por Paul A. Wagner
Karl Marx dijo que la religión en general –y el cristianismo en particular- no es mas que el opio de los pueblos ¿Cómo podemos saber si Marx estaba en lo justo?
El mero hecho de que grupos de gente alrededor del mundo adoren a un ser divino no establece para nada la existencia de una divinidad. Tampoco puede establecerse de esa manera la validez de una fe específica. Seguramente hay mucho mas tela para cortar en este asunto de la existencia de Dios y la veracidad de las creencias religiosas.
Si bien ya no se piensa así en estos días, en un pasado no muy distante los intelectuales del mundo consideraban que razonar sobre la existencia de Dios era una causa intelectual digna de esfuerzo. Y estamos hablando de personas mucho más renombradas por su capacidad intelectual que John Shelby Spong o los casi ignotos miembros del "Seminario de Jesús." Por ejemplo un famoso debate que tuvo lugar en la BBC en la década de 1930 entre el bien conocido ateo Lord John Bertrand Russell y el más conocido historiador de filosofía de aquellos años el Rev. Frederick Coppleston. La mayoría de los que escucharon aquel debate o los que han leído sus transcripciones estan de acuerdo en que fue un empate. De hecho, hasta hace poco, la mayoria de los intelectuales estaban dispuestos a afirmar que no se puede probar ni la existencia, ni la inexistencia de Dios en ninguna forma que sea accesible a todo el mundo.
No hay un experimentum crucis que la ciencia pueda sacar de la manga para ser usado en el debate sobre la existencia de Dios. Tampoco hay alguna maniobra lógica que haga absolutamente necesaria la creencia en la existencia de Dios. Este punto parecía inapelable por los 40 años que siguieron al debate entre Russell y Coppleston, pero desde entonces han surgido algunas preguntas. Una podría ser: Un Dios que quisiera que los hombres supieran la verdad acerca de El para poder alabarlo y adorarlo, hubiera hecho algo más que dejar el asunto en manos de los filósofos ¿No les parece?
Aun San Pablo no pudo hacer mas que comunicar su encuentro con Dios en el camino a Damasco. La experiencia era irreplicable. Lo mejor que podía esperarse es que la gente le creyera y nos preguntamos: ¿Por qué un Dios que ama a la humanidad se mantiene oculto?
Esto puede ser un poco más difícil de lo que parece. Dios no se hace evidente a los hombres porque debe respetar el libre albedrío humano.
Asumiendo que tenemos libre albedrío, Dios debe ser muy cuidadoso en los detalles que revela de Sí mismo. Si el ser humano debe elegir servir a Dios en libertad entonces una revelación total de la persona divina equivaldría a un acto casi intimidatorio. Al revelarse tal cual es, Dios mismo eliminaría la posibilidad necesaria de que sus criaturas lo elijan solamente por amor ¿En qué queda entonces la situación de aquellos que aman a Dios? ¿Es que los milagros como aquel encuentro en el camino a Damasco son la única manera de cimentar una convicción intelectual de la existencia de Dios?
Es un mito bastante difundido que para ser intelectual hay que rechazar la religión. Pero las encuestas demuestran que los intelectuales son creyentes mas o menos en la misma proporción que el resto de la gente. Muchos de los científicos de hoy día son personas de una fe cristiana sólida. Otros son judíos o musulmanes, por ejemplo. Así que, si la religión es el opio de los pueblos, es un opio que inhalan los educados y los no educados en la misma proporción. Y habría que agregar que ciertos intelectuales han hallado que Dios no está tan bien escondido como nos parecía antes.
A poca distancia de Bertrand Russell, el ateo más famoso del siglo XX ha sido un compatriota de Russell, Sir Anthony Flew. Con esto no quiero decir que otros como Sir A. J. Ayer, Richard Dawkins y otros con credenciales académicas bien establecidas no se hayan opuesto a las verdades del cristianismo. La diferencia es que Flew tiene publicada una larga lista de ataques al cristianismo que pocos podrían superar en extensión. Sin embargo, hace unos pocos años (en 2005), Sir Anthony hizo algo extraordinario, aceptó la existencia de Dios. En una entrevista grabada en video y luego en un ensayo publicado no mucho después. Flew admite que la fineza de ajuste del universo en todos los niveles, es demasiado perfecta para ser obra de la casualidad.
