por Todd M. Aglialoro
La Iglesia Católica forma hombres. . . . de entre ellos podrá un día sacar soldados.—Hilaire Belloc
No deja de ser un motivo de gran ironía que, hasta las feministas radicalizadas dentro y fuera de la Iglesia, hayan estado clamando durante dos generaciones contra el paternalismo o el falocentrismo mientras que la Iglesia post-conciliar americana, a efectos prácticos, ha estado dirigida por mujeres.
Imaginemos un domingo en la vida de una típica parroquia americana. El padre Reilly— que una vez fuera el niño mimado de su madre—da la Misa para una congregación que representa en forma desproporcionada a las viudas (tanto a las tradicionales como a las "viudas" cuyos esposos están ausentes asistiendo a los juegos de football), sin la presencia de sus esposos o de futuros acólitos. Durante la elevación del Santísimo Sacramento, se congregan alrededor del santuario insólitos ministros de la Eucaristía (80% mujeres comparando con un 20% hombres) y "monaguillas" que asisten al sacerdote.
Después de la Misa, el padre saborea una rosquilla en el sótano de la iglesia, mientras agasaja a las damas de la Asociación Parroquial antes de subir las escaleras para asistir como representante simbólico del sexo masculino en la reunión de las instructoras de la Confraternidad de la Doctrina Cristiana de la parroquia. Posteriormente esa tarde, la hermana Dorothy lo mantiene al tanto de lo que sucede en la clase de confirmación, el comité de paz y justicia, los candidatos del Rito de Iniciación Católica para Adultos y el grupo de jóvenes. A la hora de la cena, se detiene largo rato leyendo la última carta pastoral de su obispo, que exhorta a los feligreses a que se pongan más en contacto con Dios. Por último, mientras anochece, se asoma a la reunión del grupo de apoyo para fieles divorciados y separados, cuyos miembros y líderes—mujeres en su inmensa mayoría—le agradecen su interés.
¿Exagero? Quizás. Este padre imaginario probablemente no hubiese controlado a sus catequistas de esa manera. Pero, sin embargo, la experiencia de todos los días confirma lo que quiero señalar: es probable que tengamos un clero y una jerarquía conformada solamente por hombres, pero a la hora de la verdad—en esas regiones mundanas de la vida eclesiástica en las que los laicos y la institución interactúan con frecuencia—se siente el perfume de mujer. Ya sea que hablemos en función de liturgia, ministerio (laico y clerical), educación religiosa o de cifras relacionadas con la participación de fieles, el poder eclesiástico oficial tal vez no dependa de las mujeres pero recibe evidentemente, una considerable influencia extraoficial femenina, y así ha sido durante un buen tiempo. Los que pertenecemos a la Iglesia hemos estado supeditados a sus consecuencias.
No todas estas consecuencias, como veremos, han sido negativas Pero una de las peores ha sido una subyugación de la masculinidad tradicional: el concepto de un catolicismo masculino clara y completamente reprimido, estigmatizado, encubierto, o de otra manera olvidado por falta de práctica. Y cuanto más "feminizado" se volvía el catolicismo, cuanto más se identificaba a la iglesia como territorio de esposas, niños y amanerados, menor era la asistencia de los hombres y de sus hijos adolescentes a los oficios religiosos. Todo esto llegó a convertir a la Iglesia de hoy, según Leon Podles, el autor de La Iglesia Impotente, "básicamente en un club de mujeres con algunas autoridades masculinas".
Por cierto, no es nada nuevo, que el cristianismo posee una cierta perspectiva femenina. A los antiguos paganos, nuestra religión debe haberles parecido como impropia para un hombre, con su insistencia en la monogamia y el celibato, su idealización del pacifismo, su exaltación de la misericordia, su preferencia por los pobres y desamparados y su sumiso fundador cuya humillación y muerte fueron de alguna manera una bendición. Alrededor del apogeo de la Edad Media, según Podles, el concepto de Aristóteles de la mujer "pasiva" se confundió con la eclesiología de la Iglesia como Esposa de Cristo. Ser un buen cristiano desde entonces en adelante, sostiene, significaba reconocer que "Dios es el padre, el esposo, el activo; mientras que nosotros debíamos ser como la esposa: pasiva y receptiva".
