Publicado originalmente en The Catholic Advocate
por Monseñor John Gilchrist
La huella que dejó en la Iglesia un Obispo judío del siglo XX

Recordamos con cariño a Monseñor John Oesterreicher, que naciera hace ya más de un siglo el 2 de febrero de 1904 en el pueblo de Libau en Moravia (hoy en la República Checa). Habiendo nacido judío se convirtió al catolicismo, fue ordenado sacerdote en 1927 y llegó a ser el capellán de varias parroquias de la Arquidiócesis de Viena (Austria). En 1938 después de la anexión de Austria por el Tercer Reich, emigró a París y luego a los Estados Unidos donde llegó en 1940. Pronto se convirtió en una autoridad escolástica en lo referente a estudios judeo-cristianos. En 1952 funda en New York el Instituto de Estudios Judeo-Cristianos en la Universidad de Seton Hall. Fue uno de los propulsores de la declaración “Nostra Aetate” en el Concilio Vaticano II, el cual dió a las relaciones judeo-cristianas una dirección completamente nueva. Durante toda su vida fue un ardiente defensor de la restauración de Israel.
Según el Rev. John Pawlikowski, Presidente del Concilio Internacional de Judíos y Cristianos, el Monseñor Oesterreicher fue “una figura de importancia central en el desarrollo del diálogo entre judíos y cristianos. Su influencia en la afirmación de la declaración “Nostra Aetate” en el Conclio Vaticano II fue determinante, siempre estaremos endeudados con él por su ayuda.” Este breve artículo honrando el trabajo y la figura del Monseñor Oesterreicher se presenta aquí con la gentil autorización de The Catholic Advocate (November 19, 2003), Arquidiócesis de Newark, New Jersey, Estados Unidos de América.
A comienzos de Noviembre de 2003 el Instituto de Estudios Judeo Cristianos celebró su quincuagésimo aniversario. El instituto comenzó con la llegada del ya fallecido Monseñor John Oesterreicher a Seton Hall en 1953. Monseñor Oesterreicher fue un judío austríaco de nacimiento. Se convirtió al catolicismo y luego fue ordenado sacerdote. Resultó ser una molestia para el régimen nazi y tuvo que huir de Austria y luego de Francia, desde donde pasó a los Estados Unidos. Allí trabó amistad con ese gran obispo John J. Dougherty y fue recibido en Seton Hall por el entonces presidente Monseñor John L. McNulty.
Recuerdo muy bien al Padre Oesterreicher de aquellos días. Puedo decir con justicia que no era el clérigo más popular en esos tiempos, mayormente por dos razones. La primera razón era personal, el Padre Osterricher no tenía una personalidad que pudiéramos llamar benigna. Poseía una mente brillante, tenía opiniones bien definidas. Si alguien afirmaba descuidadamente algo en su presencia, no vacilaba en apuntar las debilidades de la afirmación. Su entrenamiento europeo demandaba precisión en asuntos intelectuales y yo, personalmente, aprendí bien pronto a ser muy cuidadoso con él. En los debates llevaba la razón hasta sus últimas consecuencias. Era un hombre que se ganaba el respeto de todos pero no la clase de hombre que pudiera ganarse el afecto de los sacerdotes americanos.
En segundo lugar, aunque no había un antisemitismo manifiesto entre los sacerdotes, no había entonces mucho entusiasmo por mantener contacto intelectual con los judíos. Los judíos eran judíos y punto. Ahí se terminaba la cosa aunque en forma personal, casi cualquier sacerdote católico tenía judíos entre sus amistades. Recuerdo las bromas que se hacían entonces cuando el Padre Osterreicher presentó su libro “Las Murallas se Derrumban” (The Walls are Crumbling). Algunos bromeaban pronunciando el título del libro con marcado acento germano: Laz Muggallaz Ze Deggumbann. Lo hacían sin ninguna maldad. Simplemente, el asunto no les interesaba y a otros les molestaba la idea de las relaciones judeo-cristianas.
Todo esto ocurría antes del Concilio Vaticano II. El Monseñor Osterreicher resultó ser una figura clave e influyó para que el Conclio produjera un documento sobre los judíos que claramente declarara la posición de la Iglesia Católica para con el pueblo judío. En ese documento, la Iglesia “lamenta el odio, las persecuciones y las demostraciones de antisemitismo que se perpetran contra los judíos, por cualquier agencia y en cualquier tiempo de la historia.”
Desde aquellos tiempos, el diálogo con los judíos ha sido una actividad constante. El Instituto en Seton Hall ha inspirado la creación de más de treinta institutos similares. Los programas para obtener la maestría en estudios judeo-cristianos han sido imitados en todo el mundo.
Pero debo admitir que no ha sido fácil. Muchos judíos se parecen al buen Monseñor Osterreicher y dialogan sin dar mucha consideración al tacto. Los judíos han estado guardando quejas por mas de 1.500 años y están más que preparados para ventilarlas.
Por ejemplo, en nuestro diálogo arquidiocesano con los judíos, algunos de los tópicos que hemos discutido son: la Inquisición, la expulsión de los judíos de España en 1492, representaciones de la Pasión, el Holocausto, el antisemitismo en las Escrituras Cristianas y en la liturgia, Kurt Waldheim, Pio IX, Pio XII, Edith Stein y las conversiones de judíos. En estos momentos, los matrimonios mixtos son tema de controversia en nuestras conversaciones.
John Osterreicher nunca abandonó sus raíces judías. El era un “sabra”—duro por fuera, pero tierno por dentro—Muchas veces hallo que mis amigos judíos son exactamente como era él. Sin embargo, así como amé a John Osterreicher, puedo entrar en discusiones con mis amigos judíos y amarlos de la misma manera que amé al buen Monseñor. Hemos aprendido a estar de acuerdo en nuestros desacuerdos. Y eso es lo que un buen diálogo debe ser.
Referencias
Traducción de Fiorella Bottazzi
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