por Ignacio de Argenzola
De todos los libros de la Biblia el Génesis es—a mi parecer—uno de los menos entendidos y apreciados. San Jerónimo decía que este libro fue escrito “al uso de los rapsodas” y creo que el santo se refiere a la cantidad de símbolos profundísimos que abundan en el primer libro de la Biblia.
Las primeras tres palabras contienen suficiente misterio como para ocupar varias vidas estudiándolas: Beresith barah Elohim, en el “principio crea Dios”. A primera vista resultan ser tres palabras sin mucha trascendencia. Sin embargo las implicaciones que la frase trae han resonado a través de los siglos.
Comenzamos con una característica hebrea de ir contra la corriente. La abrumadora mayoría de los antiguos creía que el universo era eterno y que siempre había existido. Esa idea no se disipó completamente hasta principios del siglo XX cuando científicos como Hubble, Einstein y Planck pusieron las bases para que la física pudiera proponer el modelo del universo que ahora conocemos y que definitivamente tiene un principio.
La segunda palabra es igualmente revolucionaria. Los dioses de las religiones mediterráneas y asiáticas siempre tienen algo para crear el universo, algo que existe antes de que el proceso creativo exista. A veces es un río, otras veces la sangre de un dragón... el catálogo de materiales originales sería muy largo para enumerarlo aquí. Los hebreos son los primeros en imaginar la creación ex nihilo, de la nada. El acto creativo de Elohim es absoluto, antes que el universo exista El, simple y majestuosamente, Es.
El primer nombre de Dios en la Biblia está en plural. Elohim es el plural de Eloí. En ciertas lenguas del oriente aun se usa el plural como una manera de honrar a quien se nombra. Así se usa hakim para nombrar a un doctor y llamarlo algo así como “sus muchas sabidurías”. El Dios que crea los cielos y la tierra es un Dios inescrutable, majestuoso, generoso e inconcebiblemente poderoso y perfecto. El es Uno pero Sus cualidades se multiplican gloriosamente en forma infinita. Este es el Dios que crea el mundo y que preside la cosmogonía hebrea, tan distinta de las de los otros pueblos de la antigüedad.
En los primeros días de la creación Dios hace tres separaciones. En el primer día crea la luz y la separa de la oscuridad. En el segundo día separa las aguas del firmamento de las aguas bajo el firmamento. En el tercer día separa el mar de la tierra seca. Estas separaciones preparan el terreno para la aparición de la vida y a medida que leemos el resto de la Biblia encontramos ecos de estas tres separaciones en la historia del pueblo hebreo, en las admoniciones de los profetas, en los Evangelios y en los escritos de los Apóstoles. Moisés separa las aguas y a través de ellas pasan los israelitas de la esclavitud a la libertad. San Juan contrapone la luz a la oscuridad en su Evangelio para que reflexionemos sobre la nueva creación de Dios, el hombre que nace del agua y del Espíritu: “En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron.” (Juan 1, 1-5)
En el tercer día del Génesis florece toda la vegetación del mundo y cuando llega el cuarto día se repite, en la esfera terrestre, la separación de la luz cuando Dios aparta los astros que reinarán sobre el día y la noche del hombre: el sol y la luna. Los primeros padres del cristianismo encontraron en este relato del cuarto día una alegoría de Cristo y de la Iglesia. Cristo es Sol que brilla con luz propia y la luna es la Iglesia que lo refleja imperfectamente pero que, sin embargo, sirve de luz a los hombres mientras transitan la noche de la historia, alejados de Dios. Cuando llegue la hora de escribir el Apocalipsis, San Juan pondrá la luna a los pies de María diciendo: “Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza.” (Apocalipsis 12, 1)
El día quinto llega con la creación de los animales y como final del crescendo creativo, Dios crea al hombre y lo llama Adán. El nombre viene de la raíz hebrea para rojo. Tiempo después Dios representaría en Esaú (también llamado Edom) al hombre original que despreció su herencia divina. Cuando Esaú desprecia la promesa de Dios y vende su primogenitura, repite el mismo error de Adán. Ambos nombres se escriben igual en hebreo. (Génesis 25, 27-34)
La historia de la creación del hombre se cuenta dos veces pero la que más conocemos es aquella en la que Adán cae en un profundo sueño para que Dios pueda sacar de su costado una costilla para hacer a la mujer, Eva.
Algunos sabios hebreos han visto en esto, otro signo profundo y misterioso. La palabra hebrea para costilla es sela, que también significa costado, mitad o simplemente medio. Hay quienes encuentran en esto, una señal de que Eva existía dentro de Adán y que este era un ser humano completo, conteniendo en sí mismo los dos géneros. Así, cuando Dios separa los sexos, ambos se atraen con la inevitable melancolía por el hogar perdido y quieren reunirse otra vez.
En este momento, Dios ha separado al hombre original así como separó la luz de la oscuridad y el mar de la tierra seca. En el distante futuro, en una colina de Jerusalén, un soldado romano atravesará con su lanza el costado de Cristo y de la herida manarán sangre y agua, los símbolos de la Iglesia por nacer. La Iglesia nacerá del costado de Cristo, como Eva nació del costado de Adán.
Como Eva estaba destinada a ser la esposa de Adán, la Iglesia está destinada a ser la Novia de Cristo y la “madre de todos los que vivan.”
Otra cosa que me ha dado mucho que pensar han sido los dos árboles especiales que Dios puso en el Edén. Al principio de la historia, en Génesis 1, 16-17, Dios le prohíbe al hombre comer del árbol de la ciencia del bien y del mal. Después de la caída se menciona otro árbol, el árbol de la vida: “Y dijo Yahveh Dios: ‘¡He aquí que el hombre ha venido a ser como uno de nosotros, en cuanto a conocer el bien y el mal! Ahora, pues, cuidado, que no alargue su mano y tome también del árbol de la vida y comiendo de él viva para siempre.”’
Reflexionando sobre el significado místico de ambos árboles y sobre su función saltan a la vista dos cualidades, obediencia y humildad. El hombre es creado perfecto, no hay nada defectuoso en él. El Creador quiere que Adán no solo sea perfecto sino también libre. Para eso le da la oportunidad de conocer otras opciones fuera de la obediencia perfecta a Dios. Esa es la función del árbol de la ciencia del bien y del mal. Adán puede ir y comer de su fruto para conocer los resultados de una decisión tomada en desobediencia a los deseos de Dios. Mientras no coma de ese fruto, Adán le da a Dios un implícito voto de confianza. Aunque el hombre ya no es perfecto, la elección de Adán siempre está presente en nuestros corazones. Siempre podemos elegir alejarnos más y más de Dios. Aun hoy, cuando elegimos hacerlo, también nos alejamos del otro árbol: el árbol de la vida.

El árbol de la vida, me parece como una lección de humildad. Es difícil ser humilde cuando uno es perfecto y Adán—a diferencia de muchos de sus descendientes—no creía ser perfecto, lo era en realidad. Para eso Dios le dió el árbol de la vida como una forma de comunión con el Creador. Dejando de lado la ciencia del bien y del mal, Adán mostraba su obediencia. Comiendo del árbol de la vida el hombre daba muestra de su humildad, reconociendo que para continuar vivo debía estar en comunión con la Fuente de la Vida que es Dios.
Hoy vemos en el árbol de la vida una figura de la Cruz. En el misterio de la Comunión Eucarística volvemos a probar el fruto que restaura la vida. En la Cruz Dios nos enseña humildad a los hombres. La madera de la Cruz es la misma que la de aquel lejano árbol de la vida y el fruto es, ahora como entonces, la misma Santísima Materia de la Pasión.
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