El monseñor Stuart Swetland, director de Preteología del Seminario Mount St. Mary de Emmitsburg, Maryland, está de acuerdo en el hecho de que en la espiritualidad cristiana "la posición por defecto siempre va a ser femenina," porque se nos dice que somos fundamentalmente "receptivos a Dios, para entregarnos a Su voluntad". Pero insiste en que "hay una manera de hacerlo sin ser 'afeminado'; un modo adecuadamente masculino de entregarse al principio activo de Dios". Por desgracia, en el actual estado menoscabado del hombre, resulta difícil quitarse de encima la suposición de que entregarse a Dios significa ser menos que un verdadero hombre. A través de todas las edades y culturas, observamos cómo los hombres se reúnen a charlar, beber o compartir el ocio mientras sus esposas despachan a sus hijos a la iglesia. Es posible que estos hombres, como sus modernos homólogos eternamente postrados delante de la televisión, pusieran sus pies en la puerta de una iglesia el Domingo de Pascua, metidos en un traje al que nunca se han acostumbrado. Sin embargo hubieran preferido dedicarse a la costura antes que desarrollar el hábito de ir a la Iglesia.
A pesar de estas desventajas, la Iglesia innegablemente nos ha dejado un legado histórico de modelos de conducta masculinos: santos guerreros, misioneros inquebrantables, sacerdotes mártires. De hecho, es posible que el siglo XX posiblemente haya sido testigo de cierto mini-renascimiento de la masculinidad católica.
De acuerdo a la teoría de Podles en las décadas previas al Concilio Vaticano II, muchos hombres, "endurecidos por los horrores de la guerra," se hicieron sacerdotes y obispos, lo que dió origen al estereotipo del clérigo tosco o distante y a un estilo de catequesis que enfatizaba enérgicamente la paternidad de Dios, estrictas normas morales y un modo excesivamente racional de enfocar las cuestiones teológicas. Mientras tanto, los miembros laicos de la generación nacida entre 1911 y 1924 asumieron un modelo de roles sexuales rígidos y estrictamente definidos que daban al hombre una hegemonía indiscutible.
Irónicamente, este breve y brusco cambio en la masculinidad católica puede haber contribuido a su propio desmoronamiento, porque para los años de la década del sesenta el movimiento contracultural ya se había puesto en marcha. En las familias surgió una rebelión generalizada contra la autoridad "paternalista". Los sacerdotes y religiosos se esforzaron por lograr métodos más "blandos" y más "pastorales". Y de acuerdo a Ron Bolster, director de la cátedra catequesis de la Universidad Franciscana de Steubenville, la educación religiosa "empezó a poner énfasis en la metodología dejando de lado el contenido; poniendo al individuo por encima de la catequesis en vez de hacerlo el objeto de la catequesis." Ya no servía la forma severa y sistemática de encarar la fe, con su "memorización forzada, la casuística y las reprimendas".
En muchos casos, tanto Monseñor Swetland como Bolster insisten que en esos tiempos pareciía mejor llevar a cabo una auténtica transformación, que se debía aportar cambios desde la perspectiva "femenina". Pero esa iniciativa rápidamente se pasó de revoluciones. Consideremos, por ejemplo, cómo la revolucionaria manera afirmativa de criar a los niños, recomendada por el Dr. Spock dió lugar a los excesos y las malas crianzas en la siguiente generación. De repente, una generación de hombres—tanto laicos como clérigos—que antes se esforzaban para admitir que "estaba bien llorar" se transformaron en patéticas caricaturas de la sensibilidad. Padres—de familias y de almas—dejaron de ser respetados o desistieron de ser respetados. Mientras tanto, los catequistas, recién liberados de fórmulas aburridas y repetitivas, enseguida redujeron el contenido de la Fe, tal como lo expresa Bolster, al grito de: "¡Jesús te ama, ahora hagamos una mescolanza donde todo vale!"