El logista supremo del siglo XX y amigo íntimo de Einstein fue el misterioso y reservadísimo Kurt Gödel, profesor del Instituto de Estudios Avanzados de Princeton. Gödel puso de cabeza al siglo XX con dos pruebas que conjuntamente se popularizaron como el "teorema de lo incompleto." [1] Esto puso límites no solamente a la matemática sino tambien a la teoría de inteligencia artificial. No hay un solo manual de teoría superior de números que no contenga una respetuosa referencia al trabajo de Gödel. Durante su vida no se retrajo de reconocer que creía en Dios, en la línea del matemático germano Gottleib Leibniz. Para Gödel, así como para Flew, a medida que se aprende más, más se da cuenta uno de que existe una inteligencia creativa en las sombras. Aun el fallecido filósofo de Harvard, Robert Nozick admitió haber llegado a tener conciencia de que había "algo" en los confines de su campo de conocimientos. Ninguno de los nombrados pudo definirse mejor sobre el asunto.
Pero hay otros que estan preparados para ir un poco más lejos. Henry Schaeffer III es un físico-químico de la Universidad de Georgia nominado varias veces para el Premio Nobel. Sea que gane el premio en Física o en Química, no va a ser el primer cristiano que lo haga. Schaeffer tiene más de 800 artículos publicados en jornales de ciencia y aun así toda su vida ha hecho gala de un profundo espíritu cristiano. En su libro "Science and Cristianity - Conflict or Coherence" ("Ciencia y Cristianismo – ¿Conflicto o Coherencia?" publ. Apollo Trust, 2003) Schaeffer describe a sus muchos amigos en las ciencias que son creyentes tal como él lo es.
En alguna cena y también en numerosa correspondencia, Sir John Eccles, el neurofisiólogo Premio Nobel de Medicina, me ha contado muchas veces sobre su resuelta adherencia al catolicismo. En una carta explicaba que en cierto artículo técnico que publicó para la Real Academia Británica, pudo establecer que existe al menos un mecanismo por el cual el alma y el cuerpo se comunican. Porsupuesto, esto no se menciona en el artículo publicado y Sir John Eccles me lo ha compartido a título personal.
Schaeffer y Eccles son dos prominentes científicos que han escuchado en su trabajo los susurros del Dios que ama a la humanidad.
Me deleito leyendo los trabajos del físico cuántico y clérigo anglicano Sir John Polkinghorne. Se esperaba que algún dia recibiera el Premio Nobel cuando de repente abandonó su carrera de físico en Cambridge para entrar en el seminario. Su decisión de entrar en la vida religiosa fue tan clara que no dudó en rechazar buenas ofertas de trabajo académico para atender, como clérigo, una parroquia. Nos explica en sus abundantes libros que sus estudios le permitieron entender que la física cuántica es compatible con el cristianismo trinitario tradicional. Polkinghorne insiste que el estilo de pensamiento que se necesita cultivar para trabajar en esa clase de física es muy similar al que se necesita para trabajar en teología. Aduce con mucha solidez que la física cuántica provee la plasticidad que el universo necesita para que nuestro libre albedrío pueda ser ejercido en todo detalle a medida que se desarrolla la historia del mundo. Solo la mente de un Dios que se sacrifica a Sí mismo por sus criaturas podría haber imaginado una creación en la que las leyes de la física junto con las de la teología, se unen para crear un mundo que permanece bajo el control de Dios pero provee abundante espacio para que sus criaturas obren tanto el bien como el mal.
No solamente las disciplinas formales y abstractas nos llevan a la idea de Dios. En su influyente libro "Darwin's Black Box" ("La Caja Negra de Darwin", publ. Free Press 1998) el biólogo molecular Michael Behe sembró la inquietud en la comunidad científica al proponer una explicación de cómo la teoría del azar pudiera explicar todo lo que la ciencia ve en el mundo de la biología. No pasó mucho tiempo antes de que otros biólogos entraran en el proceso. Jonathan Wells (dos doctorados en biología) en su libro "Icons of Evolution" ("Iconos de la Evolución" publ. Regnery, 2002) indicó las preguntas que la teoría de la evolución deja sin respuesta. Hoy dia hay artículos en casi todos los jornales de ciencia que tratan de formar una línea defensiva en contra de todos estos hombres de ciencia que ven la mano de Dios en la creación de la vida. Con todo, hay evolucionistas que son tambien creyentes. Los biólogos católicos Kenneth Miller de Brown University y Lee Dugatkin, un popular escritor de ciencia han explicado como la evolución pudiera ser una herramienta de Dios.
En las disciplinas de ciencia aplicada hay algunos como Donald Knuth, científico de computación (autor de "Things a Computer Scientist Rarely Talks About", trad. "Cosas de las que rara vez habla un científico de computación") quien no ha tenido ninguna reserva en defender su fe cristiana y el impacto que su trabajo ha tenido en reforzar sus creencias.
