por el Dr. Ron Paul
El Dr. Ron Paul es diputado republicano del Congreso por Texas.
Esta nota fue presentada el 12 de abril de 2005
Miembros del Congreso de los EE.UU pertenecientes a ambos partidos políticos compitieron entre sí la semana pasada para ver quién era el que colmaba con más alabanzas al Papa Juan Pablo II tras su fallecimiento. Muchos hablaron largo y tendido en la sala de la Cámara de Representantes y algunos inclusive volaron a Roma para asistir a su funeral.
Me pone feliz ver a tantos políticos honrando a un gran hombre de Dios y la paz. Sin embargo, el problema es que muy pocos, en su capacidad de legisladores, lo honraron en vida por sus acciones. En realidad, la mayoría de los miembros del Congreso apoyan políticas que están en total desacuerdo con las enseñanzas católicas.
Hace apenas dos años, los conservadores estaban muy activos reprendiendo al Papa por su negativa a respaldar la invasión norteamericana a Irak. Un popular medio de comunicación conservador sugirió en forma ofensiva de que el Papa era el enemigo de los Estados Unidos debido a que no quería apoyar nuestra agresión en Medio Oriente. El Pontífice no quería pasar por alto la inherente contradicción que implica ser antiabortista y al mismo tiempo estar a favor de la guerra, ni tergiversar directamente la doctrina de la guerra para refrendar el ataque a un país que evidentemente no representaba ninguna amenaza para los EEUU, y los conservadores se sintieron contrariados por este motivo. El 11 de septiembre no implicó un cambio radical y el Papa comprendió que matar todavía significa matar. Los hipócritas conservadores que estaban a favor de la guerra y que hoy lo alaban tienen muy mala memoria.
Asimismo, los liberales permanentemente denunciaban al Papa por que sostenía que el catolicismo, como todas las religiones, tiene normas que no pueden ser simplemente desechadas para satisfacer las tendencias culturales del momento. La izquierda ha criticado mucho las posiciones del Papa sobre el aborto, la eutanasia, el matrimonio entre personas del mismo sexo y la anticoncepción. Muchos liberales sinceramente consideran al catolicismo como un impedimento para la sociedad totalmente secular que pretenden crear.
Tanto los conservadores como los progresistas no entienden que los pronunciamientos del Papa eran teológicos y no políticos. El fue uno de los pocos seres humanos sobre la tierra que no podía ser intimidado o amenazado por ningún gobierno. El era un hombre de Dios y no un hombre de estado. El Papa no hacía política; más bien era un emblema de la tradicional doctrina católica. Su misión era salvar almas y no ocuparse de las agendas políticas de ningún país, partido o político.
Para los secularistas, este fue el pecado imperdonable de Juan Pablo II: optó por servir a Dios antes que servir al estado. Muchos políticos ven al estado y no a Dios, como el supremo soberano de la tierra. Evidentemente no pueden soportar la teología que no se ajusta a su visión del poder estatal ilimitado. Es precisamente por este motivo que tanto los conservadores como los progresistas se ensañaron con Juan Pablo II cuando sus pronunciamientos teológicos no estuvieron de acuerdo con sus objetivos. Pero quizás fueran los objetivos los que fallaban al ser injustos.
A diferencia de la mayoría de los dirigentes políticos, el Papa comprendió que las libertades personales así como las libertades económicas son necesarias para que florezca la virtud humana. La virtud, después de todo, implica tomar decisiones. La política y el gobierno recurren a manipulaciones para negarle al pueblo la libertad de tomar sus propias decisiones.
El compromiso del Papa con la dignidad humana, cimentadas en las enseñanzas de Cristo, lo llevaron a convertirse en un defensor elocuente y coherente con una ética de vida, que ejemplifican sus luchas contra el aborto, la guerra, la eutanasia y la pena de muerte. Y sin embargo, ¿qué instituciones en todo el mundo aprueban el aborto, la guerra, la eutanasia y la pena de muerte? Los gobiernos.
Históricamente, la religión siempre ha representado una amenaza para el gobierno porque compite por las lealtades del pueblo. No obstante, en los Estados Unidos actual, la mayoría de las instituciones religiosas abandonaron hace mucho su independencia y ahora hacen las veces de coro obsecuente de las políticas estatales, como servicios sociales, asistencia social basada en la fe y agresión militar en nombre de la democracia. Son pocas las iglesias norteamericanas que verdaderamente cuestionan las acciones del estado, siempre y cuando conserven su prerrogativa de no pagar impuestos. Es por este motivo que los políticos de Washington celebran la religión de labios para afuera, ya que no constituye una amenaza para su supremacía. El gobierno ha elegido a la religión y a la familia como el principio organizativo básico de nuestra sociedad. El que manda es el gobierno federal; todo el mundo lo sabe. Pero ningún político jamás aportará ni siquiera una minúscula parte del legado que dejó el Papa Juan Pablo II.
Traducido del inglés por Oscar Spraggon
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