Al mismo tiempo, el feminismo radicalizado salía de las universidades y se introducía por la fuerza en las iglesias con su ya conocida lista de exigencias, intentando—con considerable éxito—imponer un nuevo estilo asexuado al lenguaje litúrgico. De la misma manera—que esto no quede en el tintero—la generación del clero formado en las décadas del cincuenta y sesenta ingresó al ministerio, con sus identidades psicosexuales masculinas deformadas, lo que le causó a la Iglesia toda clase de problemas, desde sacerdotes que dan apretones de manos blanduzcos hasta los peores delitos de la mafia homosexual.
Pero algo curioso sucedió que contribuyó a crear una Iglesia corta de testosterona y que quizás tuvo su origen a principios de la década de los años ochenta: apareció en la Iglesia el catolicismo varonil—ya escarmentado y más prudente—comenzando a dar señales de un modesto retorno. Echemos una mirada a algunos ejemplos de la contraofensiva de la virilidad católica. Veamos cómo se está manifestando en distintas áreas de la vida de la Iglesia y lo que puede aportar en el futuro.
"¿Dónde comenzó? En el mismo seno de la familia," dice Tarek Saab, fundador de una línea de vestimentas informales para varones que incluye símbolos y slogans cristianos. Saab, que tuvo una breve fama como concursante en el programa de TV The Apprentice Usa su línea de productos como una plataforma de lanzamiento para los ideales católicos masculinos. El cree que muchos de los hijos de la década de los setenta, abrumados por la deuda social del divorcio de sus padres, la ausencia de padres y la infelicidad sexual, resolvieron hacer las cosas de un modo diferente. Para los hombres cristianos, esto consistió en forjarse una nueva y audaz contracultura, feliz y conservadora, en la que los padres reivindicaron su posición como jefes de familia, se sentaron sin miedo en los bancos de las iglesias al lado de sus esposas e hijos y adoptaron la postura de "proveer y proteger" en medio de las tribulaciones y tentaciones del mundo.
Saab observa un fenómeno paralelo que ocurre entre los cristianos solteros más jóvenes, a quienes están dirigidos los productos de su empresa. Ellos rechazan enérgicamente la "versión devaluada de la virilidad" que su generación recibió en un intento de llenar el vacío de la masculinidad: ese tipo de hombre del "menor común denominador" que rinde culto a los deportes, a la electrónica y al sexo y que sin embargo todavía elude de alguna manera la censura feminista aceptando pagar la mitad del aborto. Concientes de la opresión que proviene de un mundo que quiere birlarles su piedad, su autocontrol y su castidad, están haciendo causa común en pos del compañerismo y la fortaleza. En una especie de regreso a los símbolos estoicos fomentados por la Iglesia de los primeros siglos, Saab provee artículos como las remeras y gorras que fabrica su empresa con la imagen de Cristo y otros temas religiosos como crucifijos papales, aros en forma de rosarios, o tatuajes de la Medalla Milagrosa, diseñados para ser usados en gimnasios y en ciudades universitarias para que estos hombres se identifiquen y se mantengan mutuamente firmes en forma silenciosa.
Pasemos de lo relativamente superficial a lo sublime y tenemos "¡Ese Hombre Eres Tú!," programa de un ministerio para la familia con sede en Houston, Texas. Su fundador, Steve Bollman, ha se enfoca en un plan ambicioso del ministerio masculino que va en busca de una visión detallada y profunda de las diferencias y roles sexuales: qué hace que un hombre sea un hombre y por qué . De este modo, cree haber descubierto lo que es la clave de la reducida representación que el hombre tiene en la Iglesia. En resumidas cuentas, el "método pastoral sensible los aburre". "Los hombres responden mejor a un desafío," afirma Bollman. "Brindarles un programa 'blando' demuestra que los pastores desconocen la psicología masculina."
