misma verdad.

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