Como él, los matemáticos Stevin Unwin ("The probability of God", trad. "La probabilidad de Dios") y Frederick Bartholomew ("Uncertain Belief", trad. "Creencia Incierta") han usado sus recursos en estadística para evaluar la posibilidad de que un Dios personal exista. Estos dos expertos en matemática aplicada van mucho más allá de la "apuesta de Pascal" y sus argumentos comienzan con las más modestas presuposiciones sobre la naturaleza de la realidad dejando que las técnicas normales de acumulación de datos lleven por inferencia a la conclusión que corresponda sin interferencia de sus creencias personales.
Unwin concluye que la evidencia indica en forma bien firme que la posibilidad de que Dios exista es mayor. Bartholomew concluye que la evidencia tiende a indicar lo mismo pero en un grado menos elevado.
Esta nueva ola de creyentes no se limita a los cietíficos solamente. Los filósofos tambien estan golpeando a las puertas de la fe —una sorprendente tendencia entre los académicos— ya que hasta hace poco la palabra "filósofo" parecía tener el apéndice fijo "ateo."
Sin embargo desde mediados de los 1980 la Sociedad de Filósofos Cristianos (Society of Christian Philosophers) ha crecido rápidamente y ahora uno de cada ocho filósofos en los Estados Unidos de América es miembro. Este número no incluye al creciente número de filósofos creyentes del judaísmo o a aquellos que forman parte de colegios asociados con la Asociación Americana de Filosófos Católicos (American Catholic Philosophical Association.)
Si las verdades de la religión son meramente colecciones de convenciones aceptadas por una comunidad entonces no hay nada de que preocuparse. En tal caso, la supervivencia del cristianismo debiera importarle poco a nadie excepto a aquellos que dependen de la colecta del domingo para pagar sus gastos. Polkinghorne y Gerald Schroeder consideran ambos que las verdades de la religión están compuestas de elementos mucho más sólidos que la arena movediza de las meras convenciones sociales que son tan comunes entre quienes no son hombres de ciencia. Ambos físicos ven el mismo relato en el libro del Génesis y en la física cuántica. Los científicos, matemáticos y otros en las ciencias exactas tratan de encontrar la verdad más allá de las convenciones comunes de sus comunidades locales. Los teóricos de las ciencias sociales, en cambio, no lo hacen. Los filósofos, logistas y matemáticos se ocuparon muy seriamente del asunto de la verdad a medida que se aproximaba el siglo XX. Los trabajos de Bertrand Russell y de Alfred North Withehead por un lado y los de David Hilbert por otro, fueron programas rigurosos que intentaron iluminar la base estructural de la Matemática. Estos trabajos fueron puestos de cabeza por el genio de Gödel, quien no tenía duda de que había verdades que descubrir [1] aunque muchos estuvieran francamente en desacuerdo. En este turbulento mar de especulaciones filosóficas, Alfred Tarski propuso una definición de la verdad que es a la vez sofisticada y útil para el trabajo en Matemática. La definición de Tarski es mas o menos así: "La expresión X es verdad solamente si X es verdad". Por ejemplo si decimos "La nieve es blanca" esta expresión es verdad solamente si la nieve es blanca. Esto parece bastante simple pero veamos lo que logra.
La definición de Tarski pone a la verdad FUERA de la mente humana. La verdad entonces, no es el producto de una mera convención social humana sino una propiedad de esa expresión que equivale con certeza a una realidad del mundo. Que los humanos puedan conocer la verdad y hasta qué punto es algo que merece ser investigado. De todos modos la verdad misma, existiendo fuera de la mente humana no puede ser descartada. Si las afirmaciones del cristianismo son verdad entonces son verdad y nada hay que agregarle al asunto. La verdad se planta como la relación simple entre el mundo y una proposición. Es simplemente lo que es.
Los hombres de ciencia estan en lo correcto cuando reconocen los paralelos entre la ciencia y la religión. Los cristianos podemos beneficiarnos de las ciencias y hallar que el Dios oculto no estaba tan oculto como nos parecía.
Paul A. Wagner es profesor de filosofía y director del Instituto de Lógica y Estudios Cognitivos en la Universidad de Houston-Clear Lake.
Publicado originalmente en www.crisismagazine.com bajo el título "Whispering Truth."
Referencias
[1] El teorema de Gödel estableció la imposibilidad de completar totalmente el conocimiento de la base estructural de la Matemática sin antes conocer la extensión total de dicha ciencia. Nota del Editor.
Traducido por Ignacio de Argenzola.
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