De modo que Bollman se propuso brindar ese desafío—con grupos que oran a la mañana temprano, con "promesas de integridad" que convocan a los hombres a ser abnegados jefes de familia y con un programa intelectual riguroso que se extiende por tres años y que une la Ciencia, las Sagradas Escrituras, la Teología y la Espiritualidad y lanza al "hombre pensante" en búsqueda de la plena verdad y de lo que significa e implica ser un hombre de Dios. Hasta la fecha, han participado más de cinco mil hombres y se siguen organizando programas asociados.
Bollman considera a su ministerio como parte de una enorme ola. "No cabe duda que aquí está pasando algo," manifiesta. En todos los estamentos de la Iglesia, "Dios está despertando en los varones el deseo de ser verdaderos hombres". Esto implica realizar sacrificios, estar "dispuestos a pagar el precio de hacer lo que corresponde". Con el objeto de hacer ese sacrificio un hombre debe "emplear toda su fuerza masculina," dice Bollman y de esa manera evita los dos extremos de la falsa virilidad que resultan "fatales para la participación masculina en la Iglesia. Uno es el cristianismo debilucho que no presenta ni desafíos ni recompensas y otro es el machismo soberbio y altanero".
En lo que es, sin duda, el corolario del renacimiento de la virilidad cristiana en la vida familiar y entre los jóvenes. También hemos comenzado a presenciar un claro retorno a la masculinidad en nuestros seminarios y como consecuencia, en nuestras parroquias. Tanto Monseñor Swetland como su colega, Monseñor Steven Rohlfs, observan señales prometedoras en los hombres que hoy cruzan el umbral de sus seminarios.
En primer lugar, se comportan de manera diferente: "se enorgullecen de sus atributos masculinos" dice el monseñor Swetland. "Las dos últimas generaciones de sacerdotes en general no se preocupaban demasiado por su aspecto físico, pero ahora hacen gimnasia, practican deportes, quieren vestirse y actuar y tener un aspecto varonil". También, en contraposición a sus predecesores, están interesados en reivindicar "una espiritualidad claramente masculina," sostiene el monseñor Rohlfs; en parte, agrega riéndose, hay una nueva sensación de alivio ahora que es aceptable hablar de esta forma".
Por supuesto, esto no sucedió accidentalmente. Los buenos seminarios no están tan solo experimentando una inesperada afluencia de postulantes más varoniles. Ese tipo de candidatos es justamente lo que los seminarios están buscando. En lo que debería convertirse inmediatamente en la consigna de cada rector y director vocacionales del país, el monseñor Rohlfs explica cómo intenta buscar candidatos que "irradien una personalidad de serena confianza y fortaleza", que exhiban "una aptitud para relacionarse con los hombres y los padres de familia, así como con los niños, como padres espirituales", y finalmente, "una espiritualidad que reúna las mejores cualidades de un hombre".
Esas cualidades exceden los símbolos externos. "Apuntamos a la 'masculinidad,' más allá del cuerpo," sostiene el monseñor Swetland. Los seminaristas que, hace una generación, podrían haber sido "rechazados por parecer demasiado agresivos" se muestran actualmente confiados en mostrar iniciativa y alegres de no estar atados a "un falso sentido de lo que significa ser un pastor de almas. No temen ser hombres de acción que tienen como centro a Cristo y no tienen miedo de predicar con audacia sobre la bravura de Dios".
