por Carlos Caso-Rosendi
A media tarde me llegó la noticia cuando me acerqué al ordenador para ver mi correo y dar una breve pasada por la prensa internacional de la tarde: Tim Russert ha fallecido a los 58 años, víctima aparentemente de un ataque cardíaco mientras trabajaba en Washington preparando la edición dominical de Meet the Press, el programa dominical de NBC que tantas satisfacciones y éxitos le había brindado.
Para el público fuera de los Estados Unidos, Tim quizás no sea una figura conocida. En los Estados Unidos fue, más que un periodista, una verdadera institución. Su estilo siempre traslució una autenticidad muy rara en la prensa de hoy y definitivamente nada común en el mundillo de la televisión americana, donde lo auténtico brilla por su ausencia. Aunque no siempre he estado de acuerdo con sus puntos de vista, nunca dejé de admirar su capacidad de análisis tan instantáneo como profundo. Presidentes, secretarios de estado, figuras y figurones de la vida pública estadounidense se sentaron a la mesa de las entrevistas con este hombre inteligente y sencillo, medido de palabras pero escrupuloso y detallado en sus juicios.
Sentarse delante de "Russ" y ser entrevistado no era cosa fácil porque el hombre tenía todo el tacto de un confesor experimentado y toda la misericordia de una máquina de rayos equis. Más de un político acostumbrado a manejarse con soltura en los debates de la Cámara y el Senado, pisó la cáscara de banana frente a todo el país en la mesa triangular de Meet the Press. Y lo más curioso es que casi todos ellos pasaron por esas entrevistas sin tener la menor idea de cómo habían sido radiografiados para la audiencia. La habilidad, el tacto y la gracia de Russert serán siempre legendarias en el Distrito.
Ahora bien, esta columna es supuestamente una columna católica de religión y quizás alguno pregunte a qué viene este panegírico. Me explico contándoles un poco de la vida de Russert y creo que lo mejor que se puede hacer es apuntar al libro que escribió para honrar a su padre "Big Russ", como le llamaban en casa. Un hijo de irlandeses, veterano de la II Guerra Mundial que siempre trabajó tres turnos para mantener a su familia decentemente y que tuvo tiempo para formar el carácter de sus hijos, con su ejemplo primero y con su palabra después. Russert escribió ese libro no solamente para su padre sino para toda la generación de "los grandes" a quienes este país privó de casi absolutamente todo durante la Gran Depresión y que como postre, tuvieron que sacrificar su salud y su juventud en los infiernos que la guerra creó en Europa y en el Pacífico.
Los Russert son una familia católica, al estilo de los irlandeses-americanos del Midwest: duros, callados, trabajadores y capaces de cambiar el mundo con los simples principios de la clase proletaria americana que hoy la desagradecida Europa mira con desdén: amor por la Iglesia, por la patria y por la familia que se cristaliza en un deseo de darse totalmente a los demás con la simpleza y la alegría de un niño, con la tenacidad y la entereza que sólo los hombres más nobles pueden tener sin caer en el orgullo.
Recuerdo con cariño del libro de Tim Russert, "Big Russ and Me", las fotos de la primera comunión, la historia de su padre luchando con las adversas circunstancias que le tocaron a su generación, enfrentando un mundo hostil y cambiante con la generosa sonrisa de su cara ancha, roja e irlandesa. Desde mi posición conservadora, siempre he deseado que hubiera más gente así en el Partido Demócrata. Es una pena que la realidad sea otra.
Adiós Tim, gracias por enseñarnos con tu talento, tu capacidad para el trabajo, tu sencillez y tu autenticidad. Este domingo es el Día del Padre en los Estados Unidos. Espero que Dios te permita algún día festejarlo con "Big Russ", compartiendo historias de la guerra y una cerveza fría.
Aquí abajo, te extrañaremos mucho.
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