Evidentemente, el cambio ha comenzado a dar sus frutos en las interacciones que se producen entre el clero más joven y los seminaristas, gracias al doble énfasis que se le da al sentido clásico de la amistad, que contribuye a prevenir la atracción por el mismo sexo al mismo tiempo que echa los cimientos para toda una vida de compañerismo sacerdotal y ayuda mutua. Entre esos hombres no existe prácticamente evidencia alguna de la afectación y afeminamiento que han devastado a muchos seminarios. Y las conversaciones que se mantienen en los grupos de apoyo, agrega el monseñor, "ya no consisten en toda esa jerga simplista derivada de la pseudo-psicoterapia". En cambio, los jóvenes se cuestionan y se exigen responsabilidad unos a otros.
Quizás, por encima de todo, esta nueva generación de seminaristas posea una orientación fundamentalmente diferente hacia la Iglesia, una postura que es categóricamente de "esposo". "La misión de los sacerdotes que estamos formando en la actualidad," dice el monseñor Swetland, "es amar, respetar y proteger a su Esposa, la Iglesia. Mientras que tantos sacerdotes y seminaristas de mi generación querían cambiar la Iglesia." Esto no significa que se nieguen a ver los defectos y fallas que tiene la Iglesia; sin embargo, ven estas dificultades en el contexto más amplio de "batallar en defensa de la Iglesia." Este espíritu de fidelidad conyugal, en combinación con un saludable énfasis puesto en la trascendencia de Dios, causa la aparición de una ortodoxia profunda y fidedigna en estos jóvenes sacerdotes.
A pesar de los signos positivos, esta parte de la "batalla," tal como se da actualmente, dista mucho de estar ganada aún. En muchos seminarios existen todavía futuros sacerdotes que tienen una interpretación seriamente deficiente o distorsionada de lo que significa ser un hombre. Algunos de ellos se transformarán en sacerdotes con un serio déficit espiritual; otros tendrán que luchar o sucumbirán a impulsos homosexuales.
Resulta interesante resaltar que algunos de estos seminarios son los mismos que exhiben una piedad y ortodoxia notablemente fervorosas. Más de una fuente menciona la sigla HDT—"Hija de Trento" slang "casero" correspondiente a un seminarista afeminado o presumiblemente gay que afecta (o adopta de una manera compensadora una espiritualidad tradicional o una ortodoxia fervorosa). Con todo, aquí encontramos una tendencia definitiva y promisoria, cuyos beneficios hemos comenzado a cosechar en las parroquias de todo el país.
En parte debido a la iniciativa de algunos de estos jóvenes sacerdotes, la educación religiosa también ha comenzado a mostrar indicios de un renovado énfasis en los conceptos y metodología masculinos. Después de que la tormenta total del feminismo, la débil paternidad espiritual, el mal de la heterodoxia y la insatisfacción con los métodos repetidos de memoria dejaron a la catequesis católica en una situación precaria con respecto a los métodos y vacía de contenido en las décadas de los 70 y de los 80, las raíces de aún otra corrección histórica empezaron a ramificarse. La siguiente generación "descubrió que había algo que les estaba faltando," dice Bolster. No estaba abrumada por los traumas o recuerdos nefastos de sus padres, de modo que cuando por casualidad oyeron cierto aspecto insuficiente de la Fe transmitido de una manera coherente, creció su avidez por escuchar más.
Este anhelo por una catequesis con contenido no es, desde luego, exclusivamente masculino. La curiosidad y el rigor teológico no son únicamente cualidades masculinas. En la mente y el corazón, el dogma y la experiencia, la definición y el misterio, la verdad y el amor; tanto hombres como mujeres necesitan recibir la Fe proveniente de todos los ángulos y captarla con todas sus facultades. Pero nuevamente regresamos a las diferencias naturales entre el hombre y la mujer, a lo que Bollman denomina "los porcentajes y proporciones" que favorecen ésta o aquella característica: no solamente quieren "proveer y proteger" espiritualmente sino que los hombres, como término medio, se sentirán atraídos con mayor convicción por una religión que puedan comprender y asimilar para, en última instancia, someterse intelectualmente a ella.
En la práctica, esto implica un retorno a la enseñanza rigurosa o a la doctrina "sustancial", una vuelta a la trascendencia, a la plenitud de los misterios cristianos y no, enfatiza Bolster, un regreso a la catequesis aprendida de memoria sino más bien a un nuevo enfoque que "corrija los actuales desequilibrios" sin ser meramente reaccionario. Así, por ejemplo, cuando se enseñe cristología, Jesús será todavía "nuestro amigo"—como los niños de la Confraternidad de la Doctrina Cristiana recurrieron a las pancartas de fieltro en los años setenta—pero El también será presentado "como nuestro Dios y Creador y Juez del universo" con las naturalezas divinas y humanas plenamente unidas en la Segunda Persona de la Trinidad. Una lección sobre los cuatro símbolos distintivos de la Iglesia incluirá la traducción de "católico" como "universal," y por consiguiente, la inclusión de todos, pero esta vez estará acompañada por un énfasis en la evangelización y la penitencia en lugar de un inclusivismo ligero y optimista.
Como profesor de catequesis, Bolster se encuentra a la vanguardia de un movimiento global hacia la restauración—y más que una restauración—de una educación religiosa en la Iglesia, movimiento en el que los hombres saldrán especialmente beneficiados. En una feliz cooperación con el espíritu pujante de la masculinidad cristiana en hogares y parroquias, este movimiento está listo para proporcionar a la próxima generación de fieles una formación que es intelectual pero no tediosa; cálida y personal pero no frívola o acomodaticia; orientada a la situación actual, pero arraigada en las certidumbres eternas. Dicha formación, cabe esperar, producirá a su vez para la Iglesia maestros, esposos, padres y sacerdotes más competentes.
Mientras llevaba a cabo esta investigación de la nueva masculinidad católica, surgieron dos conceptos. El primero fue la influencia del Papa Juan Pablo II que, a decir de todos, fue el inspirador, motivador y arquitecto de todo el proyecto. En primer lugar, como pastor y padre espiritual; en él "los huérfanos de padres vivos encontraron a su papá," como lo expresa Bolster, y, en segundo lugar, al marcar un sendero teológico y filosófico para los futuros sacerdotes, ministros y laicos católicos. Los escritos del difunto Papa sobre la Teología del Cuerpo nos ayudaron a comprender cómo la identidad sexual "va directo a la esencia de quiénes somos," dice el monseñor Swetland. Bollman coincide y agrega que Juan Pablo tomó la "antropología empobrecida" que heredó su era y la reemplazó por una "antropología cristiana basada en la inherente dignidad del hombre y la mujer". Sólo a partir de esos fundamentos, sostiene, podríamos empezar a reconstruir una genuina espiritualidad masculina.
El segundo concepto en común fue la metáfora marcial. Cada una de mis expertos habló de una batalla contra las tentaciones y obstáculos que el mundo moderno coloca ante los hombres, una guerra contra la falsa y vulgar versión de la virilidad que susurra en nuestros oídos. Una y otra vez usaron la imaginería militar al definir la espiritualidad masculina: tanto Bolster como el monseñor Swetland—ambos ex tenientes de la marina—pusieron el acento en la necesidad de adaptar las virtudes militares de la disciplina, el valor, la abnegación y el trabajo al combate espiritual.
Tal vez algún día se reconozca que el creciente empleo y aceptación del lenguaje militar para definir la masculinidad dentro de la Iglesia haya resultado no solamente acertado sino fundamental. Pues no existe al menos una religión que no tiene problemas en atraer y conservar seguidores masculinos. Para ella Dios es totalmente trascendente y no desea una conyugalidad espiritual con sus fieles. Sus líderes no predican la misericordia o el celibato o la fortaleza a través de la debilidad; no tienen que lidiar con la paradoja de la Cruz. Y los fanáticos partidarios del Islam no dan la otra mejilla.
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